...Falleció el poeta venezolano Francisco Pérez Perdomo. Acá uno de sus poemas
Agoreros, trizaban
los vencejos en aquel
atardecer inmóvil y en tropel,
como una tromba, entraban
las legiones de la noche.
Por un conjuro, el cielo
se suspendía y sólo a lo lejos
gravitaba el vacío
de los astros. Desde lo profundo,
el hombre miraba el firmamento
y anegaba sus ojos
en el sortilegio de aquellas aguas
eternas. El tiempo lo atormentaba.
Sonaba como un grito
entre sus sueños. Nada más
escuchaba. Estaba solo. El espacio
en torno de su cuerpo
daba vueltas y más vueltas
y lo aprisionaba entre sus barrotes
negros. Inexorable,
se le iba la vida. De pie
se derrumbaba sobre sí mismo.
Alguien le secreteaba palabras
al oído. Caía en un hondo letargo.
De pronto una puerta
indescifrable con un golpe brusco
ante él se cerraba. Atrapado,
quedaba al otro lado. El alma
como un soplo ya aleteaba
en la punta de sus dedos. Afuera,
al son de una música espectral
danzaban las sombras de la muerte.
domingo, 26 de mayo de 2013
sábado, 2 de marzo de 2013
Marcel Proust tenía una letra rasgada y diminuta
...Después de 30 años leyendo a Proust, he visto por primera vez de cerca su letra

Tomado de El País
Marcel Proust tenía una letra rasgada y diminuta y escribía sobre cualquier superficie que tuviera a mano. Escribía en estrechos cuadernos verticales quizás pensados para ajustarse a los bolsillos de una chaqueta o un abrigo de su época, cuadernos diseñados con una elegancia mundana de pitilleras o petacas de licor. Escribía en baratos cuadernos escolares y en hojas a veces no más grandes que un papel de fumar, en reversos de sobres, en páginas arrancadas de agendas. Escribía en los márgenes y entre las líneas de las copias mecanografiadas de los capítulos de su novela inacabable y en el reverso en blanco de esas mismas páginas. Escribía sobre las galeradas ya compuestas y a punto de editarse. La letra inclinada y mínima se infiltraba como raíces y tentáculos de una planta trepadora entre las líneas rectas y los márgenes fijos del texto impreso, que así recobraba su condición de borrador, de obra en marcha que no puede darse nunca por terminada mientras dure la vida y la imaginación permanezca activa. Lo que había parecido definitivo ahora sucumbía a tachaduras en aspa y borrones furiosos. A lo ya terminado y corregido le brotaba la hiedra selvática de nuevas ocurrencias, de vínculos recién descubiertos y de hilos de intuiciones que era preciso seguir.
Él mismo comparaba sus trances de inspiración a golpes sucesivos de olas contra una orilla en la que el mar no se apacigua nunca. En sus cuadernos verticales de anotarlo todo cabe igual una metáfora inusitada que un comentario trivial escuchado al paso por la calle o que uno de esos giros pomposos que infectan de un día para otro el habla común y el lenguaje de los periódicos. Sólo al final de su vida vivió Proust enclaustrado en su dormitorio de cortinajes echados durante el día y paredes forradas de corcho, y aun entonces aprovechó sus penúltimas fuerzas para salir a ver alguna cosa que le interesaba, para visitar de nuevo un lugar que deseaba describir con un máximo de precisión o encontrarse con alguien que le suministraría alguna dosis del material con el que modelaba un personaje. Un día de mayo de 1921, ya muy debilitado, fue al museo del Jeu de Paume para observar de cerca la Vista de Delft de Vermeer, no por amor desinteresado a la pintura sino porque ese cuadro precisamente era el preferido de su novelista inventado Bergotte, cuya muerte había contado ya. Testigos que lo veían entonces en París recordaron que tenía una palidez de ultratumba. Jean Cocteau fue a visitarlo una noche de invierno durante la guerra y al verlo envuelto en mantas y pieles, en su gran piso helado, en la penumbra del toque de queda, pensó que se parecía al capitán Nemo después de quedarse solo en su submarino.
Muy enfermo, más débil aún por la falta de ejercicio, la tarde del Jeu de Paume Proust sufrió un desvanecimiento delante de ese cuadro que era para él un emblema de la capacidad suprema del arte para apresar la belleza y el temblor de lo real y hacer duradero lo más fugitivo: esa mancha dorada del primer sol de la mañana en un muro de ladrillo. Un amigo lo sostuvo en pie. Volvió inmediatamente a casa y le pidió a Céleste Albaret, su ama de llaves y enfermera y secretaria, las páginas del manuscrito en las que estaba contada la muerte de Bergotte. Y se puso a tachar y a corregir y agregar de modo que la experiencia de su pérdida de conocimiento y su miedo a morir enriqueciera la escena de la agonía de su personaje.
Después de treinta años de mi vida leyendo a Proust, con una emoción que el tiempo y la familiaridad hacen cada vez más intensa, he visto por primera vez de cerca su letra, los primeros borradores tentativos de À la recherche, los cuadernos verticales y estrechos con sus tapas art nouveau, las libretas escolares rayadas, con los márgenes apurados por la codicia de la escritura, con las tapas de cartón desgastadas. He empujado la puerta de una sala con iluminación tenue, para no dañar el papel, en laMorgan Library, en la primera hora del primer día de la exposición dedicada al centenario del primer tomo de la novela, Du coté de chez Swann. Algunos proustianos más resueltos que yo me habían precedido. Nos movíamos en silencio de una vitrina a otra, y lo que nos estremecía, lo que nos agrupaba en una fraternidad sigilosa, no era tanto la materialidad estática del papel como la revelación visible del proceso de la escritura. Allí estaban las primeras incertidumbres, el tesón de persistir en algo que no se sabe todavía lo que es. En algún momento Proust se pregunta, en uno de esos cuadernos primeros, si lo que ha de escribir, lo que le viene rondando la imaginación desde hace tanto tiempo, será o no una novela, o quizás un ensayo literario, o un tratado filosófico. Escribe y tacha, cuenta un episodio que no sabe a qué pertenece y años después, en otro cuaderno, lo escribe de otra manera. Unas veces la letra avanza sobre las hojas a tal velocidad que acaba pareciendo una taquigrafía indescifrable. Otras, por cada palabra, cada frase concluida, hay una tachadura.
Al cabo de un rato de observación cuidadosa hay nombres, pasajes manuscritos que puedo descifrar y reconocer: estoy viendo surgir por primera vez, delante de mí, como se vería en otro tiempo formarse una fotografía en el líquido del revelado, un fragmento de algo que ahora forma parte de mi archivo indeleble de la literatura. En una carta Proust felicita a Camile Saint-Saëns por su sonata para violín y piano: en un lugar de los manuscritos la sonata que escuchan Swann y Odette aún está identificada expresamente como la de Saint-Saëns. Poco después, en otra de las versiones sucesivas, la química de la ficción ha actuado y la música pertenece al compositor inventado Vinteuil.
La novela se extiende tanto que ya no puede caber en un solo volumen. La novela crece expandiéndose y ramificándose con una fecundidad orgánica que abarca la vida entera de su autor, y que se alimenta no sólo de su memoria sino también de lo que está ocurriendo mientras escribe. Cuando llega la guerra en 1914 y se detiene la publicación del segundo volumen, la guerra misma entra en la novela ya omnívora. En una vitrina, en el centro de la sala, en la Morgan Library, está lo que Proust nunca vio: la edición completa en siete tomos que sólo apareció en 1927, cuando llevaba muerto cinco años. No hay monumento fúnebre más noble para un escritor.
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Marcel Proust
viernes, 22 de febrero de 2013
Carmen Rosa Gómez: "Escribo desde que recuerdo"
"El periodismo te permite practicar cosas que están en la ficción: disciplina, honestidad", destaca la escritora y periodista.
Tomado de El Universal
Foto: Oswer Díaz Mireles
DANIEL FERMÍN
Carmen Rosa Gómez (San Juan de los Morros, 1967) siempre quiso vivir de la escritura. Un día, cuando decidía qué estudiar en la universidad, una psicopedagoga le sugirió que la Comunicación Social podría garantizarle manutención a través de las palabras; Letras no. Desde entonces, comparte periodismo con la ficción.
La escritora venezolana presentará mañana, a las 11:00 am en la Librería Lugar Común, una pequeña muestra de ese espacio dedicado a la literatura. Breviario del ocio, un libro de cuentos que recibió una mención en la Bienal de Narrativa José Rafael Pocaterra en 1994, será editado casi 20 años después de haber sido escrito: microrrelatos que muestran ese trajín que llaman vida a través de la tristeza y la ironía.
Hombres que se desaparecen ante la dinámica de la sociedad, una araña que pierde su almuerzo, un elefante que escribe un cuento, un personaje que planifica su propia muerte. Textos que mezclan distintas voces que hablan de la derrota. Gómez va -o iba- a la literatura para plasmar sus heridas. "Cuando escribí el libro todo estaba marcado por cosas terribles que me habían ocurrido. A los 19 años había muerto la mitad de mi familia y asumir personalmente la fragilidad de la vida es lo que marca el ritmo de lo que está ahí", contó la editora de la sección de Economía de El Universal.
Quien lea la síntesis biográfica que está en el libro publicado por Editorial Eclepsidra se preguntará cómo alguien especializado en el área económica termina en la literatura. El camino sucedió al revés. "Yo empecé primero en la literatura y después terminé en el periodismo económico. Yo quería trabajar en Cultura, pero las oportunidades laborales se abrieron en Economía. Empiezas a hacer carrera en esa fuente, a ganar experiencia. El conocimiento del área para mí es valiosa y profesionalmente es lo que me ha permitido crecer como periodista".
El trabajo periodístico también le sirve como una forma de ejercitar la escritura. "Más allá del hecho de escribir, el periodismo te permite practicar cosas que están en la ficción: rigor, disciplina, honestidad. El hecho de trabajar en un diario que te obliga a escribir con horas de cierre te da rigor. Podrías pasarte años escribiendo un texto si no te impusieras tiempo para concluir", agregó la autora de Precisiones (Monte Ávila Editores, 2007).
A la egresada de la Universidad Católica Andrés Bello le cuesta separarse de sus textos. Varios de los microrrelatos de Breviario del ocio sufrieron modificaciones en ese intervalo; otros más, fueron eliminados. "Parte del rigor de un escritor es la propia reescritura. La gente tiene que trabajar los cuentos, revisarlos, porque escribir es que cada palabra significa. Cuando escribes sueltas sensaciones, percepciones, pero después tienes que ponerte a calibrar esas palabras".
La espera del libro (el primero que la autora escribió, el segundo en publicarse) fue larga. En parte por esa revisión; en parte, por falta de un editor. "Breviario del ocio estuvo en reposo demasiado tiempo. Decidimos rescatarlo sobre todo porque el escritor necesita soltar los textos guardados. Hay que cerrar ciclos, son tramos de carretera que hay que pasar para llegar a alguna parte. De alguna manera era volver sobre relatos dormidos, uno tiende a regresar a ellos para cambiarlos, cuando en realidad esos textos corresponden a una radiografía de un momento del autor", indicó la escritora, que realizó el Taller de Narrativa del Celarg en los años 90.
La ficción estaba en los genes de Carmen Rosa Gómez, que considera la literatura como un oficio y no un ocio. "Escribo desde que recuerdo. Esa magia siempre estuvo en mí (...) El hecho de que he publicado poco no quiere decir que los libros no estén ya escritos. La escritura es un trabajo individual, privado, una actividad solitaria. Hay gente a la que se le da de manera natural compartir sus textos. A mí me cuesta. Este es un hijo que tenía ahí durante años. Vuelves sobre el texto, lo vuelves a trabajar tanto que se puede convertir en un vicio, porque uno va cambiando", concluyó Gómez. La pasión por la palabra le ha permitido ganarse la vida a través de la noticia mientras vive para escribir sus ficciones.
dfermin@eluniversal.com
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Carmen Rosa Gómez
lunes, 18 de febrero de 2013
En agenda
EDITORIAL ECLEPSIDRA A.C.
COLECCIÓN EL FALSO CUADERNO NARRATIVA
Tenemos el honor de invitarle al bautizo de
Breviario del Ocio de la periodista Carmen Rosa Gómez
Cuentos que hablan de la delgadez de nuestra sombra,
y de la expresión del desconsuelo ante la finitud.
Presentado por el escritor Héctor Torres
Con lectura de textos a cargo de la autora
Sábado, 23 de febrero de 2013
Hora: 11:00 am
LIBRERÍA LUGAR COMÚN. Altamira Sur, a una cuadra de la Plaza Altamira.
Brindis
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Héctor Torres
jueves, 10 de enero de 2013
Roberto Bolaño en sus propias palabras
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miércoles, 14 de noviembre de 2012
Capítulo 1 de "Rayuela" de Julio Cortázar
¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me
había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de
Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba
distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts,
a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro,
inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños
del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin
sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en
nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que
necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de
dentífrico.
Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu'en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos.
¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado cruzar a la villa derecha y beber vino en el cafecito de la rue des Lombards donde madame Leonie me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Nunca te llevé a que madame Leonie te mirara la palma de la mano, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mí, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones, y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro. De manera que nunca te llevé a que madame Leonie, Maga; y sí, porque me lo dijiste, que a vos no te gustaba que yo te viese entrar en la pequeña librería de la rue de Verneuil, donde un anciano agobiado haca miles de fichas y sabe todo lo que puede saberse sobre historiografía. Ibas allá a jugar con un gato, y el viejo te dejaba entrar y no te hacía preguntas, contento de que a veces le alcanzaras algún libro de los estantes más altos. Y te calentabas en su estufa de gran caño negro y no te gustaba que yo supiera que ibas a ponerte al lado de esa estufa. Pero todo esto había que decirlo en su momento, solo que era difícil precisar el momento de una cosa, y aun ahora, acodado en el puente, viendo pasar una pinaza color borra vino, hermosísima como una gran cucaracha reluciente de limpieza, con una mujer de delantal blanco que colgaba ropa en un alambre de la proa, mirando sus ventanillas pintadas de verde con cortinas Hansel y Gretel, aun ahora, Maga, me preguntaba si este rodeo tenía sentido, ya que para llegar a la rue des Lombards me hubiera convenido más cruzar el Pont Saint-Michel y el Pont au Change. Pero si hubieras estado ahí esa noche, como tantas otras veces, yo habría sabido que el rodeo tenía un sentido, y ahora en cambio envilecía mi fracaso llamándolo rodeo. Era cuestión, después de subirme el cuello de la canadiense, de seguir por los muelles hasta entrar en esa zona de grandes tiendas que se acaba en el Chatelet, pasar bajo la sombra violeta de la Tour Saint-Jacques y subir por mi calle pensando en que no te había encontrado y en madame Leonie.
Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya no recuerdo. Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metíamos en un café del Boul Mich y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida.
Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero, un Figari con violetas de anochecer, con caras lívidas, con hambre y golpes en los rincones. Más tarde te creí, más tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mirándome la mano que había dormido con tus senos me repitió casi tus mismas palabras. "Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts." (Una pinaza color borra vino, Maga, y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo.)
Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para
desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en
seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los
ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una
jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso
paulatino en un mundo - Maga que era la torpeza y la confusión pero también
helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza
Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se
moviera como una torre que se moviera como un alfil. Y entonces en esos días
íbamos a los cine-clubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es
cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia
amarilla convulsa previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían
los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías
el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien, y
que Pabst y que Fritz Lang. Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con
tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos hamburgers
en el Carrefour de l'Odeon, y nos íbamos en bicicleta a Montparnasse, a
cualquier hotel a cualquier almohada. Pero otras veces seguíamos hasta la Porte
d'Orleans, conocíamos cada vez mejor la zona de terrenos baldíos que hay más
allá del Boulevard Jourdan, donde a veces a medianoche se reunían los del club
de la Serpiente pare hablar con un vidente ciego, paradoja estimulante.
Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a
mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de París donde el cielo
vale más que la sierra. Sentados en un montón de basuras fumábamos un rato, y
la Maga me acariciaba el pelo o canturreaba melodías ni siquiera inventadas,
melopeyas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos. Yo aprovechaba para
pensar en cosas inútiles, método que había empezado a practicar años atrás en
un hospital y que cada vez me parecía más fecundo y necesario. Con un enorme
esfuerzo, reuniendo imágenes auxiliares, pensando en olores y caras, conseguía
extraer de la nada un par de zapatos marrones que había usado en Olavarría en
1940. Tenían tacos de goma, suelas muy fines, y cuando llovía me entraba el
agua hasta el alma. Con ese par de zapatos en la mano del recuerdo, el resto
venía solo: la cara de doña Manuela, por ejemplo, o el poeta Ernesto Morroni.
Pero los rechazaba porque el juego consistía en recobrar tan solo lo
insignificante, lo in ostentoso, lo perecido. Temblando de no ser capaz de
acordarme, atacado por la polilla que propone la prórroga, imbécil a fuerza de
besar el tiempo, terminaba por ver al lado de los zapatos una latita de Té Sol
que mi madre me había dado en Buenos Aires. Y la cucharita pare el té,
cuchara-ratonera donde las lauchitas negras se quemaban vivas en la taza de
agua lanzando burbujas chirriantes. Convencido de que el recuerdo lo guarda
todo y no solamente a las Albertinas y a las grandes efemérides del corazón y
los rincones, me obstinaba en reconstruir el contenido de mi mesa de trabajo en
Floresta, la cara de una muchacha irrecordable llamada Gekrepten, la cantidad
de plumas cucharita que había en mi caja de útiles de quinto grado, y acababa
temblando de tal manera y desesperándome (porque nunca he podido acordarme de
esas plumas cucharita, sé que estaban en la caja de útiles, en un
compartimiento especial, pero no me acuerdo de cuántas eran ni puedo precisar
el momento justo en que debieron ser dos o seis), hasta que la Maga, besándome
y echándome en la cara el humo del cigarrillo y su aliento caliente, me
recobraba y nos reíamos, empezábamos a andar de nuevo entre los montones de
basura en busca de los del club. Ya para entonces me había dado cuenta de que
buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo,
razón de los matadores de brújulas. Con la Maga hablábamos de pata física hasta
cansarnos, porque a ella también le ocurría (y nuestro encuentro era eso, y
tantas cosas oscuras como el fósforo) caer de continuo en las excepciones,
verse metida en casillas que no eran las de la gente, y esto sin despreciar a
nadie, sin creernos Maldorores en liquidación ni Melmoths privilegiadamente
errantes. No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho
incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo,
y sin embargo baste suponerle una conciencia para comprender que cada vez que
se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de
privilegio. De la misma manera a la Maga le encantaban los líos inverosímiles
en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida. Era
de las que rompen los puentes con solo cruzarlos, o se acuerdan llorando a
gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que acaba de ganar
cinco millones. Por mi parte ya me había acostumbrado a que me pasaran cosas
modestamente excepcionales, y no encontraba demasiado horrible que al entrar en
un cuarto a oscuras para recoger un álbum de discos, sintiera bullir en la
palma de la mano el cuerpo vivo de un ciempiés gigante que había elegido dormir
en el lomo del álbum. Eso, y encontrar grandes pelusas grises o verdes dentro
de un paquete de cigarrillos, u oír el silbato de una locomotora exactamente en
el momento y el tono necesarios pare incorporarse ex oficio a un pasaje de una
sinfonía de Ludwig Van, o entrar a una pissottière de la rue de Medicis y ver a
un hombre que orinaba aplicadamente hasta el momento en que, apartándose de su
comportamiento, giraba hacia mí y me mostraba, sosteniéndolo en la palma de la
mano como un objeto litúrgico y precioso, un miembro de dimensiones y colores
increíbles, y en el mismo instante darme cuenta de que ese hombre era
exactamente igual a otro (aunque no era el otro) que veinticuatro horas antes,
en la Salle de Géographie, había disertado sobre tótems y tabúes, y había
mostrado público, sosteniéndolos preciosamente en la palma de la mano,
bastoncillos de marfil, plumas de pájaro lira, monedas rituales, fósiles
mágicos, estrellas de mar, pescados secos, fotografías de concubinas reales,
ofrendas de cazadores, enormes escarabajos embalsamados que hacían temblar de
asustada delicia a las infaltables señoras.
En fin, no es fácil hablar de la Maga que a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo. Si no lo encuentra seguirá así toda la noche, revolverá en los tachos de basura, los ojos vidriosos, convencida de que algo horrible le va a ocurrir si no encuentra esa prenda de rescate, la señal del perdón o del aplazamiento. Sé lo que es eso porque también obedezco a esas señales, también hay veces en que me toca encontrar trapo rojo. Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mí sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído. Lo peor es que nada puede contenerme cuando algo se me cae al suelo, ni tampoco vale que lo levante otro porque el maleficio obraría igual. He pasado muchas veces por loco a causa de esto y la verdad es que estoy loco cuando lo hago, cuando me precipito a juntar un lápiz o un trocito de papel que se me han ido de la mano, como la noche del terrón de azúcar en el restaurante de la rue Scribe, un restaurante bacán con montones de gerentes, putas de zorros plateados y matrimonios bien organizados. Estábamos con Ronald y Etienne, y a mí se me cayó un terrón de azúcar que fue a parar abajo de una mesa bastante lejos de la nuestra. Lo primero que me llamó la atención fue la forma en que el terrón se había alejado, porque en general los terrones de azúcar se plantan apenas tocan el suelo por razones paralelepípedas evidentes. Pero este se conducía como si fuera una bola de naftalina, lo cual aumentó mi aprensión, y llegué a creer que realmente me lo habían arrancado de la mano. Ronald, que me conoce, miró hacia donde había ido a parar el terrón y se empezó a reír. Eso me dio todavía más miedo, mezclado con rabia. Un mozo se acercó pensando que se me había caído algo precioso, una Parker o una dentadura postiza, y en realidad lo único que hacía era molestarme, entonces sin pedir permiso me tiré al suelo y empecé a buscar el terrón entre los zapatos de la gente que estaba llena de curiosidad creyendo (y con razón) que se trataba de algo importante. En la mesa había una gorda pelirroja, otra menos gorda pero igualmente putona, y dos gerentes o algo así. Lo primero que hice fue darme cuenta de que el terrón no estaba a la vista y eso que lo había visto saltar hasta los zapatos (que se movían inquietos como gallinas). Para peor el piso tenía alfombra, y aunque estaba asquerosa de usada el terrón se había escondido entre los pelos y no podía encontrarlo. El mozo se tiró del otro lado de la mesa y ya éramos dos cuadrúpedos moviéndonos entre los zapatos-gallina que allá arriba empezaban a cacarear como locas. El mozo seguía convencido de la Parker o el Luis de oro, y cuando estábamos bien metidos debajo de la mesa, en una especie de gran intimidad y penumbra y él me preguntó y yo le dije, puso una cara que era como para pulverizarla con un fijador, pero yo no tenía ganas de reír, el miedo me hacía una doble llave en la boca del estómago y al final me dio una verdadera desesperación (el mozo se había levantado furioso) y empecé a agarrar los zapatos de las mujeres y a mirar si debajo del arco de la suela no estaría agazapado el azúcar, y las gallinas cacareaban, los gallos gerentes me picoteaban el lomo, oía las carcajadas de Ronald y de Etienne mientras me movía de una mesa a otra hasta encontrar el azúcar escondido detrás de una pata Segundo Imperio. Y todo el mundo enfurecido, hasta yo con el azúcar apretado en la palma de la mano y sintiendo como se mezclaba con el sudor de la piel, como asquerosamente se deshacía en una especie de venganza pegajosa, esa clase de episodios todos los días.
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