Tomado de La Opinión de Murcia
Pide perdón Mario Vargas Llosa por la comparación «un poco chusca y fea» cuando asegura que la vocación de escritor es como tener la solitaria, «un bicho en las entrañas» que devora todo. «Es lo único que representa esa idea de entrega total», se justifica. Recordaba ayer el Premio Nobel ante los murcianos que pudieron entrar al Aula CAM –donde se clausuró el congreso que sobre su obra ha celebrado la UMU– que un amigo que tuvo una tenia le contaba que todo lo que hacía: ir al cine, a un museo, conversar, leer... todo era para la solitaria. «No me olvido ni un segundo del bicho y él se alimenta de todo lo que hago», le decía al escritor, quien tiene «una sensación similar» cuando la obra en la que trabaja empieza a tomar forma: «Todo lo que hago es para ella, hasta lo más tonto se lo traga la historia que estoy creando».
Sigue el autor peruano la máxima de Flaubert de que «escribir es una manera de vivir» y se revela metódico y disciplinado. «Mi vida se organiza en torno a la escritura y trabajo todos los días», cuenta, aunque apunta que «es injusto utilizar la palabra trabajo porque es un enorme placer». Y asevera a continuación que «aprender a leer ha sido lo más importante» de su vida. En Cochabamba fue donde aprendió esa «operación mágica» que convertía las letras en imágenes que le hacían vivir mil historias, y recuerda que «leía en estado de trance a Salgari, Verne y Dumas».
«Seguramente mi vocación de escritor nació de ese placer formidable, porque mi madre contaba que antes de los diez años ya escribía las continuaciones de los libros o cambiaba el final cuando no me gustaba», rememora el autor, quien dice también estar «marcado profundamente por Neruda». Al autor chileno lo descubrió también de niño, leyendo 20 poemas de amor y una canción desesperada tras ´robárselo´ a su madre: «Me decía que no era un libro para niños y eso despertó una curiosidad voraz. Mi cuerpo de labriego salvaje te socava y hace saltar el hijo del fondo de la tierra... –recita Vargas Llosa– Ahí pasaba algo raro, yo no lo entendía muy bien, pero la prohibición de mi madre debía de venir por ahí», contaba riendo a un público entregado que fotografiaba y grababa sin descanso al escritor –con cámaras, móviles y hasta ´tablets´–, cuya conferencia era narrada por más de uno en Facebook en tiempo real.
Javier Polo fue el encargado de acompañar al autor de La ciudad de los perros, Conversación en la catedral y La fiesta del chivo en el coloquio que cerró el congreso. «Discúlpenme si se me quiebra la voz, pero es que estoy al lado de Dios», dijo parafraseando a Fernando Trueba. A su lado, el Nobel afirmó que «una vocación no solo es una predisposición, sino también una elección», y recordó que, en su juventud, «no era fácil ´elegirse´ como escritor; no era una actividad alimenticia y no me atrevía a pensar que algún día sería un escritor de verdad, y no uno ´de domingos´».
A pesar de su «gran pasión», el autor peruano revela que no le ha gustado nunca «ser solo un escritor». «La calle es lo que me alimenta y por eso sigo haciendo periodismo», explica «el autor más relevante de la lengua española», según lo definió el presidente de la Comunidad, Ramón Luis Valcárcel, quien subrayó en la clausura del simposio –junto al coordinador, el catedrático Victorino Polo– que «más allá de las modas y las ideologías, Vargas Llosa ha demostrado ser un escritor de pulso firme, imaginación fecunda y lenguaje preciso».
El autor, humilde, dice que la suerte siempre le ha acompañado y se mostró ayer «agradecido de todo corazón» a Murcia por el reconocimiento. Y de nuevo aprovechó la oportunidad para reivindicar la literatura, que es ahora «más necesaria que nunca porque nos enseña a dominar un idioma, a pensar, a expresarnos, y estimula nuestra imaginación... Es un buen entrenamiento para ir por la vida de forma creativa».
Consciente de que «la felicidad es un estado transitorio» y de que «solo los tontos son felices siempre –porque se resignan–», el autor vivió ayer uno de esos «instantes que nos desagravian y recompensan»; en una ciudad cuya universidad le nombró Doctor Honoris Causa en 1995, y con la que tiene «muchas deudas». «Cada vez que vengo recibo tanto cariño que me voy abrumado», dijo, y agradeció a la UMU su trabajo para acercar España y Latinoamérica y descubrir a los murcianos «que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa»; una relación que –alerta– «hay que cultivar y renovar constantemente».
http://www.laopiniondemurcia.es/cultura-sociedad/2011/10/29/escritor-devorado-literatura/360620.html
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viernes, 28 de octubre de 2011
Vargas Llosa: El escritor devorado por la literatura
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Mario Vargas Llosa
lunes, 3 de enero de 2011
Vargas Llosa: "La literatura
nos hace concientes de lo pobre
que es la realidad que vivimos"

Tomado de El Nacional
Entrevista hecha por la periodista Katiuska Hernández
Mario Vargas Llosa confiere a la literatura el poder de un motor de cambio que hace al individuo sentirse inconforme con la realidad que vive al punto de motivarlo a transformarla. Durante un coloquio organizado con motivo del 20 aniversario de Libertad y Desarrollo, centro de estudios económicos, políticos y sociales de Chile, el premio Nobel aseguró que "una sociedad impregnada de buena literatura es mucho más difícil de embaucar por el poder".
-¿De qué manera la ficción que se refleja en la literatura influye en lo que ocurre en América Latina?
-Haciendo las sumas y las restas de los últimos años, soy optimista con respecto a América Latina. Aunque algunas cosas andan mal, muchas otras cosas andan bien, y eso debe alentarnos. La ficción, sin duda, influye en nuestra región porque nos deja muchas preguntas y agudiza nuestra sensibilidad. La literatura nos hace concientes de lo pobre que es la realidad que vivimos.
Para el autor de El sueño del celta, enseñar a los jóvenes a leer buenos libros "es crear buenos ciudadanos que velen por la democracia, que tengan una actitud crítica y sean participantes efectivos del cambio y del progreso. La literatura es un motor de cambio, es un elemento que permanentemente contradice lo que todos los poderes tratan siempre de probar: que el mundo está bien hecho y que la sociedad funciona. La literatura es un constante desmentido. Una sociedad puede estar funcionando bien, pero la literatura nos muestra que puede hacerlo mejor. Aunque parezca una exageración, fantasear, crear mundos y soñar con ellos, es una manera de trabajar por la superación de la vida humana. La literatura es fundamental para lograr que funcionen las instituciones democráticas".
Para el autor de El sueño del celta, enseñar a los jóvenes a leer buenos libros "es crear buenos ciudadanos que velen por la democracia, que tengan una actitud crítica y sean participantes efectivos del cambio y del progreso. La literatura es un motor de cambio, es un elemento que permanentemente contradice lo que todos los poderes tratan siempre de probar: que el mundo está bien hecho y que la sociedad funciona. La literatura es un constante desmentido. Una sociedad puede estar funcionando bien, pero la literatura nos muestra que puede hacerlo mejor. Aunque parezca una exageración, fantasear, crear mundos y soñar con ellos, es una manera de trabajar por la superación de la vida humana. La literatura es fundamental para lograr que funcionen las instituciones democráticas".
-¿Qué amenazas se ciernen sobre la literatura?
-Las únicas que parecen haber sido concientes de la importancia de la literatura y de su vinculación inseparable con la libertad, son las dictaduras. Sin excepción, lo primero que éstas hacen es tratar de eliminar la actividad de fabular, de soñar y de contar historias. Establecen censuras y son vigilantes de todo lo que se escribe porque temen e intuyen que detrás de esa actividad hay un peligro para lo que ellas representan. Y eso es cierto, porque la ficción es una enemiga natural de todo sistema que pretenda controlar la vida del ser humano, desde la cuna hasta la tumba. La literatura nos muestra que eso está en contradicción con la vida, y exige un espacio donde puedan existir diferencias y donde los seres humanos puedan escoger según sus propias inclinaciones, desde el tipo de vida que quieren tener hasta lo que desean estudiar y dónde desean vivir. Y estos principios están en contra de los sistemas autoritarios.
-¿El solo hecho de que un gobierno sea electo lo hace democrático?
-Este es un punto neurálgico en America Latina. Lo positivo es que, por primera vez, tenemos en muchos países una izquierda y una derecha democráticas. En el pasado, la derecha pensaba que los cuarteles, en última instancia, eran la solución, y las izquierdas despreciaban la democracia como la máscara de la explotación. Eso casi ha desaparecido.
Prosigue Vargas Llosa: "¿Por qué aparece un personaje como Hugo Chávez? Porque éste tiene un lenguaje que la realidad latinoamericana parece haberse sacudido hace tiempo, pero que está ahí. Esa no es la cara de la izquierda actual en la región. La realidad es la izquierda de Lula y la de su sucesora, y la de Uruguay que, para mi sorpresa, representa uno de los cambios más notables porque pasó de una izquierda radical a manejar el poder de forma impecable. La izquierda está aceptando al mercado como un mecanismo mediante el cual se puede crear riqueza. ¿Quién en America Latina puede pensar que el futuro es seguir el modelo cubano? Es evidente que nadie, ni la izquierda ni los simpatizantes de esa revolución. Ese sistema está a punto de acabarse, de desintegrarse. ¿Quién puede creer que Chávez es el ejemplo que van a seguir los latinoamericanos? Incluso sus seguidores, a quienes él patrocina, saben que ese modelo es viejo. Los regímenes de Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega tienen unos resultados catastróficos. Son gobiernos con pies de arcilla".
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Mario Vargas Llosa
jueves, 7 de octubre de 2010
Fragmento de "El sueño del celta"
de Mario Vargas Llosa

...Un adelanto de "El sueño del celta", nueva novela del Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, que fue difundido por El País.
Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.
—Visita —murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos de encima.
Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres escuchaba las campanadas que marcaban las medias horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba, se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para ese hielo que le erizaba la piel.
Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afligió.
Quien lo esperaba allí no era su abogado, maître George Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubio y desencajado, de pómulos salientes, vestido como un petimetre, a quien había visto durante los cuatro días del juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la defensa. ¿Por qué maître Gavan Duffy, en vez de venir en persona, mandaba a uno de sus pasantes? El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me mira como si yo fuera una alimaña», pensó Roger.
—¿Alguna novedad?
El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de hablar:
—Sobre el pedido de indulto, todavía —murmuró, con sequedad, haciendo una mueca que lo desencajaba aún más—. Hay que esperar que se reúna el Consejo de Ministros.
A Roger le molestaba la presencia del sheriff y del otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permanecían silenciosos e inmóviles, sabía que estaban pendientes de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y dificultaba su respiración.
—Pero, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos —añadió el joven rubio, pestañeando por primera vez y abriendo y cerrando la boca con exageración—, todo se ha vuelto ahora más difícil.
—A Pentonville Prison no llegan las noticias de afuera. ¿Qué ha ocurrido?
¿Y si el Almirantazgo alemán se había decidido por fin a atacar a Gran Bretaña desde las costas de Irlanda? ¿Y si la soñada invasión tenía lugar y los cañones del Káiser vengaban en estos mismos momentos a los patriotas irlandeses fusilados por los ingleses en el Alzamiento de Semana Santa? Si la guerra había tomado ese rumbo, sus planes se realizaban, pese a todo.
—Ahora se ha vuelto difícil, acaso imposible, tener éxito —repitió el pasante. Estaba pálido, contenía su indignación y Roger adivinaba bajo la piel blancuzca de su tez su calavera. Presintió que, a sus espaldas, el sheriff sonreía.
—¿De qué habla usted? El señor Gavan Duffy estaba optimista respecto a la petición. ¿Qué ha sucedido para que cambiara de opinión?
—Sus diarios —silabeó el joven, con otra mueca de disgusto. Había bajado la voz y a Roger le costaba trabajo escucharlo—. Los descubrió Scotland Yard, en su casa de Ebury Street.
Hizo una larga pausa, esperando que Roger dijera algo. Pero como éste había enmudecido, dio rienda suelta a su indignación y torció la boca:
—Cómo pudo ser tan insensato, hombre de Dios —hablaba con una lentitud que hacía más patente su rabia—.
Cómo pudo usted poner en tinta y papel semejantes cosas, hombre de Dios. Y, si lo hizo, cómo no tomó la precaución elemental de destruir esos diarios antes de ponerse a conspirar contra el Imperio británico.
«Es un insulto que este imberbe me llame “hombre de Dios”», pensó Roger. Era un maleducado, porque a este mozalbete amanerado él, cuando menos, le doblaba la edad.
—Fragmentos de esos diarios circulan ahora por todas partes —añadió el pasante, más sereno, aunque siempre disgustado, ahora sin mirarlo—. En el Almirantazgo, el vocero del ministro, el capitán de navío Reginald Hall en persona, ha entregado copias a decenas de periodistas.
Están por todo Londres. En el Parlamento, en la Cámara de los Lores, en los clubes liberales y conservadores, en las redacciones, en las iglesias. No se habla de otra cosa en la ciudad.
Roger no decía nada. No se movía. Tenía, otra vez, esa extraña sensación que se había apoderado de él muchas veces en los últimos meses, desde aquella mañana gris y lluviosa de abril de 1916 en que, aterido de frío, fue arrestado entre las ruinas de McKenna’s Fort, en el sur de Irlanda: no se trataba de él, era otro de quien hablaban, otro a quien le ocurrían estas cosas.
—Ya sé que su vida privada no es asunto mío, ni del señor Gavan Duffy ni de nadie —añadió el joven pasante, esforzándose por rebajar la cólera que impregnaba su voz—.
Se trata de un asunto estrictamente profesional. El señor Gavan Duffy ha querido ponerlo al corriente de la situación.
Y prevenirlo. La petición de clemencia puede verse comprometida.
Esta mañana, en algunos periódicos ya hay protestas, infidencias, rumores sobre el contenido de sus diarios. La opinión pública favorable a la petición podría verse afectada.
Una mera suposición, desde luego. El señor Gavan Duffy lo tendrá informado. ¿Desea que le transmita algún mensaje? El prisionero negó, con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. En el acto, giró sobre sí mismo, encarando la puerta del locutorio. El sheriff hizo una indicación con su cara mofletuda al guardia. Éste corrió el pesado cerrojo y la puerta se abrió. El regreso a la celda le resultó interminable. Durante el recorrido por el largo pasillo de pétreas paredes de ladrillos rojinegros tuvo la sensación de que en cualquier momento tropezaría y caería de bruces sobre esas piedras húmedas y no volvería a levantarse.
Al llegar a la puerta metálica de la celda, recordó: el día que lo trajeron a Pentonville Prison el sheriff le dijo que todos los reos que ocuparon esta celda, sin una excepción, habían terminado en el patíbulo.
—¿Podré tomar un baño, hoy? —preguntó, antes de entrar.
El obeso carcelero negó con la cabeza, mirándolo a los ojos con la misma repugnancia que Roger había advertido en la mirada del pasante.
—No podrá bañarse hasta el día de la ejecución —dijo el sheriff, saboreando cada palabra—. Y, ese día, sólo si es su última voluntad. Otros, en vez del baño, prefieren una buena comida. Mal negocio para Mr. Ellis, porque entonces, cuando sienten la soga, se cagan. Y dejan el lugar hecho una mugre. Mr. Ellis es el verdugo, por si no lo sabe.
Cuando sintió cerrarse la puerta a sus espaldas, fue a tumbarse boca arriba en el pequeño camastro. Cerró los ojos. Hubiera sido bueno sentir el agua fría de ese caño enervándole la piel y azulándola de frío. En Pentonville Prison, los reos, con excepción de los condenados a muerte, podían bañarse con jabón una vez por semana en ese chorro de agua fría. Y las condiciones de las celdas eran pasables. En cambio, recordó con un escalofrío la suciedad de la cárcel de Brixton, donde se había llenado de piojos y pulgas que pululaban en el colchón de su camastro y le habían cubierto de picaduras la espalda, las piernas y los brazos. Procuraba pensar en eso, pero una y otra vez volvían a su memoria la cara disgustada y la voz odiosa del rubio pasante ataviado como un figurín que le había enviado maître Gavan Duffy en vez de venir él en persona a darle las malas noticias.
—Visita —murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos de encima.
Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres escuchaba las campanadas que marcaban las medias horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba, se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para ese hielo que le erizaba la piel.
Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afligió.
Quien lo esperaba allí no era su abogado, maître George Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubio y desencajado, de pómulos salientes, vestido como un petimetre, a quien había visto durante los cuatro días del juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la defensa. ¿Por qué maître Gavan Duffy, en vez de venir en persona, mandaba a uno de sus pasantes? El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me mira como si yo fuera una alimaña», pensó Roger.
—¿Alguna novedad?
El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de hablar:
—Sobre el pedido de indulto, todavía —murmuró, con sequedad, haciendo una mueca que lo desencajaba aún más—. Hay que esperar que se reúna el Consejo de Ministros.
A Roger le molestaba la presencia del sheriff y del otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permanecían silenciosos e inmóviles, sabía que estaban pendientes de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y dificultaba su respiración.
—Pero, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos —añadió el joven rubio, pestañeando por primera vez y abriendo y cerrando la boca con exageración—, todo se ha vuelto ahora más difícil.
—A Pentonville Prison no llegan las noticias de afuera. ¿Qué ha ocurrido?
¿Y si el Almirantazgo alemán se había decidido por fin a atacar a Gran Bretaña desde las costas de Irlanda? ¿Y si la soñada invasión tenía lugar y los cañones del Káiser vengaban en estos mismos momentos a los patriotas irlandeses fusilados por los ingleses en el Alzamiento de Semana Santa? Si la guerra había tomado ese rumbo, sus planes se realizaban, pese a todo.
—Ahora se ha vuelto difícil, acaso imposible, tener éxito —repitió el pasante. Estaba pálido, contenía su indignación y Roger adivinaba bajo la piel blancuzca de su tez su calavera. Presintió que, a sus espaldas, el sheriff sonreía.
—¿De qué habla usted? El señor Gavan Duffy estaba optimista respecto a la petición. ¿Qué ha sucedido para que cambiara de opinión?
—Sus diarios —silabeó el joven, con otra mueca de disgusto. Había bajado la voz y a Roger le costaba trabajo escucharlo—. Los descubrió Scotland Yard, en su casa de Ebury Street.
Hizo una larga pausa, esperando que Roger dijera algo. Pero como éste había enmudecido, dio rienda suelta a su indignación y torció la boca:
—Cómo pudo ser tan insensato, hombre de Dios —hablaba con una lentitud que hacía más patente su rabia—.
Cómo pudo usted poner en tinta y papel semejantes cosas, hombre de Dios. Y, si lo hizo, cómo no tomó la precaución elemental de destruir esos diarios antes de ponerse a conspirar contra el Imperio británico.
«Es un insulto que este imberbe me llame “hombre de Dios”», pensó Roger. Era un maleducado, porque a este mozalbete amanerado él, cuando menos, le doblaba la edad.
—Fragmentos de esos diarios circulan ahora por todas partes —añadió el pasante, más sereno, aunque siempre disgustado, ahora sin mirarlo—. En el Almirantazgo, el vocero del ministro, el capitán de navío Reginald Hall en persona, ha entregado copias a decenas de periodistas.
Están por todo Londres. En el Parlamento, en la Cámara de los Lores, en los clubes liberales y conservadores, en las redacciones, en las iglesias. No se habla de otra cosa en la ciudad.
Roger no decía nada. No se movía. Tenía, otra vez, esa extraña sensación que se había apoderado de él muchas veces en los últimos meses, desde aquella mañana gris y lluviosa de abril de 1916 en que, aterido de frío, fue arrestado entre las ruinas de McKenna’s Fort, en el sur de Irlanda: no se trataba de él, era otro de quien hablaban, otro a quien le ocurrían estas cosas.
—Ya sé que su vida privada no es asunto mío, ni del señor Gavan Duffy ni de nadie —añadió el joven pasante, esforzándose por rebajar la cólera que impregnaba su voz—.
Se trata de un asunto estrictamente profesional. El señor Gavan Duffy ha querido ponerlo al corriente de la situación.
Y prevenirlo. La petición de clemencia puede verse comprometida.
Esta mañana, en algunos periódicos ya hay protestas, infidencias, rumores sobre el contenido de sus diarios. La opinión pública favorable a la petición podría verse afectada.
Una mera suposición, desde luego. El señor Gavan Duffy lo tendrá informado. ¿Desea que le transmita algún mensaje? El prisionero negó, con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. En el acto, giró sobre sí mismo, encarando la puerta del locutorio. El sheriff hizo una indicación con su cara mofletuda al guardia. Éste corrió el pesado cerrojo y la puerta se abrió. El regreso a la celda le resultó interminable. Durante el recorrido por el largo pasillo de pétreas paredes de ladrillos rojinegros tuvo la sensación de que en cualquier momento tropezaría y caería de bruces sobre esas piedras húmedas y no volvería a levantarse.
Al llegar a la puerta metálica de la celda, recordó: el día que lo trajeron a Pentonville Prison el sheriff le dijo que todos los reos que ocuparon esta celda, sin una excepción, habían terminado en el patíbulo.
—¿Podré tomar un baño, hoy? —preguntó, antes de entrar.
El obeso carcelero negó con la cabeza, mirándolo a los ojos con la misma repugnancia que Roger había advertido en la mirada del pasante.
—No podrá bañarse hasta el día de la ejecución —dijo el sheriff, saboreando cada palabra—. Y, ese día, sólo si es su última voluntad. Otros, en vez del baño, prefieren una buena comida. Mal negocio para Mr. Ellis, porque entonces, cuando sienten la soga, se cagan. Y dejan el lugar hecho una mugre. Mr. Ellis es el verdugo, por si no lo sabe.
Cuando sintió cerrarse la puerta a sus espaldas, fue a tumbarse boca arriba en el pequeño camastro. Cerró los ojos. Hubiera sido bueno sentir el agua fría de ese caño enervándole la piel y azulándola de frío. En Pentonville Prison, los reos, con excepción de los condenados a muerte, podían bañarse con jabón una vez por semana en ese chorro de agua fría. Y las condiciones de las celdas eran pasables. En cambio, recordó con un escalofrío la suciedad de la cárcel de Brixton, donde se había llenado de piojos y pulgas que pululaban en el colchón de su camastro y le habían cubierto de picaduras la espalda, las piernas y los brazos. Procuraba pensar en eso, pero una y otra vez volvían a su memoria la cara disgustada y la voz odiosa del rubio pasante ataviado como un figurín que le había enviado maître Gavan Duffy en vez de venir él en persona a darle las malas noticias.
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Literatura,
Mario Vargas Llosa
domingo, 28 de febrero de 2010
Vargas Llosa habla de la literatura

..."Si me hubiera puesto a esperar la inspiración simplemente no habría escrito nada", señala el autor de origen peruano
Tomado de El Universal
Mario Vargas Llosa dejó de creer a pie juntillas en Jean Paul Sartre, pero en el fondo nunca lo abandonó la convicción de que el escritor tiene un compromiso con su tiempo. Esa idea persuasiva y exultante de que escribiendo un hombre podía actuar sobre la historia subyace aún en su obra.
Una muestra de eso es su más reciente libro, Sables y utopías (Aguilar, 2009), una selección de artículos de los últimos 30 años sobre temas diversos, "una biografía intelectual", como lo define él mismo. En casi 500 páginas se condensan los cambios en su manera de pensar pero también se revela lo que ha sido una constante: su conducta como escritor y periodista.
-Sus primeros 10 años de vida representan una especie de paraíso perdido que marcaron su existencia porque nunca como en ese tiempo se sintió tan de acuerdo con el mundo. ¿El motor para escribir es esa inconformidad con el mundo?
-Creo que sí, uno escribe en el momento en que se produce algún tipo de entredicho entre la persona y el mundo donde vive. Cuando uno vive en completo acuerdo con el mundo no tiene necesidad de inventar otros mundos. La literatura busca llenar un vacío, busca crear una realidad distinta de aquella en la que uno está inmerso, es una alternativa a la vida. Quizás por eso en los primeros 10 años de vida que viví en Cochabamba sintiéndome protegido, feliz, en la inocencia y en el cariño, literariamente no me inspiran nada, aunque lo recuerde con mucho cariño y nostalgia. Escribo desde el momento en que descubrí la realidad. Yo vivía en la irrealidad, como viven los niños que tienen el privilegio de tener una infancia feliz. Las experiencias de dolor, de frustración, son las que inspiran más a los creadores, no sólo escritores, con los artistas en general.
-Cuando leyó su cuento La Parva frente a escritores peruanos nadie lo comentó y se sintió fatal. ¿Esa escena se ha repetido alguna vez?
-Fue traumático porque era la primera vez que leía algo mío en público. Fue una frustración terrible pero me llevó a hacer una autocrítica radical. Lo que había escrito eran cuentos muy abstractos, muy poco situados en una realidad concreta y quizás eso me llevó a situar las historias en una realidad más realista y abandonar un poco esa literatura abstracta, indefinida, como eso que leí con resultados tan desastrosos&
-¿Le ha vuelto a pasar?
-No me ha vuelto a pasar. No así tan traumático. Algunas veces he leído y he recibido críticas, pero es distinto porque era la primera. Y la primera vez que uno lee es como la primera vez que uno ve un libro suyo impreso o cuando ve una obra de teatro sobre un escenario, son momentos cruciales que la imaginación atesora para bien o para mal.
-Ha dicho que su disciplina para escribir nació de la comprobación de que no tenía inspiración y de que el talento podía provocarse a base de trabajo. ¿Qué hay más, talento o trabajo?
-En mi caso hay sobre todo trabajo. El talento, en el mayor número de escritores, resulta del trabajo. Puede haber algunos casos excepcionales en los que hay la famosa inspiración, ese estado de trance, que permite escribir con gran creatividad de un tirón, prácticamente sin corregir. Pero yo creo que esos son casos, si es que existen, son excepcionales. En la mayor parte de los casos lo que hay es enorme trabajo, disciplina, autocrítica, un deseo de perfección que lo lleva a corregir. Mi caso es ese, tengo que trabajar mucho, insistir para que, vaya, salga la historia. Estoy seguro de que si me hubiera puesto a esperar la inspiración simplemente no hubiera escrito nada. Creo que con el trabajo uno llega a crearse unos ciertos estados de excitación intelectual, ese trance tan ansiado por los artistas, pero para mí eso resulta del esfuerzo, de la disciplina, no viene naturalmente.
-Borges renegaba de sus inicios como periodista... Usted, en cambio...
-El periodismo ha sido para mi una fuente riquísima de experiencias. Buena parte de mi obra no la hubiera podido escribir sin las vivencias que tuve gracias al periodismo. Por otra parte el periodismo ha sido mi manera de estar siempre involucrado en la vida cotidiana, en la historia que se va haciendo. Nunca me ha gustado la idea del escritor completamente aislado, encerrado en un mundo de fantasía. Siempre he entendido la literatura como parte de la vida vivida, no sólo de la vida soñada y eso es lo que significa para mi el periodismo, una manera de estar participando activamente en lo que está ocurriendo, opinando, criticando, participando en el debate.
-Ha estado ligado al teatro no sólo como escritor sino como actor y eso está emparentado con su habilidad para crear personajes. ¿Cómo fue la experiencia de actuar en España?
-(Risas) Fascinante porque para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, vivir la ficción como personaje es algo impagable. Fue una temeridad de mi parte porque nunca pensé hacerlo. La pasé con mucho susto y al mismo tiempo con un placer extraordinario. Es la sensación de desdoblarse, de ser otro, de vivir la ficción uno mismo, una experiencia fantástica y confieso que tengo una gran admiración por los actores y los envidio.
-¿Repetiría?
-Quién sabe. Estoy un poco viejo para esas aventuras, pero quién sabe. Ya no me atrevo a decir "de esta agua no beberé" porque tantas veces lo he dicho y he inclumplido.
Mario Vargas Llosa dejó de creer a pie juntillas en Jean Paul Sartre, pero en el fondo nunca lo abandonó la convicción de que el escritor tiene un compromiso con su tiempo. Esa idea persuasiva y exultante de que escribiendo un hombre podía actuar sobre la historia subyace aún en su obra.
Una muestra de eso es su más reciente libro, Sables y utopías (Aguilar, 2009), una selección de artículos de los últimos 30 años sobre temas diversos, "una biografía intelectual", como lo define él mismo. En casi 500 páginas se condensan los cambios en su manera de pensar pero también se revela lo que ha sido una constante: su conducta como escritor y periodista.
-Sus primeros 10 años de vida representan una especie de paraíso perdido que marcaron su existencia porque nunca como en ese tiempo se sintió tan de acuerdo con el mundo. ¿El motor para escribir es esa inconformidad con el mundo?
-Creo que sí, uno escribe en el momento en que se produce algún tipo de entredicho entre la persona y el mundo donde vive. Cuando uno vive en completo acuerdo con el mundo no tiene necesidad de inventar otros mundos. La literatura busca llenar un vacío, busca crear una realidad distinta de aquella en la que uno está inmerso, es una alternativa a la vida. Quizás por eso en los primeros 10 años de vida que viví en Cochabamba sintiéndome protegido, feliz, en la inocencia y en el cariño, literariamente no me inspiran nada, aunque lo recuerde con mucho cariño y nostalgia. Escribo desde el momento en que descubrí la realidad. Yo vivía en la irrealidad, como viven los niños que tienen el privilegio de tener una infancia feliz. Las experiencias de dolor, de frustración, son las que inspiran más a los creadores, no sólo escritores, con los artistas en general.
-Cuando leyó su cuento La Parva frente a escritores peruanos nadie lo comentó y se sintió fatal. ¿Esa escena se ha repetido alguna vez?
-Fue traumático porque era la primera vez que leía algo mío en público. Fue una frustración terrible pero me llevó a hacer una autocrítica radical. Lo que había escrito eran cuentos muy abstractos, muy poco situados en una realidad concreta y quizás eso me llevó a situar las historias en una realidad más realista y abandonar un poco esa literatura abstracta, indefinida, como eso que leí con resultados tan desastrosos&
-¿Le ha vuelto a pasar?
-No me ha vuelto a pasar. No así tan traumático. Algunas veces he leído y he recibido críticas, pero es distinto porque era la primera. Y la primera vez que uno lee es como la primera vez que uno ve un libro suyo impreso o cuando ve una obra de teatro sobre un escenario, son momentos cruciales que la imaginación atesora para bien o para mal.
-Ha dicho que su disciplina para escribir nació de la comprobación de que no tenía inspiración y de que el talento podía provocarse a base de trabajo. ¿Qué hay más, talento o trabajo?
-En mi caso hay sobre todo trabajo. El talento, en el mayor número de escritores, resulta del trabajo. Puede haber algunos casos excepcionales en los que hay la famosa inspiración, ese estado de trance, que permite escribir con gran creatividad de un tirón, prácticamente sin corregir. Pero yo creo que esos son casos, si es que existen, son excepcionales. En la mayor parte de los casos lo que hay es enorme trabajo, disciplina, autocrítica, un deseo de perfección que lo lleva a corregir. Mi caso es ese, tengo que trabajar mucho, insistir para que, vaya, salga la historia. Estoy seguro de que si me hubiera puesto a esperar la inspiración simplemente no hubiera escrito nada. Creo que con el trabajo uno llega a crearse unos ciertos estados de excitación intelectual, ese trance tan ansiado por los artistas, pero para mí eso resulta del esfuerzo, de la disciplina, no viene naturalmente.
-Borges renegaba de sus inicios como periodista... Usted, en cambio...
-El periodismo ha sido para mi una fuente riquísima de experiencias. Buena parte de mi obra no la hubiera podido escribir sin las vivencias que tuve gracias al periodismo. Por otra parte el periodismo ha sido mi manera de estar siempre involucrado en la vida cotidiana, en la historia que se va haciendo. Nunca me ha gustado la idea del escritor completamente aislado, encerrado en un mundo de fantasía. Siempre he entendido la literatura como parte de la vida vivida, no sólo de la vida soñada y eso es lo que significa para mi el periodismo, una manera de estar participando activamente en lo que está ocurriendo, opinando, criticando, participando en el debate.
-Ha estado ligado al teatro no sólo como escritor sino como actor y eso está emparentado con su habilidad para crear personajes. ¿Cómo fue la experiencia de actuar en España?
-(Risas) Fascinante porque para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, vivir la ficción como personaje es algo impagable. Fue una temeridad de mi parte porque nunca pensé hacerlo. La pasé con mucho susto y al mismo tiempo con un placer extraordinario. Es la sensación de desdoblarse, de ser otro, de vivir la ficción uno mismo, una experiencia fantástica y confieso que tengo una gran admiración por los actores y los envidio.
-¿Repetiría?
-Quién sabe. Estoy un poco viejo para esas aventuras, pero quién sabe. Ya no me atrevo a decir "de esta agua no beberé" porque tantas veces lo he dicho y he inclumplido.
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Literatura,
Mario Vargas Llosa
lunes, 25 de mayo de 2009
Mario vargas Llosa también apuesta por el papel

Tomado de El Mundo
El escritor peruano nacionalizado español, Mario Vargas Llosa, apuesta por la supervivencia del libro frente a Internet, y advierte de que "si la literatura se hace solo para las pantallas, se empobrecerá".
En una entrevista con el diario El Tiempo de Colombia, el autor de 'La fiesta del Chivo' declaró que "la gran amenaza son las máquinas que puedan acabar con el libro. No sabemos qué va a pasar con ese desafío para la literatura que es la pantalla".
Ante la pregunta de si las nuevas tecnologías aniquilarán o coexistirán con el formato en papel del libro, responde que "eso está por decidirse y muy pronto. Mi apuesta es por que el libro sobreviva."
El escritor explica que "no es que esté en contra de la Red" pero cree que "si la literatura se hace solo para las pantallas se empobrecerá, porque la pantalla hace que pierda profundidad y riesgo". Pone como ejemplo el envío de cartas. "La correspondencia se había acabado casi y ahora con internet resucitó" reconoce, "pero es una caricatura de lo anterior, que se hacía con gran cuidado".
Para Vargas Llosa, "la tecnología imprime a la literatura una cierta superficialidad. En la pantalla se escribe informalmente, no infunde respeto." El papel, en cambio, "infunde un respeto casi religioso al escritor. Uno se queda pasmado de la indigencia gramatical de los textos hechos para internet", dijo.
La pantalla, terminó, "incita al facilismo, a la frivolidad y el rigor desaparece".
En una entrevista con el diario El Tiempo de Colombia, el autor de 'La fiesta del Chivo' declaró que "la gran amenaza son las máquinas que puedan acabar con el libro. No sabemos qué va a pasar con ese desafío para la literatura que es la pantalla".
Ante la pregunta de si las nuevas tecnologías aniquilarán o coexistirán con el formato en papel del libro, responde que "eso está por decidirse y muy pronto. Mi apuesta es por que el libro sobreviva."
El escritor explica que "no es que esté en contra de la Red" pero cree que "si la literatura se hace solo para las pantallas se empobrecerá, porque la pantalla hace que pierda profundidad y riesgo". Pone como ejemplo el envío de cartas. "La correspondencia se había acabado casi y ahora con internet resucitó" reconoce, "pero es una caricatura de lo anterior, que se hacía con gran cuidado".
Para Vargas Llosa, "la tecnología imprime a la literatura una cierta superficialidad. En la pantalla se escribe informalmente, no infunde respeto." El papel, en cambio, "infunde un respeto casi religioso al escritor. Uno se queda pasmado de la indigencia gramatical de los textos hechos para internet", dijo.
La pantalla, terminó, "incita al facilismo, a la frivolidad y el rigor desaparece".
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