sábado, 5 de septiembre de 2009

Julio Cortázar amoroso


Tomado de El Comercio
Un poema lo desnuda y lo muestra en la dimensión estética que pocos conocen de él. Lo muestra en la profunda dimensión espiritual que pocos conocen de él. Lo muestra en la profunda dimensión sensual que pocos conocen de él. Un poema que lo desnuda y que dice:

“Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo./ Lo que me gusta de tu sexo es la boca./ Lo que me gusta de tu boca es la lengua./ Lo que me gusta de tu lengua es la palabra”.

Un poema que apareció 25 años después de la muerte de su autor, Julio Cortázar, el genial argentino a quien muchos recuerdan por narrador, por fabulador, por cuentista fantástico, por inventor de famas y de cronopios, por imaginador de rayuelas y modelos para armar, por incansable creador de la palabra, por comprometido con su tiempo, por cronista, por perseguidor, por su inagotable capacidad de desafiar lo establecido.

‘Papeles inesperados’, libro que apareció en mayo pasado y que compila “una extensa y deslumbrante colección de textos inéditos y dispersos”, es un descubrimiento de todos esos Cortázar, pero, sobre todo, de un Cortázar que habla de amor:“(...) nos hicimos jugando todo el mal necesario/ ya ves, no es una carta esto,/ nos dimos esa miel de la noche, los bares,/ el placer boca abajo, los cigarrillos turbios/ cuando en el cielo raso tiembla la luz del día”.

Ese Cortázar amoroso es el mismo y es el otro, es el mismo que nos aconsejaba situarnos en la línea divisoria entre la realidad y la fantasía y es el otro que nos enseña que para sobrevivir a pesar del riesgo no basta pararse allí, sobre esa línea, sino actuar en consecuencia:

“Y también no estar triste,/(...) Y no decirte lejana ni perdida/ para no darle razón al mar que te retiene./ Y elogiarte en la más perfecta soledad/ a la hora en que tu nombre es la primera lumbre en mi ventana”.

Es el Cortázar que no solamente fabula y sueña, que no solamente imagina otros mundos, otras sensibilidades humanas, otras posibilidades de cambiar el mundo desde la ética y la lucha cotidianas.

Es el Cortázar que, como cualquier ser humano, simplemente ama y, a veces, venciendo rubores, simplemente verbaliza sus nostalgias: “Cuánto quisiera que escribiésemos de nuevo juntos muchas páginas, Osita. Creo que lo haremos, quiero que lo hagamos. Estaremos de nuevo tan juntos, Osita”.

Es el mismo y el otro Cortázar que juega con los sentidos, con las situaciones, con inventar palabras que al volverse carne, al volverse deseo, al volverse música, se vuelven poesía:“Amo la forma en que tocas el piano, como con cuentagotas de jade tirando aquí y allá los pequeños campanarios que tienes en la concavidad de las uñas”.

Es el Cortázar que cuestiona, inquiere, conmina, desacomoda: “y te preguntas si llegará, si salió para llegar, si salió porque quería llegar, y tienes miedo como siempre has tenido miedo de ti mismo, la ves irse tan frágil y blanca en una bicicleta de humo, te gustaría estar con ella, alcanzarla en algún recodo y apoyar una mano en el manubrio y decirle que tú también has salido, que también tú quieres llegar al sur”.

Es el Cortázar de la incertidumbre, de la duda incesante, de la existencia irreverente, del amor más hondo y más complejo: “A qué viene la noche si no es buscando pájaros...”.

Los amantes
¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano:
algo habla
entre sus dedos,
lenguas dulces
lamen la húmeda palma,
corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes,
su isla flota a la deriva,
hacia muertes de césped,
hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos,
ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos,
cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.

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