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sábado, 26 de julio de 2014

Para los estudiosos de "Cine Prado"


A quienes gustan del cuento "Cine Prado" de Elena Poniatowska y quieren ir más allá sobre su contenido añado esta entrada al blog. Se trata de algunos trabajos que me topé en la web acerca de este relato.

Sin entrar en detalles acerca de la redacción del trabajo en cuestión que estoy citando, quizá sus referencias puedan servir de ayuda a los interesados en este cuento de Poniatowska. Vale decir que tal es mi único propósito con esta entrada, así que acá va: se puede consultar completa esta monografía en: 
http://es.scribd.com/doc/112321791/Monografia-Final-Cine-Prado-El-Espectro

Allí se plantean cosas como:


“El cuento nos habla sobre la decepción amorosa que vive el personaje principal, por la actriz de cine, quien a través de su trayectoria cinematográfica y encantos logra una gran admiración desenfrenada por su fan número uno, poniendo al cine como un campo espectral”.


En este trabajo se señalan cosas como que “la escritora da forma a un personaje que también está casado pero que vive obsesionado por una actriz de cine erótico, a quien escribe una carta desde la cárcel, para reprocharle por lo destrozado que ha quedado su corazón luego de haberla visto en una escena besar a su coestrella con pasión y no como antes cuando ‘besaba como se besa a un muñeco de cartón’”.

martes, 24 de noviembre de 2009

"El recado" de Elena Poniatowska


Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arranzan las ramas más accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en ti muy despacio, com si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: "No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche..." Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos -oh mi amor- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya ycasi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: "Te quiero..." No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.

martes, 17 de noviembre de 2009

Elena Poniatowska, la vendedora de nubes


Tomado de El Informador
Convencida de que es necesario acercar la literatura a los niños para formar grandes lectores, la reconocida escritora Elena Poniatowska (1932) presentó su libro "La vendedora de nubes" en la Feria Internacional del Libro Infantil y juvenil (FILIJ) de México.

Con ilustraciones del cartonista Rafael Barajas "El Fisgón", la obra cuenta la historia de una niña que tuvo un sueño que se hizo realidad: una hermosa nube la seguía y se dejaba guiar a través de un pequeño hilo, como si se tratara de un cometa. En la noche la metía en una botella porque las nubes, comprimidas, se vuelven gotas de agua. Una mañana, la niña, que era muy pobre, decidió llevar su nube al mercado para venderla.

De acuerdo con Poniatowska, dicho cuento nació a partir de una pregunta que formuló una niña a su madre y a quien ella conoció: ¨Porqué no se pueden vender las nubes? "Siempre se tiene que escribir a partir de los intereses de la gente, entonces, este cuento para niños surge de lo que le dijo una niña a su mamá y ésta me lo contó a mí", expuso.

"La niña vendió su nube en un mercado porque en su casa eran muy pobres. Intentan comprarla un político, un militar, una señora, una científica, tiene varios compradores y cada uno explica la razón de su interés por ella", explicó. Por su parte, el cartonista "El Fisgón" se refirió a "La vendedora de nubes" como uno de los textos más bonitos que le ha tocado ilustrar. "Es un cuento fantástico, realista y mágico", dijo. Sobre la autora, dijo que es "una persona que entiende que la nobleza es sinónimo de generosidad, bondad y empatía con la gente y eso lo demuestra con lo que ha escrito. Una de las intelectuales más queridas de este país y este texto infantil, la va hacer aún más querida por ese público".

Aclaró que al igual que autores como Juan Villoro y Francisco Hinojosa, Poniatowska se suma a la liga de escritores que se dedican a la alta literatura y a la literatura infantil. Tras la presentación, Poniatowska conversó con decenas de niños sobre su amor por las letras y cómo fue que incursionó en el ámbito literario y periodístico.

También aprovechó para afirmar que la reproducción ilegal de textos está presente en México, debido a que los libros son muy caros. "Por eso se sacan muchas copias fotostáticas. En general, un libro no puede ser copiado porque se considera un plagio", dijo la autora.

En el marco de las actividades de la FILIJ, Poniatowska señaló que la literatura es un plagio universal, "pues todos nos plagiamos entre todos".

martes, 20 de octubre de 2009

Elena Poniatowska y el oficio de periodista


...Esta conversación con la escritora mexicana, hecha en 2005, muestra una aproximación a su labor como reportera.

Tomado de La Jornada
De la mano de Elena Poniatowska , los lectores de La Jornada de hace 20 años, zarandeados todavía por los sismos, caímos junto con los edificios desplomados: "Se me hundieron los pies en el suelo y empecé a gritar"; sentimos el pánico atávico de quedar enterrados vivos bajo los escombros; volvimos a temblar cuando nos arrastramos junto con un rescatista voluntario por un túnel estrecho, sorteando cuerpos prensados hasta llegar al pequeño hueco donde esperaban ser rescatados los muchachos sobrevivientes del Conalep. Esos días de 1985, sin falta durante cuatro meses, con el café del desayuno, la escritora en su faceta de periodista nos ayudaba a mantenernos en contacto con las venas reventadas de nuestra ciudad.
Una entrevista tras otra, una serie de testimonios que cubrieron todos los ángulos de la catástrofe -sobrevivientes, familiares, rescatistas, voluntarios, los derrumbes, la solidaridad, el abuso y la negligencia de las autoridades, la ira del pueblo- fueron entregadas cada noche en el viejo edificio de Balderas 68 hasta que, poco antes de la Navidad de ese año, la reportera cayó exhausta.
¿Por qué cubrir así, hasta el agotamiento físico, los sismos y sus secuelas? ¿Por qué el afán de escuchar y registrar todas las voces, de escribir todos los días sin descanso? Su mamá, Paulette, le preguntaba: "¿Por qué te haces esto, Elena?"
Ella responde hoy: "Porque era mi responsabilidad. En un país que te da estas buganvilias y que tú no le devuelvas nada, que te la pases muy “viva la virgen” y que cada cual se rasque con sus propias uñas, como que no. Y más siendo periodista, porque esto es un gran privilegio, te hace partícipe de las cosas." Y mira a través de la ventana la enredadera que se exhibe bajo el sol.
Nada, nadie no ha alcanzado el éxito de ventas de La Noche de Tlatelolco. Pero en este libro, que recopila los artículos que La Poni publicó en este diario, está plasmada la crónica más fiel de esos días y uno de los momentos más trascendentes del oficio periodístico de Poniatowska.
Sobre esa experiencia nos brinda esta entrevista.
De brigadista a reportera
"Ese día me iba a ir a Veracruz. Miguel Capistrán me había invitado a una cosa cultural, pero a él se le cayó su edificio, murió su hermana, sus familiares. No se hizo el viaje. Así que el mero 19 mi primer impulso fue ir a ayudar. ¡Qué iba yo a estar pensando en reportear! Luego empecé a ir a Ciudad Universitaria, donde se organizaron unas brigadas. Me acuerdo que te vacunaban contra el tétanos antes de salir, te daban un tapabocas. Escogí los turnos de la noche. Salíamos en autobús al oscurecer. Nos llevaban a los edificios derrumbados de la Juárez y la Roma. Eso sólo fue los primeros días, porque me habló Julio Scherer y me dijo que qué diablos estaba haciendo, que en lugar de juntar ropa debería estar reporteando. Entonces yo, muy obediente, ahí me fui y empecé a escribir.
"Llevé mis artículos a Novedades. Pero a los pocos días me dijeron que ya no, que deprimía a la gente y que la consigna era volver a la normalidad. Entonces salí a la calle, crucé Balderas y entré por el portón de La Jornada. Ni sé a quién le pregunté si querían ese artículo. Me dijeron que sí, y que les trajera más. Así empezó.
"Yo era accionista fundadora de La Jornada pero escribía en Novedades. Era chistoso, porque ahí no tenía trato con los jefazos. Con el único con el que yo tenía trato era con don Lino, el elevadorista, al que le entregaba mis artículos. Ahí no había ni ante quien renunciar. Cuando me fui nadie se enteró."
-¿Nunca te sentiste paralizada ante la enormidad del desastre?
-Todos los días.
-¿Te costó trabajo hacer preguntas ante el dolor de la gente?
-Muchísimo. Me dolía, me daba miedo, me daba pudor, sudaba frío. Pero también mucha rabia. Y luego hacía muchas otras cosas que no tenían que ver con el reportaje. Que no había colchones, corría a buscarlos. Que hacía falta una silla de ruedas para doña Consuelo Romo, voluntaria que vino de Nuevo León y en las tareas de rescate se le cayó una trabe encima y perdió las dos piernas, entonces le hablé a Camacho Solís y me mandó una, eso sí, con una tarjeta que decía: "Con los atentos saludos de Paloma Cordero de De la Madrid". ¡Qué bárbara! Otros que te pedían cosas absurdas, como una señora que quería un peine, decía que no salía si no la peinaban.
"O luego llegaban a pedir informes en los hospitales los familiares y les ponían barreras de una crueldad enorme. Entonces uno como periodista, o simplemente como una señora con collar de perlas, pues te trataban mejor y a lo mejor hasta te colabas de carrera para buscar a alguien. Pero no pongas eso porque es horrible, eso no era reportear."
Entrevistar hasta el fondo del alma
-¿No lo es? ¿No fue eso lo que te permitió llegar tan a fondo del alma de la gente?
-Es que un terremoto es la intimidad. Tú estás desnudo, expuesto a todo. Y ese acceso a la intimidad te da mucho pudor pero también ganas de abrazar, de decir yo te tapo, yo te cubro. Pero es que si lo pones en la entrevista parece que me quiero lucir.
-O simplemente describir cómo llegaste a reportear esas crónicas con algo más que tu libreta.
-Pues sí. Yo creo que ahí entra nuestra condición de mujer. Porque una reportera, por más Barbi que sea, va hacia el otro a abrazarlo, a decirle: yo te aliviano un rato.
-Sin dejar de ser reportera ¿no? Porque mientras alivianas al otro estás haciendo acopio de información.
-Sí, estás viendo cosas todo el tiempo que en algún momento van a salir en tus artículos. Pero desde que escribí sobre Jesusa Palancares nunca he escrito lo que sé que no quieren que digas, ni pregunto algo que sé que puede doler. Por ejemplo, Oscar Lewis, el de Los hijos de Sánchez, mandaba a su mujer Ruth a hacer las preguntas más íntimas. Yo no lo hago así. En ese momento, en general, todos los entrevistados querían hablar porque vivían una situación límite y en esas condiciones la gente tiene mucha necesidad de hablar; quiere decir cosas para darle una razón a su vida cuando se da cuenta que pudo morir. Eso es muy humano. Además todo lo que tenía alrededor me ayudaba a entender. Puedes no entender a un músico, a un escritor. Pero ahí, al pie de los escombros, las circunstancias apoyan todo lo que te dice el entrevistado.
-En las crónicas recopiladas en Nada, nadie dejaste escuela, otro modo de hacer periodismo con todos los sentidos, no sólo con lo que pueda registrar la grabadora o anotar en una libreta.
-Depende, porque muchas cosas se me van. A mí se me van todas las cosas que Carlos Monsiváis registra con su mente analítica. El llega a conclusiones a las que yo no llego.
-Y viceversa.
-No creo. (Ríe.)
-¿Cómo logras entablar esa intimidad con tus entrevistados?
-Ayuda mucho ser chaparrita, porque me puedo meter por todas partes y no me ven agresiva. Además, el tiempo. Fueron muchas horas de estar ahí con ellos, entre los escombros. Sólo llevaba libreta, no grabadora. No se puede grabar cuando alguien está llorando.
-Entrevistaste a toda la gama de víctimas y protagonistas: sobrevivientes, rescatistas, familiares, voluntarios, cada uno con un ángulo de la historia que a 20 años sigue viva. ¿A todos los encontraste al pie de los escombros?
-También iba a un centro de información, CIASES, que formaron Daniel Molina, Raúl Alvarez Garín y Javier González, en la colonia Condesa. Ahí citaban a gente que iba a dar su testimonio. Estuve en la maternidad del Hospital General. Y mucho tiempo en San Antonio Abad. Ahí había muchas monjas. De veras ellas, y en general los eclesiásticos, sí saben qué hacer en caso de desastre. Hasta el Ejército de Salvación. ¿Te acuerdas que se vestían bien extravagantes?, pues no sabes lo bien que se portaban, cómo se organizaron.
Cuatro meses al pie del desastre
-¿Nunca te ocurrió que ante tanto dolor dijeras: ya no quiero oír más, ya no puedo?
-Sí. Aguanté hasta diciembre. Pero en el momento en el que paré me entró la temblorina. Es que en esas condiciones estableces un ritmo de trabajo que te ayuda a no detenerte. En la mañana reportear, escribir en la tarde, y en la noche iba al periódico a dejar el artículo. No descansé un solo día, ni un fin de semana, porque ya se había hecho la bolita y no me dejaban de hablar, que si quería ver a una señora para escucharla, que otro señor por allá. El último artículo lo entregué cerca de la Navidad.
-O sea, te plantaste cuatro meses en un mismo tema.
-Cuando era niña mis papás me hablaban de la guerra. Mi papá era paracaidista y cuando nos venimos a México él se quedó en el frente, en Francia. Estuvo en Italia, Rusia, Alemania. Fue muy condecorado, muy heroico. Aunque yo lo conocí poco porque de los 9 a los 15 años él no estuvo. Y cuando finalmente regresó, a mí y a mi hermana nos mandaron a estudiar al colegio de las monjas del Sagrado Corazón, en Filadelfia. De niña, cuando yo veía los noticieros en el cine y salían en la pantalla esos bombardeos, decía yo: "Ay, Dios, no vaya a ser mi papá". Cuando viví el terremoto, como había tanto polvo, tanto cascajo, con esos edificios desplomados como si hubieran sido bombardeados, pensaba que era como la guerra de mi papá. El ya había muerto. Estar ahí era como una forma de unirme a él.
-¿Cambió algo dentro de ti luego de esta experiencia?
-Conocí por primera vez dentro de mí algo que duele mucho. Hay algo dentro de uno, quién sabe dónde está, que duele mucho cuando sucede algo, luego se adormece, luego vuelve a suceder algo y se incendia.
-¿Volviste a trabajar como reportera algo con tanta intensidad?
-Sí, lo del levantamiento zapatista en Chiapas. Pero eso me gustó mucho. Ahora, a la distancia, no sé bien qué pasa con el EZLN. Creo que Marcos es demasiado consentido, cree que uno tiene que estarlo consintiendo todo el día y nunca da las gracias. Ahora está enojadísimo, pero se le tiene que quitar. Claro, tiene razón en todo lo que dice en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, lo mismo con su crítica a la izquierda. Su postura me parece correcta, pero sus arranques me duelen porque uno ha estado muy pendiente del sub. Y recibir burlas y regañadas todo el día, duele.
En realidad, Elena no se ve dolida. Nunca. Ríe con su modo candoroso, envuelta en un suéter rojo, en su sala inundada de sol y libros, porcelana azul y lienzos y flores amarillas.
-Antes del 85 dejaste otra marca histórica con tu trabajo periodístico sobre el 68 en La Noche de Tlatelolco. ¿También dolió?
-Fue otra cosa. De doler, dolió menos que el terremoto. Además de que cuando estaba ya armando todo lo del libro, en diciembre del 68, el día de la Inmaculada Concepción, decía mi mamá, murió mi hermano Jan, de 22 años, en un accidente. Eso lo tiñó todo. Pero como reportera fue una experiencia totalmente distinta. En el 68 era mucho de ir a Lecumberri. Pero yo ya había estado ahí en 1959 y 1960, cuando estuvieron en la cárcel Alberto Lumbreras y los ferrocarrileros.
-Parece que el periodismo que haces es siempre ir a las cárceles, a las morgues, a los escombros, hablar con las víctimas de desastres, de la represión, de los abusos.
-Pero fíjate que en la cárcel es muy fácil que la gente hable, sacarle datos de vida, porque está muy deseosa de un oído amigo. Para un periodista es meter las manos a un tesoro. A mí siempre me ha interesado todo lo que no tiene nada que ver conmigo. Hay entrevistas que se me hacen muy difíciles, actrices de cine, actores, políticos. Siempre dicen lo mismo. Pero la gente de la calle me fascina.
-¿Cuándo te diste permiso para volver a la normalidad?
-El temblor fue un jueves. Los jueves yo daba un taller de literatura para señoras, lo que se dice niñas bien. A la semana siguiente yo les dije: ahorita no va a haber clase. No vamos a sentarnos aquí a hablar de libros con lo que está pasando en la ciudad. Vamos a salir a reportear, vamos a las calles, a los albergues, hagan acopio de lo que se necesite, vamos a repartir. A raíz de eso también se recogieron los testimonios de ellas para el libro, aunque la mayor parte son míos. Fue hasta enero que reanudamos el taller. Entonces Proust, Faulkner y El Quijote volvieron a nuestras vidas.

viernes, 7 de agosto de 2009

"Cine Prado" de Elena Poniatowska


Señorita:
A partir de hoy, debe usted borrar mi nombre de la lista de sus admiradores. Tal vez convendría ocultarte esta deserción, pero callándome, iría en contra de una integridad personal que jamás ha eludido las exigencias de la verdad. Al apartarme de usted, sigo un profundo viraje de mi espíritu, que se resuelve en el propósito final de no volver a contarme entre los espectadores de una película suya.

Esta tarde, más bien, esta noche, usted me destruyó. Ignoro si le importa saberlo, pero soy un hombre hecho pedazos. ¿Se da usted cuenta? Soy un aficionado que persiguió su imagen en la pantalla de todos los cines de estreno y de barrio, un crítico enamorado que justificó sus peores actuaciones morales y que ahora jura de rodillas separarse para siempre de usted aunque el simple anuncio de Fruto Prohibido haga vacilar su decisión. Lo ve usted, sigo siendo un hombre que depende de una sombra engañosa.

Sentado en una cómoda butaca, fui uno de tantos, un ser perdido en la anónima oscuridad, que de pronto se sintió atrapado en una tristeza individual, amarga y sin salida. Entonces fui realmente yo, el solitario que sufre y que le escribe. Porque ninguna mano fraterna se ha extendido para estrechar la mía. Cuando usted destrozaba tranquilamente mi corazón en la pantalla, todos se sentían inflamados y fieles. Hasta hubo en canalla que rió descaradamente, mientras yo la veía desfallecer en brazos de ese galán abominable que la condujo a usted al último extremo de la degradación humana.

Y un hombre que pierde de golpe todos sus ideales ¿no cuenta para nada, señorita?

Dirá usted que soy un soñador, un excéntrico, uno de esos aerolitos que caen sobre la tierra al margen de todo cálculo. Prescinda usted de cualquiera de sus hipótesis, el que la está juzgando soy yo, y hágame el favor de ser más responsable de sus actos, y antes de firmar un contrato o de aceptar un compañero estelar, piense que un hombre como yo puede contarse entre el público futuro y recibir un golpe mortal. No hablo movido por los celos, pero créame usted: en Esclavas del Deseo fue besada, acariciada y agredida con exceso. No sé si mi memoria exagera, pero en la escena del cabaret no tenía usted por qué entreabrir de esa manera sus labios, desatar sus cabellos sobre los hombros y tolerar los procaces ademanes de aquel marinero, que sale bostezando, después de sumergirla en el lecho del desdoro y abandonarla como una embarcación que hace agua.

Yo sé que los actores se deben a su público, que pierden en cierto modo su libre albedrío y que se hallan a la merced de los caprichos de un director perverso; sé también que están obligados a seguir punto por punto todas las deficiencias y las falacias del texto que deben interpretar, pero déjeme decirle que a todo el mundo le queda, en el peor de los casos, un mínimo de iniciativa, una brizna de libertad que usted no pudo o no quiso aprovechar.

Si se tomara la molestia, usted podría alegar en su defensa que desde su primera irrupción en el celuloide aparecieron algunos de los rasgos de conducta que ahora le reprocho. Es verdad; y admito avergonzado que ningún derecho ampara mis querellas. Yo acepté amarla tal como es. Perdón, tal como creía que era. Como todos los desengañados, maldigo el día en que uní mi vida a su destino cinematográfico. Y conste que la acepté toda opaca y principiante, cuando nadie la conocía y le dieron aquel papelito de trotacalles con las medias chuecas y los tacones carcomidos, papel que ninguna mujer decente habría sido capaz de aceptar. Y sin embargo, yo la perdoné, y en aquella sala indiferente y llena de mugre saludé la aparición de una estrella. Yo fui se descubridor, el único que supo asomarse a su alma, entonces inmaculada, pese a su bolsa arruinada y a vueltas de carnero. Por lo que más quiera en la vida, perdóneme este brusco arrebato.

Se le cayó la máscara, señorita. Me he dado cuenta de la vileza de su engaño. Usted no es la criatura de delicias, la paloma frágil y tierna a la que yo estaba acostumbrado, la golondrina de inocentes revueltos, el rostro perdido entre gorgueras de encaje que yo soñé, sino una mala mujer hecha y derecha, un despojo de la humanidad, novelera en el peor sentido de la palabra. De ahora en adelante, muy estimada señorita, usted irá por su camino y yo por mío. Ande, ande usted, siga trotando por las calles, que yo ya me caí como una rata en una alcantarilla. Y conste que lo de señorita se lo digo porque a pesar de los golpes que me ha dado la vida sigo siendo un caballero. Mi viejita santa me inculcó en lo más hondo el guardar siempre las apariencias. Las imágenes se detienen y mi vida también. Así es que... señorita. Tómelo usted, si quiere, como una desesperada ironía.

Yo la había visto prodigar besos y recibir caricias en cientos de películas, pero antes, usted no alojaba a su dichoso compañero en el espíritu. Besaba usted sencillamente como todas las buenas actrices: como se besa a un muñeco de cartón. Porque, sépalo usted de una vez por todas, la única sensualidad que vale la pena es la que se nos da envuelta en alma, porque el alma envuelve entonces nuestro cuerpo, como la piel de la uva comprime la pulpa, la corteza guarda al zumo. Antes, sus escenas de amor no me alteraban, porque siempre había en usted un rasgo de dignidad profanada, porque percibía siempre un íntimo rechazo, una falla en el último momento que rescataba mi angustia y consolaba mi lamento. Pero en La Rabia en el Cuerpo con los ojos húmedos de amor, usted volvió hacia mí su rostro verdadero, ese que no quiero ver nunca más. Confiéselo de una vez: usted está realmente enamorada de ese malvado, de ese comiquillo de segunda, ¿no es cierto? ¿Se atrevería a negarlo impunemente? Por lo menos todas las palabras, todas las promesas que le hizo, eran auténticas, y cada uno de sus gestos, estaban respaldados en la firme decisión de un espíritu entregado. ¿Por qué ha jugado conmigo como juegan todas? ¿Por qué me ha engañado usted como engañan todas las mujeres, a base de máscaras sucesivas y distintas? ¿Por qué no me enseñó desde el principio, de una vez, el rostro desatado que ahora me atormenta?

Mi drama es casi metafísico y no le encuentro posible desenlace. Estoy solo en la noche de mi desvarío. Bueno, debo confesar que mi esposa todo lo comprende y que a veces comparte mi consternación. Estábamos gozando aún de los deliquios y la dulzura propia de los recién casados cuando acudimos inermes a su primera película. ¿Todavía la guarda usted en su memoria? Aquélla del buzo atlético y estúpido que se fue al fondo del mar, por culpa suya, con todo y escafandra. Yo salí del cine completamente trastornado, y habría sido una vana pretensión el ocultárselo a mi mujer. Ella, por lo demás, estuvo completamente de mi parte; y hubo de admitir que sus deshabillés son realmente espléndidos. No tuvo inconveniente en acompañarme otras seis veces, creyendo de buena fe que la rutina rompería el encanto. Pero ¡ay! los cosas fueron empeorando a medida que se estrenaban sus películas. Nuestro presupuesto hogareño tuvo que sufrir importantes modificaciones a fin de permitirnos frecuentar las pantallas unas tres veces de semana. Está por demás decir que después de cada sesión cinematográfica pasábamos el resto de la noche discutiendo. Sin embargo, mi compañera no se inmutaba. Al fin y al cabo, usted no era más que una sombra indefensa, una silueta de dos dimensiones, sujeta a las deficiencias de la luz. Y mi mujer aceptó buenamente tener como rival a un fantasma cuyas apariciones podían controlarse a voluntad, pero no desaprovechaba la oportunidad de reírse a costa de usted y de mí. Recuerdo su regocijo aquella noche fatal en que, debido a un desajuste fotoeléctrico, usted habló durante diez minutos con voz inhumana, de robot casi, que iba del falsete al bajo profundo ...A propósito de su voz, sepa usted que me puse a estudiar el francés porque no podía conformarme con el resumen de los títulos en español, aberrantes e incoloros. Aprendí a descifrar el sonido melodioso de su voz, y con ello vino el flagelo de entender a fuerza mía algunas frases vulgares, la comprensión de ciertas palabras a usted me resultaron intolerables. Deploré aquellos tiempos en que llegaban a mí, atenuadas por pudibundas traducciones; ahora, las recibo como bofetadas.

Lo más grave del caso es que mi mujer está dando inquietantes muestras de mal humor. Las alusiones a usted, y a su conducta en la pantalla, son cada vez más frecuentes y feroces. Últimamente ha concentrado sus ataques en la ropa interior y dice que estoy hablándole en balde a una mujer sin fondo. Y hablando sinceramente, aquí entre nosotros ¿a qué viene toda esa profusión de infames transparencias, ese derroche de íntimas prendas de tenebroso acetato? Si yo lo único que quiero hallar en usted es ese chispita triste y amarga que ayer había en sus ojos...Pero volvamos a mi mujer. Hace visajes y la imita. Me arremeda a mí también. Repite burlona algunas de mis quejas más lastimeras. "Los besos que me duelen en Qué me duras, me están ardiendo como quemaduras".

Dondequiera que estemos se complace en recordarla, dice que debemos afrontar este problema desde un ángulo puramente racional, con todos los adelantos de la ciencia y echa mano de argumentos absurdos pero contundentes. Alega, nada menos, que usted es irreal y que ella es una mujer concreta. Y a fuerza de demonstrármelo está acabando una por una con mis ilusiones. No sé qué va a ser de mí si resulta cierto lo que aquí se rumora, que usted va a venir a filmar una película y honrará a nuestro país con su visita. Por amor de Dios, por lo más sagrado, quédese en su patria, señorita.

Sí, no quiero volver a verla, porque cada vez que la música cede poco a poco y los hechos se van borrando en la pantalla, yo soy un hombre anonadado. Me refiero a la barrera mortal de esas tres letras crueles que ponen fin a la modesta felicidad de mis noches de amor, a dos pesos la luneta. He ido desechando poco a poco el deseo de quedarme a vivir con usted en la película y ya no muero de pena cuando tengo que salir del cine remolcado por mi mujer que tiene la mala costumbre de ponerse de pie al primer síntoma de que el último rollo se está acabando.

Señorita, la dejo. No le pido siquiera un autógrafo, porque si llegara a enviármelo yo sería capaz de olvidar su traición imperdonable. Reciba esta carta como el homenaje final de un espíritu arruinado y perdóneme por haberla incluido entre mis sueños. Sí, he soñado con usted más de una noche, y nada tengo que envidiar a esos galanes de ocasión que cobran un sueldo por estrecharla en sus brazos y que la seducen con palabras prestadas.
Créame sinceramente su servidor.

PD: Olvidaba decirle que escribo tras las rejas de la cárcel. Esta carta no habría llegado nunca a sus manos si yo no tuviera el temor de que el mundo le diera noticias erróneas acerca de mí. Porque los periódicos, que siempre falsean los hechos, están abusando aquí de este suceso ridículo: "Ayer por la noche, un desconocido, tal vez en estado de ebriedad o perturbado de sus facultades mentales, interrumpió la proyección de Esclavas del Deseo en su punto más emocionante, cuando desgarró la pantalla del Cine Prado al clavar un cuchillo en el pecho de Franciose Arnoul. A pesar de la obscuridad, tres espectadoras vieron cómo el maniático corría hacia la actriz con el cuchillo en alto y se pusieron de pie para examinarlo de cerca y poder reconocerlo a la hora de la consignación. Fue fácil porque el individuo se desplomó una vez consumado el acto". Sé que es imposible, pero daría lo que no tengo con tal de que usted conservara para siempre en su pecho, el recuerdo de esa certera puñalada.

domingo, 5 de julio de 2009

Elena Poniatowska escribe sobre José Emilio Pacheco

Tomado de La Jornada
Ustedes nunca le hagan caso a un escritor de lo que dice de sí mismo porque uno a veces es muy modesto. Uno piensa que está mal lo que hace, pero después, cuando acaba de escribirlo, piensa que está bien. Cuando hice una lectura de poemas en Bogotá, me preguntaron por qué tenía una visión desvalorizada de mi obra y me escuché decir, con gran sorpresa, que yo tengo una excelente opinión de mis libros.”

Aquí está José Emilio frente a nosotros, envuelto en su conciencia, bañado en esa conciencia con la que hizo hace más de 50 años un pacto de humildad. Sus poemas crecen luminosos a lo largo de los años, son un cantar de los cantares, cada línea llega a su perfección última y se vuelve sagrada.

Su deseo lo lleva a convertir su poesía y su prosa en actos de amor, los jóvenes lo abrazan porque ha ido con ellos de la mano en su búsqueda interior. Durante todos esos años, nunca ha perdido el rumbo ni se ha atascado en la playa porque no se la cree y sabe comenzar de nuevo.

Todos los días comienza de nuevo. Repite a los 70 años lo mismo que decía a los 30, a los 50: “Mi objetivo en la vida y en la literatura es tratar dentro de mis limitaciones de escribir lo mejor posible. Todas mis ambiciones –no soy una blanca paloma, tengo ambiciones también– están dentro de la literatura. Tengo una ambición muy clara, que es una locura, casi como querer ser famoso o poderoso, y es la de querer escribir bien”.

José Emilio, un poco encorvado, la mano en el bastón sobre el que apoya su altura, el saco que lo protege de la celebridad, la corbata cadena perpetua que pronto ha de quitarse, se inquieta: “Una gente realmente soberbia cree que su obra es intocable, perfecta; yo no, yo sé que todo es nunca por siempre en nuestra vida”. Y nos aclara a modo de despedida:
“El que no fui se fue como si nada./ Ya nunca volverá, ya es imposible. /El que se va no vuelve aunque regrese.”

martes, 9 de junio de 2009

Elena Poniatowska quiere escribir novelas


Tomado de El Espectador
A un costado de la Parroquia de San Sebastián, una construcción del siglo XVI, en la Colonia Chimalistac, está la casa de Elena Poniatowska. Las calles estrechas y empedradas que la rodean han resultado una barrera para el caos que reina en el resto del Distrito Federal. Parece el lugar ideal para escribir: la tranquilidad de un pueblo con los privilegios de una metrópoli.

Un vigilante me señala el portón con enredaderas. Abre una mujer joven con delantal. Mientras espero que aparezca “la Poni”, como le dice su amigo Álvaro Mutis, aprovecho para husmear en aquella casa apacible. Todas las paredes del primer piso están forradas con anaqueles repletos de libros. Las que no tienen libros, tienen espejos que la hacen ver más amplia. Minutos más tarde baja por unas escaleras con alfombra roja la descendiente del último rey de Polonia, Estanislao II Poniatowski.

¿Cómo vivió la derrota de Manuel López Obrador, a quien había apoyado tanto?
Hace como cinco meses que no veo a López Obrador porque estoy trabajando. Escribí Amanecer en el Zócalo, que es la historia de los 50 días que permaneció la gente en el Zócalo protestando. La gente aguantó y a mí me dio muchas lecciones de vida.

¿Y las antipatías que se ganó por apoyarlo?
Como lo dijo Rosana Fuentes, el que se mete a la cocina sale chamuscado. Recibimos muchos insultos, pero también muchas cartas de apoyo.

¿Le gustan los actuales gobiernos de izquierda de Latinoamérica?
Yo admiro a Evo Morales. Es un gran logro que un indígena boliviano haya llegado al poder, la manera como se enfrenta a las divisiones, a las antipatías y al rechazo de los grandes capitalistas.

¿Qué tanto ha cambiado la Elena que escribió sobre la crisis de ferroviarios a la de hoy?
No ha cambiado. Lo único es que quiero ejercer cada vez menos periodismo y quiero escribir novela, porque siento que me quedan muchos menos años de vida. Ya cumplí 77 en mayo.

¿Cuántas horas escribe cada día?
No puedo decir el número de horas, lo que digo es que es un ritmo totalmente distinto. Puedo estar todo el día sin escribir nada. Pero lo que trato es de vaciar mi cabeza de la trepidación interior que te da el periodismo y adquirir cierta distancia.

¿Qué es lo más difícil de pasar del periodismo al oficio de escritor?
El ritmo del trabajo. El ritmo del periodismo es muy acelerado, de satisfacción inmediata, porque al día siguiente ves tu artículo publicado, luego hay una reacción de los lectores, llamadas telefónicas o emails, y en la novela no hay nada, estás a solas contigo misma. Es una gran aventura frente a la mesa de trabajo. No sabes si lo que estás haciendo vale la pena.

¿De todos los libros que ha escrito cuál es el más logrado?
Absolutamente ninguno, porque si considero que uno está logrado, no seguiría escribiendo.

¿Cómo le va con los computadores a la hora de escribir?
Aprendí muy tarde. En 1986, en Estados Unidos. Recuerdo que el maestro que me enseñó me dijo que él en su larga vida había enseñado a mucha gente y que de todas yo era la considerablemente más inepta para aprender, que porque trataba a la computadora con un respeto infinito, apenas si la rozaba.

¿Qué tanto ha cambiado el oficio con tantas herramientas?
Yo tengo páginas y páginas de cuando corregía capítulos, o cuando los cambiaba de lugar. Yo tecleaba durante horas. Y ahora es muy fácil y ayuda muchísimo. Yo uso papel reciclado que está escrito por detrás.

¿Piensa que ha tenido una vida privilegiada?
Tuve el privilegio de ver varios movimientos sociales sobre los cuales escribí, por ejemplo, el movimiento ferrocarrilero que aparece en El tren pasa primero, luego el movimiento estudiantil de 1968 y varios otros movimientos. Sí ha sido un gran gusto poder ver todos estos acontecimientos, que han sido claves en la vida de México y no se diga en mi propia vida.

Si no hubiera sido periodista al salir del convento, ¿qué profesión habría escogido?
Bueno, yo hubiera sido lo que se llama en México una “niña bien”, me hubiera casado, hubiera tenido muchos hijitos, una mesa muy bonita, una casa muy bonita.

¿Cuándo se truncó ese destino?
Creo que fue en 1955, cuando nació mi primer hijo, que es físico, científico, se llama Mane, Emmanuel.