miércoles, 14 de noviembre de 2012

Capítulo 1 de "Rayuela" de Julio Cortázar





¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.


Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu'en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos.


¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado cruzar a la villa derecha y beber vino en el cafecito de la rue des Lombards donde madame Leonie me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Nunca te llevé a que madame Leonie te mirara la palma de la mano, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mí, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones, y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro. De manera que nunca te llevé a que madame Leonie, Maga; y sí, porque me lo dijiste, que a vos no te gustaba que yo te viese entrar en la pequeña librería de la rue de Verneuil, donde un anciano agobiado haca miles de fichas y sabe todo lo que puede saberse sobre historiografía. Ibas allá a jugar con un gato, y el viejo te dejaba entrar y no te hacía preguntas, contento de que a veces le alcanzaras algún libro de los estantes más altos. Y te calentabas en su estufa de gran caño negro y no te gustaba que yo supiera que ibas a ponerte al lado de esa estufa. Pero todo esto había que decirlo en su momento, solo que era difícil precisar el momento de una cosa, y aun ahora, acodado en el puente, viendo pasar una pinaza color borra vino, hermosísima como una gran cucaracha reluciente de limpieza, con una mujer de delantal blanco que colgaba ropa en un alambre de la proa, mirando sus ventanillas pintadas de verde con cortinas Hansel y Gretel, aun ahora, Maga, me preguntaba si este rodeo tenía sentido, ya que para llegar a la rue des Lombards me hubiera convenido más cruzar el Pont Saint-Michel y el Pont au Change. Pero si hubieras estado ahí esa noche, como tantas otras veces, yo habría sabido que el rodeo tenía un sentido, y ahora en cambio envilecía mi fracaso llamándolo rodeo. Era cuestión, después de subirme el cuello de la canadiense, de seguir por los muelles hasta entrar en esa zona de grandes tiendas que se acaba en el Chatelet, pasar bajo la sombra violeta de la Tour Saint-Jacques y subir por mi calle pensando en que no te había encontrado y en madame Leonie.


Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya no recuerdo. Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metíamos en un café del Boul Mich y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida.


Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero, un Figari con violetas de anochecer, con caras lívidas, con hambre y golpes en los rincones. Más tarde te creí, más tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mirándome la mano que había dormido con tus senos me repitió casi tus mismas palabras. "Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts." (Una pinaza color borra vino, Maga, y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo.)



Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo - Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. Y entonces en esos días íbamos a los cine-clubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsa previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien, y que Pabst y que Fritz Lang. Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos hamburgers en el Carrefour de l'Odeon, y nos íbamos en bicicleta a Montparnasse, a cualquier hotel a cualquier almohada. Pero otras veces seguíamos hasta la Porte d'Orleans, conocíamos cada vez mejor la zona de terrenos baldíos que hay más allá del Boulevard Jourdan, donde a veces a medianoche se reunían los del club de la Serpiente pare hablar con un vidente ciego, paradoja estimulante. Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de París donde el cielo vale más que la sierra. Sentados en un montón de basuras fumábamos un rato, y la Maga me acariciaba el pelo o canturreaba melodías ni siquiera inventadas, melopeyas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos. Yo aprovechaba para pensar en cosas inútiles, método que había empezado a practicar años atrás en un hospital y que cada vez me parecía más fecundo y necesario. Con un enorme esfuerzo, reuniendo imágenes auxiliares, pensando en olores y caras, conseguía extraer de la nada un par de zapatos marrones que había usado en Olavarría en 1940. Tenían tacos de goma, suelas muy fines, y cuando llovía me entraba el agua hasta el alma. Con ese par de zapatos en la mano del recuerdo, el resto venía solo: la cara de doña Manuela, por ejemplo, o el poeta Ernesto Morroni. Pero los rechazaba porque el juego consistía en recobrar tan solo lo insignificante, lo in ostentoso, lo perecido. Temblando de no ser capaz de acordarme, atacado por la polilla que propone la prórroga, imbécil a fuerza de besar el tiempo, terminaba por ver al lado de los zapatos una latita de Té Sol que mi madre me había dado en Buenos Aires. Y la cucharita pare el té, cuchara-ratonera donde las lauchitas negras se quemaban vivas en la taza de agua lanzando burbujas chirriantes. Convencido de que el recuerdo lo guarda todo y no solamente a las Albertinas y a las grandes efemérides del corazón y los rincones, me obstinaba en reconstruir el contenido de mi mesa de trabajo en Floresta, la cara de una muchacha irrecordable llamada Gekrepten, la cantidad de plumas cucharita que había en mi caja de útiles de quinto grado, y acababa temblando de tal manera y desesperándome (porque nunca he podido acordarme de esas plumas cucharita, sé que estaban en la caja de útiles, en un compartimiento especial, pero no me acuerdo de cuántas eran ni puedo precisar el momento justo en que debieron ser dos o seis), hasta que la Maga, besándome y echándome en la cara el humo del cigarrillo y su aliento caliente, me recobraba y nos reíamos, empezábamos a andar de nuevo entre los montones de basura en busca de los del club. Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas. Con la Maga hablábamos de pata física hasta cansarnos, porque a ella también le ocurría (y nuestro encuentro era eso, y tantas cosas oscuras como el fósforo) caer de continuo en las excepciones, verse metida en casillas que no eran las de la gente, y esto sin despreciar a nadie, sin creernos Maldorores en liquidación ni Melmoths privilegiadamente errantes. No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo baste suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio. De la misma manera a la Maga le encantaban los líos inverosímiles en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida. Era de las que rompen los puentes con solo cruzarlos, o se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que acaba de ganar cinco millones. Por mi parte ya me había acostumbrado a que me pasaran cosas modestamente excepcionales, y no encontraba demasiado horrible que al entrar en un cuarto a oscuras para recoger un álbum de discos, sintiera bullir en la palma de la mano el cuerpo vivo de un ciempiés gigante que había elegido dormir en el lomo del álbum. Eso, y encontrar grandes pelusas grises o verdes dentro de un paquete de cigarrillos, u oír el silbato de una locomotora exactamente en el momento y el tono necesarios pare incorporarse ex oficio a un pasaje de una sinfonía de Ludwig Van, o entrar a una pissottière de la rue de Medicis y ver a un hombre que orinaba aplicadamente hasta el momento en que, apartándose de su comportamiento, giraba hacia mí y me mostraba, sosteniéndolo en la palma de la mano como un objeto litúrgico y precioso, un miembro de dimensiones y colores increíbles, y en el mismo instante darme cuenta de que ese hombre era exactamente igual a otro (aunque no era el otro) que veinticuatro horas antes, en la Salle de Géographie, había disertado sobre tótems y tabúes, y había mostrado público, sosteniéndolos preciosamente en la palma de la mano, bastoncillos de marfil, plumas de pájaro lira, monedas rituales, fósiles mágicos, estrellas de mar, pescados secos, fotografías de concubinas reales, ofrendas de cazadores, enormes escarabajos embalsamados que hacían temblar de asustada delicia a las infaltables señoras.




En fin, no es fácil hablar de la Maga que a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo. Si no lo encuentra seguirá así toda la noche, revolverá en los tachos de basura, los ojos vidriosos, convencida de que algo horrible le va a ocurrir si no encuentra esa prenda de rescate, la señal del perdón o del aplazamiento. Sé lo que es eso porque también obedezco a esas señales, también hay veces en que me toca encontrar trapo rojo. Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mí sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído. Lo peor es que nada puede contenerme cuando algo se me cae al suelo, ni tampoco vale que lo levante otro porque el maleficio obraría igual. He pasado muchas veces por loco a causa de esto y la verdad es que estoy loco cuando lo hago, cuando me precipito a juntar un lápiz o un trocito de papel que se me han ido de la mano, como la noche del terrón de azúcar en el restaurante de la rue Scribe, un restaurante bacán con montones de gerentes, putas de zorros plateados y matrimonios bien organizados. Estábamos con Ronald y Etienne, y a mí se me cayó un terrón de azúcar que fue a parar abajo de una mesa bastante lejos de la nuestra. Lo primero que me llamó la atención fue la forma en que el terrón se había alejado, porque en general los terrones de azúcar se plantan apenas tocan el suelo por razones paralelepípedas evidentes. Pero este se conducía como si fuera una bola de naftalina, lo cual aumentó mi aprensión, y llegué a creer que realmente me lo habían arrancado de la mano. Ronald, que me conoce, miró hacia donde había ido a parar el terrón y se empezó a reír. Eso me dio todavía más miedo, mezclado con rabia. Un mozo se acercó pensando que se me había caído algo precioso, una Parker o una dentadura postiza, y en realidad lo único que hacía era molestarme, entonces sin pedir permiso me tiré al suelo y empecé a buscar el terrón entre los zapatos de la gente que estaba llena de curiosidad creyendo (y con razón) que se trataba de algo importante. En la mesa había una gorda pelirroja, otra menos gorda pero igualmente putona, y dos gerentes o algo así. Lo primero que hice fue darme cuenta de que el terrón no estaba a la vista y eso que lo había visto saltar hasta los zapatos (que se movían inquietos como gallinas). Para peor el piso tenía alfombra, y aunque estaba asquerosa de usada el terrón se había escondido entre los pelos y no podía encontrarlo. El mozo se tiró del otro lado de la mesa y ya éramos dos cuadrúpedos moviéndonos entre los zapatos-gallina que allá arriba empezaban a cacarear como locas. El mozo seguía convencido de la Parker o el Luis de oro, y cuando estábamos bien metidos debajo de la mesa, en una especie de gran intimidad y penumbra y él me preguntó y yo le dije, puso una cara que era como para pulverizarla con un fijador, pero yo no tenía ganas de reír, el miedo me hacía una doble llave en la boca del estómago y al final me dio una verdadera desesperación (el mozo se había levantado furioso) y empecé a agarrar los zapatos de las mujeres y a mirar si debajo del arco de la suela no estaría agazapado el azúcar, y las gallinas cacareaban, los gallos gerentes me picoteaban el lomo, oía las carcajadas de Ronald y de Etienne mientras me movía de una mesa a otra hasta encontrar el azúcar escondido detrás de una pata Segundo Imperio. Y todo el mundo enfurecido, hasta yo con el azúcar apretado en la palma de la mano y sintiendo como se mezclaba con el sudor de la piel, como asquerosamente se deshacía en una especie de venganza pegajosa, esa clase de episodios todos los días. 

domingo, 10 de junio de 2012

Las cosas que Bradbury imaginó... y que son realidad

...Audífonos con micrófono, autos sin chofer y pantallas planas son algunos elementos que el escritor imaginó para sus ficciones y hoy están a nuestro alcance. Ray Bradbury, el maestro de la ficción científica y la fantasía, falleció el 6 de junio de 2012 a los 91 años.

Tomado de Revista Ñ

Cuando visitó por última vez la Argentina, en 2005, Ray Bradbury lamentó que la NASA hubiera interrumpido la exploración espacial. Sabía ya que jamás vería realizado su sueño de que el hombre conozca y colonice Marte. Se murió sin que ningún hombre haya descendido sobre el planeta rojo.

Bradbury sin embargo, pudo ver cómo algunas de las cosas que imaginó para sus ficciones se convirtieron en realidad.

Audífonos con micrófono

Si era difícil imaginar la existencia de la telefonía celular en 1953, más difícil era imaginar su desarrollo. En Fahrenheit 451, los personajes llevan audífonos con micrófono incorporado, un dispositivo que se ha extendido en los últimos años. La transmisión de datos, además, era parecida a la del Bluetooth.

¿El muro de Facebook?

En la misma novela existe un muro digital a través del cual los personajes podían comunicarse con sus contactos.

Televisores de pantalla plana

En su novela más famosa, Fahrenheit 451, el escritor norteamericano describe pantallas idénticas a las que hoy se ofrecen en decenas de cuotas.

El aislamiento de la tecnología

Bradbury no usaba redes sociales, ni se pasó la mitad de su vida frente a una pantalla, pero en El peatón describió a la perfección la soledad y la ansiedad que provocan someterse durante horas a la pantalla de una computadora o de un televisor. El rebelde protagonista, Leonard Mead, enfrenta a las autoridades por no tener un televisor en casa.

Autos fantásticos

En El peatón, también, Bradbury imagina automóviles que se conducen solos y hasta piensan solos. Una ficción similar ocurrió en los 80 con “El auto fantástico”. El mes pasado, el gigante Google consiguió la aprobación para que sus autos de conducción automática se desplacen en Nevada, Estados Unidos.

¿Cajeros automáticos?

Los cajeros de las ficciones de Bradbury no servían para extraer dinero, pero sí información financiera sobre los usuarios.

Inteligencia artificial

En Crónicas marcianas y en Fantasmas de lo nuevo, Bradbury imagina robots que suplantan la fuerza de trabajo humano. En ambos, indaga sobre la posibilidad de que las máquinas aprendan a sentir.

Circuitos cerrados de TV

Una de las obsesiones que se repiten en la mayoría de sus libros es el de la vigilancia. En sus libros las cámaras aparecieron antes que los verdaderos circuitos cerrados de televisión.

sábado, 12 de mayo de 2012

El amor de García Lorca en una carta





“En tu carta hay cosas que no debes, que no puedes pensar. Tú vales mucho y tienes que tener tu recompensa. Piensa en lo que puedas hacer y comunícamelo enseguida para ayudarte en lo que sea, pero obra con gran cautela. Estoy muy preocupado pero como te conozco sé que vencerás todas las dificultades porque te sobra energía, gracia y alegría, como decimos los flamencos, para parar un tren”. Sobre la cuartilla blanca, fechada el 18 de julio de 1936 en Granada, Federico García Lorca trataba de consolar a su enamorado Juan Ramírez de Lucas.

La pareja se encontraba llena de ilusiones y de proyectos. Lorca había decidido aceptar la invitación de Margarita Xirgu para viajar a México pero quería marcharse con el estudiante de 19 años, que soñaba con ser actor y que ya había hecho sus primeros pinitos en el Club Teatral Anfistora. La complicidad era mutua pero necesitaban la aprobación del padre del muchacho, un reputado médico albaceteño. El poeta había cumplido 38 años pero a su amante le faltaban dos para alcanzar la mayoría de edad. Podrían haberse fugado. Seguramente Lorca tenía los contactos necesarios para que pudieran salir de España con papeles falsificados pero se negó a hacerlo. Ramírez de Lucas debía convencer a su familia para marcharse juntos pero las cosas no estaban saliendo bien: “Yo pienso mucho en ti y esto lo sabes tú sin necesidad de decírtelo pero con silencio y entre líneas tú debes leer todo el cariño que te tengo y toda la ternura que almacena mi corazón”, prosigue el poeta.


Los tres folios, escritos a mano, con palabras subrayadas y alguna tachadura, llegaron a su destino cuatro días después, antes de que se cortaran las comunicaciones entre la zona republicana y la nacional. Ese mismo día se conocía el alzamiento franquista, la sublevación militar no tardaría en convertirse en guerra civil y empezaba el reinado del horror.

El valor documental de estos folios, junto con el poema, los dibujos y los cuadernos, en los que Ramírez de Lucas cuenta sus recuerdos sobre la relación de ambos, deberá ser determinado por los historiadores pero para eso hace falta que los herederos den el visto bueno a la publicación. Hermanos y sobrinos se debaten sobre qué hacer con los documentos, que ya han merecido el interés de un gran sello editorial. Para los partidarios de sacarlos a la luz se trata de una cuestión de tiempo pero otro sector de la familia se niega a utilizar el histórico material. La trascendencia de los documentos podría ser de enorme importancia, puesto que aportarían nuevos datos sobre los últimos días del poeta.

La resonancia internacional de lo publicado estos días por EL PAÍS, con una reproducción de un poema de amor inédito de Lorca dedicado a su novio, ha sido enorme, como casi todo lo que se relaciona con el poeta español más traducido de todos los tiempos. Desde Nueva York, Laura García Lorca ultima los detalles técnicos de una exposición sobre el poeta que se realizará en la Biblioteca Municipal, cuanta cómo ha sido requerida por algunos de los periódicos más prestigiosos para hablar del tema. Y lo mismo Ian Gibson. Ayer mismo, desde un tren camino de Córdoba, el biógrafo más conocido de Lorca destacaba la importancia de que afloren nuevos documentos y de que se remuevan las vías de investigación sobre el escritor. En su opinión, los documentos deberían publicarse cuanto antes para ser estudiados.

'Romance'


Aquel rubio de Albacete
vino, madre, y me miró.
¡No lo puedo mirar yo!
Aquel rubio de los trigos
hijo de la verde aurora,
alto, sólo y sin amigos
pisó mi calle a deshora.
La noche se tiñe y dora
de un delicado fulgor
¡No lo puedo mirar yo!
Aquel lindo de cintura
sentí galán sin...
sembró por mi noche obscura
su amarillo jazminero
tanto me quiere y le quiero
que mis ojos se llevó.
¡No lo puedo mirar yo!
Aquel joven de la Mancha
vino, madre, y me miró.
¡No lo puedo mirar yo!


Dado que se trata de una carta fechada el mismo 18 de julio de 1936, Gibson considera que podría tratarse de la última misiva del poeta de la que se tiene constancia, aunque sea difícil determinarlo al cien por cien. “Según mis datos, el pintor Pepe Caballero le escribe una carta a Lorca en esos días y se la devuelven diciendo que en esa dirección ya no vivía nadie”, añade. A sus 73 años, el escritor considera que su cabeza se encuentra repleta de nombres y de fechas pero le bastó escuchar los apellidos Ramírez de Lucas para situarse en el tiempo: “¿Vive todavía? Hice todo lo posible por entrevistarme con él pero fue imposible. Sabía que era fundamental su relación con Lorca pero no logré hablar con él y eso supuso una gran frustración. Cuando conseguí hablar con él me dijo que no quería verme, que él mismo preparaba su propia versión de los hechos, pero supongo que era una manera de quitarme de en medio”.

Tres cuartos de siglo después, Federico García Lorca sigue siendo noticia. Resulta casi un milagro que el histórico material haya sobrevivido a tantos avatares. Ramírez de Lucas, al que algunos han comparado en las fotos que se conservan de cuando era joven con el galán de cine Alan Ladd, guardó durante años los recuerdos que le unían a Lorca sobreponiéndose a todos los peligros que conllevaba haber tenido relaciones con un poeta tan estigmatizado por el franquismo. En la carta de tres folios quedaban las últimas palabras que le enviaba el poeta. A los pocos días de recibirla, Albacete quedaba bajo el mando republicano y Granada en poder de los nacionales, lo que agravó la situación de Lorca.

El poeta, tan famoso como carismático, se encontraba en la cumbre de su fama. Bodas de sangre se estaba traduciendo al francés y estaba a punto de publicarse Poeta en Nueva York. Margarita Xirgu lo había invitado a México pero en los planes de Lorca también se encontraba la idea de regresar en otoño a Madrid para estrenar Doña Rosita la soltera. Sin embargo, en el otro bando solo importaba su fama de rojo y de homosexual. La situación en Granada se volvía insostenible. Su cuñado, el alcalde socialista de la ciudad, Fernández Montesinos, fue arrestado el 20 de julio en el Ayuntamiento y fusilado el 16 de agosto, dos días antes del asesinato de su cuñado Lorca.

 Juan Ramírez de Lucas

Durante un registro en la Huerta de San Vicente, en busca de uno de los empleados de la familia, el padre del poeta fue golpeado brutalmente por números de la Guardia Civil. Ante el peligro evidente y la posibilidad de que el poeta fuera el siguiente, Lorca se esconde en casa de la familia Rosales, cuyos hijos, y en especial Luis, eran íntimos del autor de Yerma. El poeta no quiso que Luis Rosales y Pepinique Rosales lo pasasen en su propio coche al bando republicano, como habían hecho con otros amenazados. Fue detenido el 16 de agosto, tras ser denunciado por Ramón Luis Alonso, exdiputado de la CEDA, que odiaba tanto a Garcia Lorca como a la familia Rosales por no querer admitirlo en la Falange de Granada.

Queipo de Llano, gobernador militar de Andalucía Occidental, fue informado telefónicamente del arresto que se acababa de llevar a cabo. “¡Que le den café!” fue su respuesta. La madrugada del 18 de agosto era fusilado “por rojo y por maricón”. La noticia, pese a los rumores y las protestas internacionales que ocasionó, no se confirma hasta el 20 de septiembre, un mes y dos días después de su asesinato.

Como algunos españoles que no podían acreditar un pasado glorioso al lado del bando nacional, Ramírez de Lucas se alistó en la División Azul, donde fue herido grave en la batalla del río Lovat y condecorado posteriormente. Todavía se encuentra en Internet una de las cartas que mandó a su casa desde el frente ruso. Con la ayuda de Luis Rosales buscó trabajo en ABC. Se ganó la vida como periodista y crítico de arte y arquitectura, rehizo su vida sentimental con un compañero con el que compartió treinta años. Ni siquiera a él le contó nada sobre ese amor de juventud.

Mucho tiempo después, seguramente cuando la herida dejada por esa relación frustrada de manera tan dramática, Ramírez de Lucas comenzó a verter todos sus recuerdos en unos cuadernos, en los que cuenta la época que le tocó vivir, los momentos junto a Federico y sus ideas políticas. Todo ello podría ser de enorme valor para los historiadores. Hace dos años, poco antes de fallecer en un hospital madrileño, legó los documentos a una de sus hermanas. Su última voluntad fue que los documentos en su poder se conocieran.


domingo, 25 de marzo de 2012

Se nos fue Antonio Tabucchi

Tomado de El País


Muchos niños italianos se acercaron a los libros de la mano de Antonio Tabucchi, así que a Italia –y también a Portugal y a España— no solo se le acaba de morir un escritor en Lisboa, a los 68 años, de cáncer, sino también una relación sentimental con la literatura. El escritor italiano, nacido en Pisa el 23 de septiembre de 1943, era además de un autor de obras inolvidables –Sostiene Pereira (1994), Nocturno hindú (1984) o Requiem—, muchas cosas más. La más conocida internacionalmente era su labor como experto y traductor de Fernando Pessoa (1885-1935), pero en Italia también era notoria su actividad como apasionado de la política y brillante polemista. En los últimos años, su bestia negra –y la de Italia—era Silvio Berlusconi. Tabucchi ha muerto de un cáncer que lo venía persiguiendo desde hace tiempo.


Antonio Tabucchi -que tenía nacionalidad portuguesa desde 2004- estaba ingresado en el hospital lisboeta de La Cruz Roja y será enterrado el próximo jueves en la capital lusa, ha explicado su viuda, María José Lancastre, informa Efe. Fue colaborador del diario italiano Il Corriere della Sera, el francés Le Monde y EL PAÍS. Además su labor como literato, era profesor de Lengua y Literatura Portuguesas en la Universidad italiana de Siena. En su carrera ha ganado premios literarios como el Pen Club, el Campiello y el Viareggio-Répaci en Italia; el Médicis Etranger, el Européen de la Littérature o el Méditerranée en Francia y el Francisco Cerecedo, de periodismo, en España. Traducido a más de 40 lenguas, su último libro -de cuentos- fue Racconti con Figure, publicado en 2011. (En España se acababa de editar Viajes y otros viajes).

En un encuentro en Florencia en 1998, Tabucchi le confiaba al también escritor Manuel Rivas su desencuentro con la tecnología. "¿No se siente fuera de juego?", le preguntaba Rivas. A lo que el italiano respondía: "Bueno, ¿sabe usted?, el fuera de juego es una posición que me conviene. En el fondo, todos los escritores están un poco fuera de juego, y sobre todo están fuera de juego los que creen que ocupan el centro del campo…". Decía también en aquella entrevista que "la literatura es el Internet del alma". Tabucchi publicó su primera novela en 1975, Piazza d’Italia, pero el éxito absoluto le llegó en 1994 con Sostiene Pereira, que fue llevada al cine interpretada por Marcello Mastroianni. No serán pocos los que hoy irán a su biblioteca y abrirán con emoción el pequeño y tan grande libro amarillo de Anagrama: “Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía…".

sábado, 24 de marzo de 2012

"Aceite de perro" de Ambrose Bierce




Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al

negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.

A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el
cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.


Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.

Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.

Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.




A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.

jueves, 2 de febrero de 2012

La partida de Wislawa Szymborska


Como reseña El País, los que se preguntan para qué sirve el premio Nobel encontraron una respuesta en octubre de 1996. Ese año el secretario de la Academia Sueca nombró a una poeta polaca cuyo apellido todavía estamos aprendiendo a pronunciar: Wislawa Szymborska.



La poeta falleció este miércoles 01 de febrero a los 88 años de edad en su casa de Cracovia. Los que suelen dudar del olfato de los académicos de Estocolmo tuvieron que darles la razón cuando leyeron a una autora cuya poesía está hecha de una mezcla de emoción e ironía, metafísica y cotidianidad: “Lee a Jaspers y revistas de mujeres", escribió en un poema. Un ejemplo: "Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre. / Día tras día, / año tras año / pueden transcurrir sin ella. / A veces solo en el arrobo / y los miedos de la infancia / anida por más tiempo. / A veces nada más en el asombro / de haber envejecido”.

Wislawa Szymborska, un verdadero mito en Polonia, nació el 2 de julio de 1923 en Bnin (Kórnik), cerca de Poznan, pero la mayor parte de su vida transcurrió en Cracovia. Allí pasó sus últimos años, recluida en un piso sin lujo alguno y con aires de vivienda de protección oficial pero en el que nunca faltaban ni los bombones ni el brandy. En él recibía a sus amigos, a sus traductores y a periodistas a los que preguntaba ella para evitar tener que ponerse demasiado seria.

A continuación uno de sus textos:

Discurso en el depósito de objetos perdidos


Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,
y también muchos dioses en el camino de este a oeste.
Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.
Se me hundió en el mar una isla, otra.
Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,
quién trae mi piel, quién vive en mi concha.
Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla
y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.
Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,
me alejé de mis sentidos muchísimas veces.
Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,
me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.

Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.
Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó
de mí:
un individuo aislado, del género humano por ahora,
que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.

jueves, 26 de enero de 2012

El paso eterno de Gustavo Díaz Solís

...La muerte del narrador y ensayista abrió un tajo en las letras venezolanas


Por Carmen Rosa Gómez
La muerte siempre, por su naturaleza terrible y determinante, pone las cosas en blanco y negro. La ausencia de Gustavo Díaz Solís, que este lunes abrió un tajo en las letras venezolanas, cumple con esa máxima sin matices posibles.

En Crótalo escribió sobre su personaje "tendría que luchar, y quizá moriría. Fervorosamente comenzó a prepararse para ambas cosas", y a sus más de 90 años luchó contra las dolencias que lo habían asaltado recientemente aunque ellas terminaron por silenciarlo.

Este autor, que nació en Güiria en 1920, formó parte de un grupo de jóvenes que asumió los tiempos de cambio del país en su literatura. La universalización de lo nacional que logró desarrollar en sus relatos con un trabajo metódico, como lo describen quienes le conocieron en el oficio, hicieron que Díaz Solís construyera una voz narrativa propia y poderosa.

Narrador, traductor, abogado, maestro y ensayista, Gustavo Díaz Solís latió al ritmo de un gran florecimiento de la cuentística nacional entre los años 40 y 60, y dejó una extensa marca en el camino de los futuros escritores con apenas una veintena de relatos en su haber. Fue creador de obras como Marejada, Llueve sobre el mar, Cuentos de dos tiempos, Detrás del muro está el campo, y Arco secreto y muchos otros cuentos.

El escritor venezolano José Balza, en el prólogo de Cuentos escogidos (2004), ha escrito acerca de Gustavo Díaz Solís: "Cualquier aproximación a este hombre debe comenzar necesariamente por ubicar su sensibilidad verbal: Un lenguaje oral discreto, nítido, anuncia la imagen de otra correspondencia la de su escritura. Porque esa misma concisión oral adquiere un matiz turbador cuando se vuelve textura en su cuento". Una textura que se cubrió de poesía en buena parte de sus relatos.

Su labor de traductor literario es elogiada por muchos por su pulcritud. En este campo destaca, por mencionar apenas un ejemplo, el trabajo que hizo con Cuatro cuartetos del poeta, dramaturgo y crítico T.S. Eliot.

Además de ser Premio Nacional de Literatura (en el año 1995), ocupó diversos cargos en entes públicos y empresas del sector petrolero, en el Instituto Pedagógico de Caracas, en la Universidad Central de Venezuela, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

Como ocurre con casi todos los escritores que crecen cerca del mar, la obra de Gustavo Díaz Solís estuvo marcada por un ir y venir, oleadas cambiantes, mezcla de fuerzas, de tiempos, de tonos. Su reciente muerte es una de esas trombas marinas que se apresuran y sorprenden, de las que revuelven las aguas y arrastran a la orilla la trascendencia de su literatura para que el país no permita nunca que se pierda su legado.

lunes, 23 de enero de 2012

Julio Cortázar en cinco cartas

...La correspondencia, abundante por demás, que Julio Cortázar regó entre amigos y conocidos, sigue siendo una forma de mantenernos cerca del cronopio mayor.


A Aurora Bernárdez
París, viernes 3 de abril de 1965
Topotita Itaíta: Vos, ahí. Yo esperando, ahí. A las cuatro y media por expreso, ahí. Pero me alegré mucho con tu carta, que respira sol romano (y trabajo en la FAO, pobrecita).
No lo niego: vos me invitaste y yo no fui. Pero si supieras cómo me estoy quitando trabajo de encima, cómo pongo al día mi correo, cómo paseo por París que está maravilloso, y cómo voy a conciertos, cines y teatros, comprenderás que hice muy mal en no irme con vos porque corro el peligro de perder ocho kilos. Es increíble (hablo en serio) la cantidad de cosas que tengo que hacer antes de que nos vayamos. Lo de Harss quedó interrumpido, y me lo reclaman de Buenos Aires; comprenderás que tengo para cuatro o cinco días de trabajo. Los líos editoriales me llevan horas hasta dejarlos más o menos encaminados, y como se traducirán, espero, en dólares, creo que vale la pena. Para tu regocijo especial sigo recibiendo reviews de los USA, todas favorables hasta ahora menos una de un tal Orville Prescott, en el New York Times, donde hace polvo la novela, y la declara a pretentious bore (1) . Yo creo que puede ser un bore , pero que no es pretentious .
Sigo dándome corte y contándote todo lo que hago: fui a Sceaux, una mañana maravillosa, y encontré la rue des Mesanges, y en ella a Henri Chopin, y naturalmente Chopin era un cronopio enormísimo que me vendió en seguida los discos para Paul y para mí. Ya lo escucharás, tiene cosas increíbles. Se lo pasé a Perkins (2) , para arrancarlo a un ataque de tristeza provocada por la 56788574756647477 agarrada a patadas con su mujer, y le hizo mucho bien. Sus maniobras inmobiliarias son muy complicadas, pero parece que finalmente comprará un dep. en Mallorca. Por qué, para qué, cómo y a costa de qué, son cosas que hay que oírselas decir para creérselas. Ya está seguro de que tendrá que quedarse en la Unesco... 5 años más. El pobre está hecho polvo, su mujer también, y los chicos parece que han sentido esta vez de cerca la verdadera situación.
What a mess .
Fui a Domaine musical , que estuvo muy bueno, y me encontré con Hubert y Anette Damisch. Me invitaron a cenar el miércoles. Te lo digo porque será absolutamente necesario hacerlos venir a casa en esos 10 días en que estemos todavía aquí.
Sigo con mis rattrapages culturales. Comprendí que estaba quedando muy mal con Margot, le telefoneé, me la encontré en la galería. Te imaginás cómo estaba de contenta. Me llevó a su casa y me hizo una tortilla de queso riquísima, y luego yo me rajé al cine porque quería ver Le bonheur (3) . Después de verla pensé que Agnes Varda a fait plutot un malheur (4) . Pero habría que pensarlo y discutirlo. Hay cosas muy extrañas en esa película; o la vieja está piantada o hay momentos en que nos toma el pelo.
La casa me da mucho trabajo, porque hago lo posible para que no derive del chiche al quilombo, pero hay que ver lo que cuesta. Lavo ropa, lavo vajilla, tengo provisiones impresionantes, podría resistir el asedio de Pilleboue, la condottiera Voisin y Madame Prince (5) durante varias semanas. Sólo madame Walch, probablemente, me vencería con su voz de urraca maléfica.
Vi a Depreux que les manda cariños a las dos. Contesté como correspondía una carta de tu amiguita, desplegando una vez más mis conocimientos de italiano. Llegó esta mañana carta de Rosario: esta loca no dice ni una palabra de la cama. Le contesté que avise en seguida, puesto que tenemos que pensar en ese problema. Rosario me avisa que el carpintero termina la entrega, y que hay que garpar. Ya lo hice por mandat, y de paso les fleté el dinero de ellos, para no tener que hacer otro el 15. Aldito vino ayer a la tarde a buscar el suyo, y me mangó 100 más, que le di, qué iba a hacer. Parece que se va a armar el lío del auto, cosa que nos costará 800 francos o algo asá; Aldo hace lo que puede por parar el asunto. Me dijo que los padres (y él) están dispuestos a quedarse en la ruina (la de Saignon, se entiende), y que con medio millón la volverían perfectamente habitable. Speriamo bene.
Te copio: “La casa está en este momento exactamente como si hubiéramos sufrido un bombardeo. La cocina sin piso, con dos agujeros, uno enorme, la veranda sin techo, todo lleno de escombros. Los albañiles están trabajando rápidamente por todos lados; Aldo levantó el piso de la cocina para que hagan la losa. La parte nueva ya tiene el techo casi listo”. ¿Estás contenta, honguito pelusiento? Escribime pronto, y decile a Italo que estoy conmovido de que relea con tanto cuidado la traducción de mis cuentos. ¡Riego las plantas! Te extraño mucho, bicho feo, y ojalá el 20 sea mañana y vos llegues y yo te dé tantos besitos, Woof Woof (1) Un plomo pretencioso.
(2) Eduardo Jonquières.
(3) La felicidad.
(4) Había hecho sobre todo una desdicha.
(5) Vecinos.

* * * * *
A Victoria Ocampo
Saignon, 23 de junio de 1965
Mi querida Victoria: Creo que ya en alguna otra carta le pedí perdón por escribirle a máquina. Sé que no está bien, y sin embargo reincido, porque escribir a mano me resulta cada vez más penoso. En todo caso, estoy mucho más presente cuando escribo así, a toda velocidad y tachando de cuando en cuando algún comienzo de frase en el que la máquina se toma libertades excesivas.
También tengo que pedirle disculpas por el involuntario retardo de mi respuesta, pero ya verá usted por el encabezamiento que no estoy en París. Nos hemos venido a Saignon, un pueblecito de 200 habitantes, en plena Vaucluse (a unos veinte kilómetros de la fuente donde Petrarca vio por primera vez a Laura), donde encontramos un bastidon que se convertirá en nuestro refugio una vez que hayamos terminado de pintarlo y de ponerle cortinas de paja. Tenemos un jardín que es como un balcón sobre los valles del Luberon. Muy cerca esta Gordes, Bonnieux, y casi al lado la torre del castillo del marqués de Sade, en Lacoste (donde, como dice la guía Michelin, se deroulaient les sataniques orgies ). Ya ve que no hemos elegido mal para citarnos con el sol, el tomillo y la lavanda.
Todo esto es para explicarle que nuestra portera de París, que es un personaje extraordinario, quedó con instrucciones de remitirme cada quince días la correspondencia acumulada. ¿Por qué los quince días se convierten en veinticinco? La noción del tiempo de madame Boivin es inescrutable, y a ello se debe que su carta haya llegado ayer por la tarde. Dándome –y esto es lo primero que hubiera debido decirle– una muy grande alegría. Antes de ver su nombre en el dorso del sobre, ya había reconocido su letra, en especial las t y la fmayúscula. (Debe ser una deformación profesional, pero suelo recordar mejor la letra que la cara o la voz de muchos amigos lejanos; o quizá es una forma de consuelo, puesto que a lo largo de los años las cartas tienden a reemplazar cada vez más la relación directa, tan azarosa entre la Argentina y Europa.) Espero que ya esté perfectamente restablecida. Si la operaron en enero y todavía sigue sintiéndose dolorida, me doy cuenta de que no se trataba de algo banal. Si yo fuera tan egoísta como me creo a veces, debería alegrarme de que sus insomnios le hicieron conocer mis cuentos, pero debo tener alguna generosidad, puesto que lamento las circunstancias que la acercaron a mis Armas secretas . Es curioso que yo, cuando estoy enfermo, me vuelvo resueltamente hacia los novelones del siglo XIX. En un hospital, hace diez años, releí casi todo Dickens; en una clínica, otra vez, llene un montón de lagunas balzacianas. Lo del “opio de Occidente”, después de todo, es más literal de lo que uno piensa; yo estoy muy contento de que mis relatos la hayan distraído, arrancándola por un rato a sus dolores. Y estoy todavía más contento de que hayan sido Las armas secretas, porque en ese tomo están los cuentos míos que todavía prefiero.
¿Cuando viene a visitarnos a París? Alguien me había dicho que asistiría al coloquio del Columbianum en Génova, y aunque yo no voy nunca a reuniones de escritores (no sirvo para discutir ni para criticar), esperé que después viniese a Francia y pudiéramos vernos. Más tarde supe por otros amigos que usted no había ido a Génova.
En este momento mismo entra el cantonnier (1) de Saignon para anunciarme que han matado a Ben Bella. No es una noticia confirmada, pero no me sorprendería que fuese cierta. Cuánta sangre, cuánto odio. Pasada cierta edad, uno tiende a algodonarse cómodamente en cosas como las que comento en esta carta: los mensajes de los amigos lejanos, la lavanda, el sol... Y entonces, precisamente entonces, la fría realidad. Pero en todo caso ese toque de atención servirá como siempre para que cada uno de nosotros siga haciendo lo que cree que debe hacer.
Gracias, Victoria, por su carta tan cariñosa y tan suya. Aurora la recuerda con su afecto de siempre, y yo la abrazo muy fuerte,
Julio Cortázar
(1) Peón

* * * * *
A Francisco Porrúa
Saignon, 22 de mayo de 1967
Mi querido Paco: Hasta hace poco el silencio tenía un solo nombre en español, ése. Ahora se llama Porrúa, existe un silencio Porrúa, yo vivo desde hace un mes envuelto en una gran masa de silencio Porrúa. In the stillness of the night, the Porrúa stillness roams about like a big rhinoceros creeping near the verandah. In fact it is the first rhinoceros which has been noticed to creep , but yours does (1) . Y así pasa el tiempo y en el vasto agujero del espacio hay otro agujero más ominoso y perceptible que es el silencio Porrúa, y para decirte toda la verdad esta vida no puede seguir.
Vano es que Sara y Alicia (con esos nombres que deberían conmoverte por muchas razones) me digan en sus cartas que “Paco te escribe en seguida para... etc.”, vano es que Monsieur Galourdin, el cartero de Saignon, me ponga en los brazos diariamente entre medio kilo y tres arrobas de cartas y paquetes. Me basta mirar el abigarrado montón de mi fan-mail y las facturas a pagar para darme cuenta de que siempre hay un agujero cuadrado entre tantos colores, el silencio Porrúa con su estampilla de viento. Y yo vuelvo melancólico a la construcción de un objeto lleno de espejos, cubos de madera y caracoles que estoy fabricando para olvidarme un poco de la literatura, o estudio la escala de si bemol mayor en mi trompeta, para asombro de los numerosos escarabajos que circulan por el living de esta casa nacida para actividades más apacibles. ¿Vos realmente podrías explicarme qué carajo pasa? Pero tomaré la delantera, te aplastaré con la arrolladora fuerza de mi generosidad, te escribiré una larga carta llena de consultas, dándote trabajo, obligándote a pedir expedientes y archivos, a dictar telegramas, a consultar asesores, te privaré de tu cafecito de las diez y media y de tu cinzano con bitter de las once y veinticinco. La verdad es que se han juntado bastantes cosas de las que te tengo que hablar, y si sigo esperando tu carta, oh mallarmeano urdidor de ausencias, me olvidaré de las cosas más importantes. Hasta hace unos días pensé, inquieto, que tu salud no andaría bien, pero Sara y Alicia me escriben que estuvieron contigo en el lanzamiento (si así se llama) de un libro de Silvina Bullrich, y comprendí que no llevarías la locura al extremo de ir a una cosa así estando enfermo, de lo cual me resultó consolador deducir que estabas perfectamente bien y que si no escribías era porque hotras hocupaciones harto himportantes te habsorbían. Como Aurora, por ejemplo, que a veces se olvida de hacer el almuerzo porque está cuidando una mata de no sé qué flores absurdas que se le han enfermado (el otro día compró un veneno para caracoles, esta Lady Macbeth of Saignon par Apt, y al otro día había tantos caracoles muertos que pasé un mal rato, yo que amo esos animalitos apacibles).
Pero no seamos currutacos y dejémonos de cucamonas, como diría Guillermo de Torre, y aquí van los diversos business pending: (…) Basta de negocios y hablemos del viento mistral que está soplando esta mañana en Saignon y que agita los cerezos de tal manera que no va a ser necesario subir con una escalera a recoger la fruta. Llevamos aquí 20 días, y ya me siento mejor de la inquietante crisis de fatiga con que me despedí de París. He puesto bastante al día mi correo, pude por fin leer tres libros seguidos, cosa que no me ocurría desde hacía meses, y el vinito rosé y los asados al aire libre harán el resto. Leí El doble , de Dostoievski, que siempre se me había escapado, Señas de identidad de Juan Goytisolo, que es su mejor libro dentro de la sencillez del conjunto, y ahora me estoy divirtiendo mucho con Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, que trata del ambiente habanero que conocí bastante a fondo en enero y febrero. Pero leo sobre todo poesía, toneladas de poesía en todos los idiomas, y de noche le doy media hora, antes de dormir, al librito de Stephen Potter sobre el sentido del humor en la Isla. No me parece demasiado bueno, pero hay citas excelentes. En la trompeta he conseguido llegar al sol natural sobreagudo sin que vuelen por el aire pedazos de pulmón. El libro mexicano está parado, porque no nos llegan las últimas galeradas y Silva me manda unas puteadas epistolares que me divierten mucho. Lo que hicimos juntos en París salió muy divertido, y dejará bastante consternados a los señores que exigen seriedad en las letras. La mucha seriedad que hay en el libro no la verán, naturalmente. Sara y Alicia me regalaron unas excelentes fotos de patios y de ómnibus porteños para el libro.
¿VOS CUANDO VENIS CON SARA? Tu viaje es lo que más me preocupa, lo único que me preocupa en un momento en que preocuparse por lo que ocurre en el mundo (¿leíste las declaraciones de McNamara sobre China?) parece casi un pleonasmo. Mirá, es absolutamente necesario tener dos o tres semanas para por fin hablar de verdad. Si podés arreglar para septiembre va a ser perfecto, pero avisame pronto porque realmente estoy inquieto y preocupado por este asunto. Los Blackburn también vienen a Europa (hace 6 años que no los veo) pero rápidamente les dije que no se aparezcan hasta noviembre; no quiero interferencias. Yo con Sara quiero hablar mano a mano, y con vos mano a mano, y se acabó, qué joder.
Sur ces paroles, como dicen en París, te ruego renuncies a tu empecinado rinoceronte y mandes unas líneas, digamos dos páginas.
Abrazos de Aurora que los quiere tanto, y otro abrazo de Julio (1) En el silencio de la noche, el silencio de Porrúa vaga como un gran rinoceronte que se desliza cerca de la veranda. En realidad es la primera noticia que se tiene de un rinoceronte que se desliza , pero el tuyo lo hace.

* * * * *
A Juan Carlos Onetti
Saignon, 30 de julio de 1978
Querido Juan Carlos: Me hizo gracia que te despidieras en tu carta deseándome que no me mortifique demasiado el calor. Figurate que es precisamente lo contrario, porque después de los inviernos de Paris, un argentino como yo necesita sol y calor en cantidades inagotables, y este mes de julio me los ha dado con una generosidad que yo no esperaba después de una primavera más bien desvaída y estúpida. Por lo cual estoy más negro que Nicolás Guillén, me paso el día desnudo en mi rancho, y trabajo en lo mío con unas ganas que hace mucho no sentía. Tengo también razones más vitales y profundas para sentirme bien. Después de un largo y penoso proceso, Ugné y yo nos separamos; la cosa fue dura, puesto que habíamos vivido juntos más de ocho años, pero ya no tenía sentido pasar de la verdad a la comedia y pretender que seguía siendo la verdad. Yo estoy viviendo con una chica que conocí en Montreal el año pasado, que me da una inmensa ternura y una paz que me hacía falta hasta un punto que sólo alcanzo a comprender ahora. Como ves, vivo un verano total; me alegra poder decírselo a un amigo como vos.
Desde luego acepto con alegría (e muito obrigado!) a la invitación de colaborar en laEstafeta Literaria . Tengo un cuento inédito (1) , de unas ocho páginas, que me gusta bastante, y si ustedes lo quieren, pues de acuerdo. En cuanto a la remuneración, si en vez de 300 me pagaran 400 dólares, me parecería bastante justo, pero si no se puede, decímelo vos mismo y yo estaré de acuerdo.
Prefiero esperar tus noticias, y si todo va bien, te envío en seguida el cuento o se lo mando a Rosales (2) , como ustedes prefieran.
Ojalá me toque dar un salto a Madrid, para cumplir mi deseo de ir a verte a tu casa, cosa que no pudo ser la última vez (en Madrid siempre tengo problemas jodidos, y se me arman unos líos que desequilibran todos mis planes, pero no será así la próxima vez).
Hasta siempre, gracias por la invitación, saludos a Luis Rosales y para vos un gran abrazo de Julio Cortázar OJO! Mi dirección privada no es segura; ya me rompieron dos veces el buzón, y no por razones literarias (mi querida embajada y la CIA lo saben, hijos de puta). Entonces, lo seguro es escribirme a mi nombre, y: B.P. 33 75022 PARIS CEDEX 01 FRANCIA De ahí me reexpiden las cartas a cualquier lado.
(1) “Queremos tanto a Glenda”, publicado en Nueva Estafeta , N° 1, Madrid, diciembre de 1978.
(2) Luis Rosales, poeta español, director de La Estafeta Literaria y de Nueva Estafeta .

* * * * *
A Ofelia Cortázar
Saignon, 3 de agosto de 1978
Querida Ofelia: Recibí tu carta, y te agradezco que me hayas informado en detalle del estado de salud de mamá. No es que me tome demasiado de sorpresa, puesto que la edad es la edad, pero confío en que el tratamiento que le hace el doctor Romeo dé buenos resultados y mamá pueda vivir de una manera normal y sin verse privada de cosas que le gustan, como la lectura o la televisión. Por mi parte, todo lo que has leído en los diarios es un tejido de macanas a cuál más completa. Te las resumo para que por lo menos en ese plano te quedes tranquila. Primero: no es cierto que me divorcié de Ugné, por la simple razón de que nunca nos habíamos casado. Simplemente acabamos de separarnos porque ya no había entre nosotros los sentimientos que nos habían unido hace años. La segunda mentira se refiere a mi salud; he tenido una neumonía bastante seria, que me trataron perfectamente, y a los quince días estaba curado; eso de la “depresión” es un invento del periodista, pero no me sorprende porque en realidad lo que ese periodista y muchos quisieran es que yo estuviera verdaderamente deprimido, cosa que no tengo la menor intención de hacer. Quedate entonces tranquila, pues mi salud es excelente. Y justamente en mi última carta a mamá (esa que según vos le produjo una crisis de rabia, cosa que no entiendo) le conté de mi separación y de que estoy viviendo con una chica con la que me siento muy bien y muy feliz. De modo que como ves, el balance es positivo y favorable, y no hay ninguna razón para que te inquietes.
Todo el resto de tu larga carta no puedo ni siquiera comentarlo. Cada uno tiene sus razones, y vos tenés las tuyas para juzgar como juzgás (muy cruelmente, te lo digo con toda franqueza) mi actitud con respecto al país. Lo que me asombra es que no te des cuenta de una cosa, y es que por más que yo lo quisiera (y vaya si lo quisiera) es absolutamente imposible que por el momento yo desembarque en mi país. Te digo de paso que cometes un lamentable error cuando hacés referencia a mi ciudadanía francesa, pues no la tengo (me la negaron dos veces), pero deberías saber que los argentinos y los franceses tienen el principio de la doble nacionalidad, es decir que el hecho de tomar la ciudadanía francesa no te quita la de argentino, y viceversa. Te lo digo porque me duele que también vos caigas en esa grosera calumnia que tantas veces me han tirado a la cara los verdaderos enemigos de la Argentina. En cuanto a todo lo que me decís sobre tus impresiones sobre la situación en el país, es perfectamente tu derecho y no haré el menor comentario. Algun día, quizá, llegues a saber lo que verdaderamente significa que yo no pueda escribirte sobre eso; por ahora seguí contenta con todo lo que te rodea, pues saberte feliz y satisfecha me da, como te imaginás, una gran alegría por vos.
Me alegro de que hayas recibido el dinero que te envié. También a propósito de eso, algunos comentarios que dejás caer sobre lo que en el fondo considerás un egoísmo de mi parte, o sea no estar con ustedes, deberías reflexionar un poco sobre lo que ha podido representar para mí en estos años comprar ese departamento para ustedes dos, y ayudarlas en lo que puedo cada vez que siento que necesitan dinero. No pretendo ningún mérito especial por eso, pero es la única (metete eso en la cabeza, por favor) la única manera de estar cerca de ustedes. No tengo otra, puesto que te repito que no puedo ir personalmente. Entonces, por lo menos pensá que tus reflexiones no me parecen demasiado acertadas. En fin, nada de esto tiene importancia. Espero que mamá siga bien, vos también, y que pronto reciba noticias favorables de ella o de vos. Te agradeceré mucho que no dejen pasar demasiado tiempo sin mandar por lo menos dos líneas.
Hasta siempre, con un abrazo de tu hermano que te quiere, Julio

domingo, 15 de enero de 2012

Literatura en lata


Un novelista escribe una novela acerca de un novelista que escribe una novela acerca de...

Muchos años antes de que Andy Warhol hiciera la primera exposición de su serie gráfica Latas de sopa Campbell, el 9 de julio de 1962 en Los Ángeles, ya otros creadores habían incorporado al mundo de la cultura, de un modo distinto, las ilustraciones de los envases de productos industriales.

Así, en 1928, el inglés Aldous Huxley publicó en Londres la novela Point Counter Point (Contrapunto), en cuyo capítulo XXII reproduce, entre otros, este fragmento de la libreta de apuntes de su personaje el cerebral y misántropo novelista Philip Quarles: “Introducir a un novelista en la novela. Él justificará las deliberaciones estéticas, que pueden ser inte­resantes, al menos para mí. (…). Pero ¿por qué limitarse a un solo novelista dentro la novela? ¿Por qué no un segundo dentro de la suya? ¿Y un tercero en la novela del segundo? Y así sucesivamente hasta el infinito, como en esos anuncios de Avena Quaker, donde se ve a un cuáquero sosteniendo una caja de avena, en la cual se ve un dibujo de otro cuáquero sosteniendo otra caja, en la cual, etc., etc. Hacia la décima imagen se puede tener a un novelista contando la historia en símbolos algebraicos o en términos de varia­ciones de la presión arterial, del pulso, de la secreción de las glándulas endocrinas y de la duración de las reacciones”.

11 años después, el 2 de junio de 1939, Borges escribió en la revista semanal El Hogar, de Buenos Aires: “Debo mi primera noción del problema del infinito a una gran lata de bizcochos que dio misterio y vértigo a mi niñez. En el costado de ese objeto anormal había una escena japonesa; no recuerdo los niños o guerreros que la formaban, pero sí que en un ángulo de esa imagen la misma lata de bizcochos reaparecía con la misma figura y en ella la misma figura, y así (a lo menos, en potencia) infinitamente”.

Como se ve, las dos referencias a estos dos distintos objetos de consumo sirven para ejemplificar el tema del infinito; pero no sólo eso: dado que el pasaje de Borges es el comienzo de un ensayo titulado “Cuando la ficción vive en la ficción”, hay que decir que ambas tratan sobre el recurso narrativo que André Gide llamó “puesta en abismo” y Vargas Llosa “la caja china” o “la muñeca rusa”.

Curiosamente, pasados otra vez 11 años, la lata de la avena Quaker volvió a ser tema de otro gran escritor, García Márquez, quien el 24 de agosto de 1950 le dedicó su columna La Jirafa publicada en El Heraldo. “El hombrecito de la avena” se titula el texto y en él se refiere también (aludiendo incluso a la novela de Huxley) al carácter “abismal” de la etiqueta de este producto, señalando que con ella los niños “se sienten (…) al borde de la locura”, algo equivalente al “misterio y vértigo” de que habla Borges. (22 años después, Cepeda Samudio recordó este texto ––y la regresión infinita del cuáquero ‘gordiflón y sonriente’––en uno de Los cuentos de Juana).

Huxley, Borges, García Márquez: otro tipo de operación pop…antes del arte pop.