viernes, 29 de mayo de 2009

"Un regalo para Julia" de Francisco Massiani



Palabra que no era fácil. Casi todo el mundo regala discos y los pocos discos de moda son tres, cuatro. Julia iba a terminar con la casa llena de discos repetidos. Además tenía sólo veinte bolívares y así no se pueden comprar sino discos o chocolates o alguna inmundicia parecida. Yo nunca le regalaría un talco a Julia. Menos, un muñeco. Tiene una colección de muñecos desbaratados en el cuarto y lo de chocolates, menos, porque sé que Carlos se los comería todos. Carlos, tan perfectamente imbécil como siempre. Lo imagino clarito: Oye Julia, dame un poquito.
Uno dice: le regalo un libro. Uno dice: le regalo cualquier cosa. Pero uno no podía regalarle cualquier cosa. ¿Con qué cara? Ayer, anteayer estaba con la cochinada de Carlos, que por cierto: fuaaa, fuaaa, y lo peor es que no tose y a mí en cambio se me salen las tripas. Fuaaa, botaba el humo, y fuaaa estiraba su pata y mataba una hormiga. Se comía un moco. Se estripaba un barro en la nariz, fuaaa, se rascaba la oreja, y después escupía el humo por los ojos, por la nariz, por la boca, por todos lados. Porque lo hace. Juro que sabe fumar. Es verdad. Fuma mejor que nadie. Y entonces te mira y dice: si llego a ser novio de Julia. Pero lo juré. Dije: por Dios santo que no se lo digo, y eso, ¿no?, así que nada. No puedo decirlo. Pero en todo caso cuento que Carlos me dijo que si Julia llegaba a ser su novia, la metía en la bañera, la llenaba de jabón y le hacía esa porquería que juré que no se lo decía a nadie. Lo peor es que yo vengo y salgo y voy a casa de Julia, porque algo tenía que hacer, ¿no?, y llega Julia y me dice así mismito:
—¿Qué vienes a hacer aquí?
Quedé tieso. Después me dice:
—Pasa.
Y pasé. Y después de que pasé me senté y ella puso un disco. Siempre que alguien llega a su casa pone un disco. Después te saluda, te mira, da tres pasos de última moda y después se echa en el sillón, tipo bandida de cine mexicano. Cine mexicano, cine mexicano... ajá:
—Oye —le digo—. Oye Julia, ¿qué tal te cae Carlos?
—¿Carlos?
—Sí, Carlos.
—¿Por qué?— cogió una revista de mujeres y modas y eso. Yo me puse a darle tambor a la mesa. Creo que pasamos como un minuto así. Me dijo:
—¿Quieres Cocacola?
Yo no le respondí. Seguí tocando tambor en la mesa. No le respondí porque me molestó que se olvidara que le había hablado de Carlos, que se hiciera la loca con la pregunta que muy bien sabía que yo se la hacía por un montón de cosas que ella sabía muy bien que yo sabía. O sea eso. O sea nada, supongo que se entiende, ¿no? Bueno. Me vuelve a preguntar:
—¿Quieres Cocacola?
Y yo:
—Te pregunté por Carlos.
—No me acuerdo— dijo.
—Yo sí— le dije—. Y muy bien.
—Bueno. ¿Qué cosa?— dijo.
—Eso que tú sabes— le dije.
—Yo no sé nada, Juan— me dijo. Y cuando la miré estaba viendo la revista.
—Bueno, Julia.— Yo tenía que hacer algo. Sabía que tenía que hacer algo—. Oye: imagínate que Carlos te regala el disco que estamos oyendo.
—¿Qué cosa?
—El disco
—¿Qué disco?
—Nada— le dije.
Nunca lo entienden a uno. Yo seguí tocando el tambor y ella se levantó del sofá, dio un brinquito, se pasó la mano por el pelo y me preguntó:
—¿Qué dijiste de Carlos?
Nunca. Nunca entiende. Yo le dije que nada, que se sentara, y ella me sonrió y se sentó. Cuando se sentó, me sonrió. Cuando eso pasa, cuando me sonríe, entonces yo aprovecho para verle la boquita, esos dos gajitos de naranja, porque es así: tiene dos gajitos de naranja, y sé por ejemplo que el labio de arriba, cuando se separa del de abajo, parece que le diera miedo dejarlo solo, y entonces tiembla un poquito, no mucho, un poquito solamente y entonces se le acerca y lo acompaña un poco y entonces entre los dos gajitos sale como un juguito que le mancha un poco las arruguitas de los labios y entonces yo siento un mareo y algo como un chicle entre las muelas y ella se me queda mirando y me dice:
—¿Qué te pasa?
Y despierto. Sé que nunca sería capaz de agarrarle la mano, nunca. Pero sabía, estaba convencido, como nunca, que tenía que hacer algo. Así que seguí tocando tambor a ver si me venía algo a la cabeza. Nada. Seguía tocando tambor. Nada. Seguía tocando y tambor y tambor y ella y tambor y nada. De repente ella me dice:
—Tengo un vestido para mañana que es una maravilla.
Yo digo:
—Qué bueno.
Y ella dice:
—Es algo que te deja desmayado.
Y yo sigo:
—Qué bueno.
Y ella:
—Lo ves y te mueres. Es de locura.
Y yo seguía con el tambor. Eso lo cuento para que vean. Bueno. En eso pasó la hermana, después una de las sirvientas de las diez sirvientas que tienen en su casa y después, un rato después, vengo y le digo:
—Julia— ni sabía lo que iba a decir—, dime una cosa: si yo te regalara ese disco y Carlos el otro, ¿cuál pondrías más en el día?
Se me quedó mirando con mirada matemática de raíz cuadrada, y me dijo:
—Éste. El que estamos oyendo.
Yo entonces estiré las piernas, la miré, le eché una sonrisita y seguí tocando tambor, pero palabra que me costaba tocar tambor, porque lo que provocaba era salir gritando y llamar al cochinada de Carlos y decirle: mira Carlos, pendejo, nunca vas a hacerle esa cochinada porque Julia y yo, ¿no?, pero justo cuando se estaba acabando el disco me dijo:
—¿Qué fue lo que me preguntaste?
Palabra que no es mentira. Se lo repetí y ella me sonrió. Y me dijo:
—Qué salvaje eres.
Nunca la he entendido. Me imaginé que debía sonreírme y me sonreí. Después me dijo:
—Lo pondría todos los días si me gustaba.
—¿Qué cosa?— Yo comenzaba a olvidar todo el plan, todo lo que tenía en la cabeza se me reventó, ya nada, juro que yo no entendía a nadie, que estaba loco, tan loco que dije:
—Julia. Quiero que mañana vayas a la fuente de soda de la esquina porque quiero darte un regalo especial.
Ella preguntando cosas hasta que por fin aceptó y a las tres y media era la cosa. O sea que a las tres y media nos íbamos a encontrar en la fuente de soda. Así fue que salió lo del regalo. Por eso lo conté.
Total que hoy vengo y cogí lo que me dio mamá y salí a la calle. Me metí en todos lados. Vi todas las vitrinas. Entré en todas las tiendas y ni sabía qué podía regalarle. Pero no soy tan imbécil: si le dije que el regalo era especial por nada del mundo le doy cualquier cosa. Eso era lo que pensaba cuando estaba mirando el conejo. Porque en una de esas vi un conejo. Ustedes lo han visto. Está por ahí, en una de esas tiendas de Sabana Grande, y es un conejo blanco. Es un conejo más grande que un caballo y mueve las orejas y tiene los ojos rojos. Por cierto que me acordé del profesor Jaime, porque el profesor Jaime tenía siempre los ojos rojos. Por cierto que el profesor Jaime era un gran tipo, y cada vez que me acuerdo de él tengo una vaina con Carlos. Porque sé que Carlos es el cochinada típico que le pone tachuelas a profesores como el señor Jaime. Cuando estaba mirando el conejo, me juré que si alguna vez Carlos tocaba el oso de mi hermanita, que también tiene los ojos rojos, lo agarraba por las patas, lo batía contra el árbol y lo volvía una cochinada. Porque es lo que merece. Juro que si alguna vez Carlos se burla del oso, lo machaco, lo aplasto, le martillo los dedos y lo reviento. Eso es lo que merece. Total que estaba viendo el conejo y ¡ah! Nada: un pollo, Dios mío, ¿cómo no se me había ocurrido? Un pollito, chiquito, metido en una caja, y ella mirando el pollo, y jugando con su pollo todos los días, y dándole de comer, y así tú puedes preguntarle por el pollo y tienes algo de qué hablar y es algo especial, es un regalo único, anda, apúrate, y salí disparado a Canilandia. Creo que se llama así: Canilandia. Y está en una callecita que se mete de Sabana Grande a la avenida Casanova. Bueno. Y entré y el señor me regaló el pollo. Ni siquiera aceptó que yo se lo comprara. Bueno. Me fui a la fuente de soda. Cuando llegué pedí una merengada. Eso fue lo que pedí. Y ahí estuve. ¡Ajo! Estaba cansado. Hay que ver, corriendo, el sol, el pollo, y lo peor es que no podía correr mucho. Pero ahí estaba. Bueno. Pedí una merengada de chocolate. Ya van a ver. Pido la merengada. Es para quedarse en casa. Francamente: pido la merengada y el imbécil del mozo viene y se queda mirando a la caja. Claro que la caja se movía, ¿no?, pero por eso no tenía que poner cara de imbécil y quedarse mirando y mirando y decirme, porque me lo dijo:
—¿Y eso?
Tuve que decírselo:
—Un regalo.
—¿Un regalo?— se sonreía con los dientes puercamente llenos de oro.
—Un regalo.
—¿Y por qué se mueve?
—Porque adentro hay un pollo —digo.
—Ah, ¿sí? ¿Un pollo?
—Sí. Eso. Un pollo.
—Qué bien— dijo el tipo. Que si qué bien. Qué tipo, francamente. Bueno. La verdad es que no sé por qué cuento lo del mozo. Lo que sí es que ya estaba poniéndome nervioso porque Julia no llegaba y eran más de las tres y media. Ya como a las cuatro, dejé la caja con la copa encima y llamé a casa de Julia. Como estaba pendiente de la caja, o sea, pensando en que a lo mejor el pollo se ponía histérico y pateaba y se armaba el relajo, estuve como media hora sin responderle a la mamá. La mamá:
—¿Aló? ¿aló? ¿aló? ¿aló?
Bueno. Por fin le pregunté por Julia.
—No está, Juan —me dijo—. ¿Eres tú, no?
—Sí. Soy yo, señora.
—Ayer vi a tu mamá. ¿Cómo estás?
—Ah, bueno...
—Me dijo que no estudiabas casi nada.
—Un poco.
—Tienes que estudiar.
—Sí, señora— palabra que eso era lo que me decía. No miento. Siguió así:
—...y portarte muy bien, mira que ya eres un hombrecito.
—Sí, señora.
—Bueno. Tú vienes al cumpleaños, ¿no?
—Sí, señora.
—Julia está como loca... ya no sabe qué hacer. Bueno, Juan. Saludos por tu casa.
—Gracias, señora.
—Adiós.
—Adiós, señora.
¿Ven? Y la caja y la copa y el mozo y Julia no llega y la vieja: es para volverse loco. Palabra. Estuve a punto de tirar el teléfono. Y lo peor es que no he terminado: apenas me siento se me acerca de nuevo el mozo. ¡Qué tipo más imbécil! Me dice:
—¿Y para quién es el regalo?
Juré que si me seguía haciendo preguntas que a ti no te importan te tiro la copa desgraciado. Eso es lo que pensaba. Y dale con el regalo. Menos mal que alguien lo llamó. Ya yo estaba realmente harto. Dale con la caja, el pollo, la vieja. "Ayer vi a tu mamá en el mercado" y que si "tienes que estudiar porque eres un hombrecito, Julia está como loca". Francamente. Y nada que llegaba la desgraciada. ¿Por qué la gente tiene que preguntar tanto? En serio: ¿para qué vienen y te preguntan que por qué tu mamá usa anteojos? ¿Ah? Palabrita que si alguien pregunta que por qué mi mamá usa anteojos le nombro la madre. Palabrita. Sinceramente le digo a sí mismo: mire desgraciado, señor, ¿qué pasa? ¿Qué le pica? ¿Nunca ha visto un pollo? ¿Nunca ha visto una señora con anteojos? ¿Ah? Dígame esa gente que viene y te dice: ¿Qué hay? O te dicen: ¿Qué has hecho? ¿Pero qué carajo les importa? ¿Ah?
Bueno. Por fin Julia llegó. Era tardísimo. La vi bajarse de su impresionante Buick negro, con su vestido de pepas, y meneándose, para todos los tipos que estaban en la fuente de soda. Julia no puede dejar de menearse y mirar a todos los tipos. Por mí que se iría con el primer tipo que le dijera: "Oye tú, mira...". Seguro. Lo único que le importa a esa carajita es menearse y poder menearle los ojos a todos los degenerados que la miran. A veces comprendo un poco por qué a la cochinada de Carlos se le ocurrió eso que me dijo y que yo no puedo contar porque juré por Dios santo que no se lo decía a nadie. Pero bueno. Llega, se sienta, se monta el vestido hasta las pantaletas, se bota el pelo para atrás, se pasa la mano por el cuello, y después que me volvió porquería, se quedó mirando la caja vacía y me dijo:
—Ajjj Dios mío, me estoy muriendo de sed.
Se me olvidó decir que justo en el momento en que la vi salir de su maldito Buick, justo en ese momento, me dio una vaina y en un segundo abrí la caja, agarré al pobre pollo, y lo escondí en el bolsillo de la chaqueta.
Me salió con que si:
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—No. Acabo de llegar —le dije.
—¿Qué calor, verdad?
—Sí, espantoso —dije.
—No lo aguanto —dijo ella— Puf, me muero.
Y para colmo me di cuenta que el tipo de la corbatica negra nos estaba espiando. Apenas llegó Julia me di cuenta que paró las orejas y hacía lo posible por acercarse y vamos a ver qué oímos y qué pasará con el pollo. Francamente. Deben volverse imbéciles. Que si la mesa uno un perro caliente, la mesa cuatro una hamburguesa sin tomate y otra con tomate, la mesa ocho una merengada de chocolate y una Cocacola, y la mesa dos un café negro y otro marroncito pero sin mucho café y la mesa tres un helado de mantequilla y la mesa nueve... Claro: nosotros ahí, así se divertía. No sé si se han dado cuenta la cara de loquitos tristes que tienen todos. Y además de la tristeza de loquitos llevan una corbatica de lazo. Pobrecitos. No le metía la nariz en las piernas de Julia porque no podía, y claro, porque Julia, justo cuando el pobre desgraciado la miraba, cerraba un poco las rodillas, la maldita botaba el aire, se sobaba la rodilla, y después te miraba como para que no te pusieras a llorar ahí mismo. Después que se subió más de lo que tenía subido el vestido, vino, y con su vocecita de pito, levantó un dedito y llamó al mozo. Inmediatamente pensé que el pendejo del mozo llegaba y le contaba lo del pollo. Y lo peor es que con lo del pollo, tenía que mantener el brazo en una sola posición, así, con la mano en el bolsillo, sin dejar que el pollo chillara, tapándole la jeta con los dedos, y ya sentía el brazo calambreado. Además estaba comenzando a sudar por todas partes. Era horrible. No exagero. Bueno.
El mozo llega y se para delante de Julia:
—¿Desea algo, señorita?
—Sí. Por favor...
—Dígame.
—¿Tiene Cocacola?
El tipo le dice:
—Pepsicola —y aprovecha para mirarle todo.
—¿Pepsicola?
—Pepsicola —se hizo el loco y le miró las rodillas. Julia seguía con el dedo en el aire y se soplaba un mechón de pelo que le caía sobre la nariz. Por fin parece que Julia se dio cuenta que estaba pidiéndole algo al mozo y le dijo:
—¿Tiene Orange?
—No. No hay.
—¿Qué tienen?
El mozo como que ya estaba arrecho:
—Colita, Pepsicola, Hit, Sevenup y Grin.
—¿Tienen Grin?
—Sí.
—Bueno. Entonces una merengada de chocolate.
—¿De chocolate?
—No. Bueno. Tráigame una Grin.
El mozo estaba loco:
—¿Entonces Grin?
—Perdone —dijo Julia y se rio mirándome—, tráigame un helado de chocolate.
El mozo ni siquiera la miró. Salió disparado. Pobrecito. Y a todas éstas al maldito pollo como que le dio taquicardia porque comenzó a temblar y patalear y no sé qué diablos tenía. De golpe le abrí la jeta y el desgraciado chilló. Julia me miró y me dijo:
—¿Oíste?
—No —dije.
—Como un pito.
—Un niñito —dije.
—Fue raro —siguió Julia.
—Sí. A veces pasa.
—Mamá dice que oye todo el día una avispa en la oreja.
—Qué raro.
—Sí.
Por fin miró la caja, que estaba vacía, y me preguntó:
—¿Ese es el regalo?
Yo estaba esperando desde el principio la pregunta. Por fin. Sí, pero no sabía qué diablos podía decirle, ¿no? ¿Qué se puede decir si a uno le pasa una cosa de ésas? ¿Qué dice uno? Uno no sabe qué decir. Y yo dije que no. Que ése no era el regalo.
—¿Dónde está?
"¿Dónde está? ¿Dónde está?" ¡Qué pregunta!
—Me pasó algo, Julia.
—¿Qué cosa? ¿Se te quedó en tu casa?
—Fue un problema —le dije.
—¿Te caíste? ¿Y esa caja?
—Sí. Me caí. Se rompió. Esa es la caja.
—Qué lástima —dijo. Y justo oí que el pollo eructaba o algo así.
No sé qué le pasaba al bicho. Como que estaba ahogado.
—¿Dónde te caíste?
—En una escalera —le dije.
—Palabra que lo siento, Juan —dijo.
—No importa.
—Por supuesto que importa —me dijo. Y aprovechó para agarrarme la mano. Yo sudé. Después me sonrió, cambió las piernas para que todo el mundo le mirara las pantaletas y me dijo:
—¿Te vienes conmigo?
—No, gracias Julia.
En eso fue que llegó el mozo. O Bueno. Llegó antes o después de que se subió el vestido. El tipo traía una Cocacola. La puso, después pasó el pañito por una orilla de la mesa y se perdió. Julia me preguntó:
—¿No fue un helado de chocolate lo que pedí?
—No sé —le dije. Y sí sabía.
—Ah no... es verdad —dijo—. Ahora me acuerdo que pedí una Cocacola...
Cogió el pitillo, lo metió en la Cocacola y echó una chupadita. Después se pasó la lengua por la boca, se limpió la manchita de Cocacola que tenía en los labios, y se me quedó mirando sonreída. Inmediatamente comencé a sentirme como perdido. Como levantado del suelo. Lejos y al mismo tiempo muy cerca, tanto, que podía contarle los lunares que tiene en la nariz, esos punticos como marroncitos, como rosados que tiene juntados en la nariz, y mientras más la miraba, ella más se sonreía y yo volaba más lejos de ella, con la sonrisa, sin ella, con la sonrisa sola, flotando en el aire, con su sonrisa de espuma roja, y después que había volado con la sonrisa, la sonrisa regresaba a su cara, le cubría toda su cara y yo me daba cuenta que estaba ahí, frente a ella, y me entraba en el vientre un miedito dulce. Era un miedito como cuando vamos en un auto y de golpe el auto llega a una subida, y cae, y a ti te entra algo, se te abre algo en la barriga, y se te llena la barriga de ese miedo dulce que después sientes que se te escapa y te lo deja como vacío, como con un hambre raro.
—Juan —decía—. Oye, Juan...
Ni siquiera me di cuenta que tenía el pollo en el bolsillo, palabra. No me daba cuenta de nada. Para colmo ella me decía Juan, así, suavecito, Juan, como soplando el nombre, como soplándolo con el aliento, y apenas me llegaba el nombre, apenas lo oía, y volvía a entrarme esa vaina y me quedaba más perdido y más mareado que antes.
—Juan —me dijo—. Oye. ¿Qué te pasa?
—Nada —le dije.
—Oye. Tienes una cara...
Cuando me preguntó eso sentí el calambreo en el brazo y comencé a asustarme y de verdad verdad me comencé a sentir mal.
—No, Julia —le dije—. No me pasa nada.
—Me pareció que te sentías mal —me dijo ella.
El pollo volvió como a pitar y le tapé el pico, la cabeza y todo lo que pude taparle, desgraciado si sigues te ahogo, cállate, y Julia:
—¿Seguro que no te sientes mal, Juan?
Dale con lo mismo:
—¿Segurito, Juan? ¿Seguro que no te sientes mal?
—No, Julia. No. Palabra.
—¿Segurito?
—No, Julia.
—¿Pero seguro que no? No sé, tienes una cara...
—Palabra, te lo juro.
—¿Pero palabra, Juan? ¿No quieres ir al baño, Juan?
No le tiré el pollo porque francamente. Casi se lo estripo en la cara. Y lo peor es que siguió. Ya van a ver:
—Por mí —me decía la desgraciada—. Por mí puedes ir al baño.
—Pero bueno, Julia. Si no quiero ir al baño ¿para qué voy a ir?
—Pero no te dé pena. Anda.
—Julia. Deja la cosa del baño. No tengo ganas.
—No sé, Juan. Estás sudando y tienes una cara, yo sé, te conozco, eres capaz...
—¿Capaz...?
—Capaz de aguantarte por mí.
Eso era lo último.
—¿Aguantar qué?
—Aguantarte. Yo lo sé.
—Bueno, Julia. No me estoy aguantando. Te juro que no.
Por fin como que dejó la cosa y siguió tomando su maldita Cocacola. La odiaba. Juro que la odiaba como nunca. Hasta pensé en lo que me dijo Carlos y me pareció que Carlos no era tan inmundicia como yo lo había pensado. Me pareció que Carlos tenía razón en pensar en esas inmundicias, y le rogué que lo hiciera, que le hiciera inmundicias más asquerosas todavía. Me provocaba matarla. Cuando terminó su Cocacola y dio los últimos chupitos me dijo:
—Bueno, Juanito. Te espero en casa. No faltes —me lo dijo con lástima.
Después miró la caja vacía. Y después se levantó, me echó una sonrisita de "no sufras tanto que la vida no es tan mala" y se fue meneando el culo hasta su impresionante y asquerosísimo Buick negro. Ahí abrió la puerta, levantó las patas para que yo me derritiera con sus pantaletas, y después levantó su dedito y el maldito carro se perdió de vista en la esquina.
¡Dios mío! ¿Por qué pasan esas cosas? Apenas se fue, vuelve el mozo.
Tenía que volver. No podía quedarse quieto. Tenía que volver, llegar con cara de melón y preguntarme con su vocecita de marica dulce:
—¿Le dio miedo dárselo?
¿Por qué todo, por qué me pasa, por qué? ¿Por qué nunca podré, por qué jamás he podido...? ¡Dios mío! Me sentía tan mal...
Metí la cabeza entre los brazos y por fin oí que el mozo se alejaba hacia otra mesa.
Entonces oí las risas. Apenas levanté la cara, vi que el mozo se reía junto a un gordo, y los dos me miraban. Se reían, hablaban un poco y volvían a soltar la carcajada. Yo comencé a sentirme rojo hirviendo, vi que no aguantaba más y que ese rojo hirviendo era cada vez más caliente y me quemaba más la garganta y los ojos y aflojé todo y entonces todo se me fue por los ojos y ya nada me importó entonces, lo juro, ya nada me importaba.
Cuando terminé de llorar, saqué al pobre pollo del bolsillo y me le quedé mirando: estaba tranquilito. Estaba como dormido. Me gustó pasarle la mano por su cabecita, por su cuerpo, y era tibio y bueno, y pensé que nos parecíamos los dos, él y yo, y estaba muy tibio y seguía como dormido. Estaba tan tranquilo que comencé a sentir algo espantoso. Entonces me dio frío y todo asustado lo dejé caer en el suelo.

El antidiario de Frida Kahlo


Tomado de La Jornada (17 de mayo de 2009)
Cuando se consideraba que era difícil generar más libros sobre Frida Kahlo, que aportaran nuevas lecturas e informaciones sobre la vida y la obra de esta pintora, surge el trabajo Con la imagen en el espejo. El autorretrato literario de Frida Kahlo, (Universidad Nacional Autónoma de México), de Cristina Secci, investigadora italiana radicada en México, y especialista en géneros literarios en primera persona.

Basada sobre todo en el “diario y no diario” que Kahlo creó de manera inconstante entre 1942 y 1954, año de su muerte, Secci pudo construir “un análisis sumamente íntimo y al mismo tiempo de objetividad arrasadora, además de una gran transparencia y sobriedad”, como señaló la historiadora del arte Elia Espinosa.

Este sábado, durante la presentación de Con la imagen en el espejo, Espinosa agregó que Secci desarrolla un “finísimo análisis” de la función del espacio en la página de ese “diario y no diario”, además de que recurre a un “método múltiple, riquísimo y complejo”, en el que incluye la semiótica, la historia del arte y su “sensibilidad de mujer de letras”.

En el Museo Frida Kahlo, en el patio de la Casa Azul, Espinosa mencionó, en coincidencia con otras intervenciones, las varias e importantes investigaciones de especialistas como Teresa del Conde, Raquel Tibol o Hayden Herrera, y agregó: “Este libro aporta ese dar en el clavo desde la literatura como disfrute, como abismo terrorífico que abre espacios de lectura que uno no podía imaginar que estaban ahí, porque, desgraciadamente, hemos tenido una lectura, si no de lugares comunes, sí creyendo que el de Frida Kahlo es un diario, y Cristina Secci nos devela que no lo es”.

Tras hablar de elementos importantes en el “antidiario” de Kahlo, como el espejo, la mancha en las hojas y el manejo del “no”, explorados por Cristina Secci, Espinosa comentó que la investigadora ofrece avisoramientos nuevos sobre las dos Frida: la de la realidad y la del reflejo, y al final se verá que “realmente son cuatro”.

La escritora Silvia Molina recordó que en Con la imagen en el espejo. El autorretrato literario de Frida Kahlo, Secci recopila diversos artículos escritos como producto de su creciente curiosidad por la vida y obra de la pintora.

Dijo que tan lejos llegó el interés de Secci por Frida, que a partir de 1999 se instaló en la ciudad de México para hacer una especialidad en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

En su libro, destacó, “hace un análisis exhaustivo sobre lo que es o deja de ser el diario de Frida Kahlo”, una especie de libreta de apuntes, “donde cabe de todo”: cartas, lista de palabras, pensamientos, dibujos y explicaciones de sus cuadros.

La tesis central del libro de Secci, señaló Molina, es que ese cuaderno se constituye en el autorretrato literario de Frida Kahlo, en el que la pintora “se mira a sí misma a través de la palabra y de la imagen, y se da el lujo de reinventarse, como si se mirara a través de su propio espejo”. Y ahí es donde Secci se asoma a la “realidad imaginada” de la artista.

David Turner Barragán, director general de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, dijo: “Lo que nos llamó la atención del proyecto de Cristina Secci, y en esto radica la innovación del libro, fue considerar a Frida desde una perspectiva íntima, desde lo que ella misma veía frente al espejo o frente a las páginas de su diario, que forman un espejo sicológico, que reproduce los cambios de ánimo, la alegría y la angustia de quien la observa”.

Con Espinosa, Molina y Turner estuvieron el embajador de Italia en México, Felice Scauso, Hilda Trujillo, Carlos Phillips Olmedo, como moderador, y la autora, quien leyó un fragmento del singular texto de Frida Kahlo, base de su libro.

jueves, 28 de mayo de 2009

Notas y dibujos de Kurosawa en Internet


Tomado de La Vanguardia
Alrededor de 20.000 bocetos, notas y fotografías del legendario director de cine nipón Akira Kurosawa, entre ellos "storyboards" y notas de producción, están ahora a disposición los internautas. La compañía Kurosawa Production, propiedad del hijo del artista, Hisao Kusosawa, ha digitalizado diversas piezas inéditas en la página web http://www.afc.ryukoku.ac.jp/Komon/kurosawa/index.htmlEl objetivo, según la empresa, es "ayudar a la gente a comprender el proceso creativo" del director, fallecido en 1998.

El hijo del aclamado y prolífico director de películas como "Los Siete Samuráis", "Rashomon" o "Kagemusha" ha habilitado una base de datos de acceso totalmente gratuito con sus creaciones menos conocidas, así como fotos de algunas escenas de sus metrajes.

El hijo de Kurosawa lamentó que por el momento la base de datos sólo se encuentre en japonés, aunque mostró su intención de que próximamente haya una versión en inglés. El archivo en línea cuenta con la colaboración de la Universidad de Ryukoku de la ciudad de Kioto (centro de Japón), especializada en la digitalización y conservación de documentos.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Las confesiones de León Tolstói



Tomado de El Informador
Quién habría podido imaginar que el autor ruso León Tolstói (Yásnaia Poliana, 1828-Astápovo, 1910), cumbre de la novela universal con obras como Guerra y paz y Ana Karénina y apóstol internacional del ascetismo y la no-violencia, fue en su juventud un veinteañero disipado que perdió propiedades en las apuestas y que, como soldado destacado en Chechenia y Crimea, disfrutaba con el placer de ver morir a los hombres en el campo de batalla.

Ese peregrinaje espiritual es el que se puede recorrer en sus diarios y, ahora, en su correspondencia, que se publica por primera vez en español en un volumen anotado que abarca desde su adolescencia, en 1842, hasta su muerte. Recoge desde sus cartas de amor con su idilio de juventud Valeria Arsénieva y con la que después sería su mujer, Sofía Bers, sus viajes por Europa y sus relaciones epistolares con George Bernard Shaw, Gandhi, Rainer Maria Rilke y el zar Nicolás II, entre otros.

El volumen Correspondencia (Acantilado) recoge 387 misivas de un corpus de unas 10 mil cartas conservadas en el Museo Tolstói de Moscú, seleccionadas y traducidas por Selma Ancira (Ciudad de México, 1956), especialista en literatura rusa del siglo XIX (ha vertido al español a Tsvietáieva, Pushkin, Gonchárov y Dostoievsky, entre otros) y que ya tradujo los Diarios del novelista ruso, publicados en dos tomos también en Acantilado en 2002 y 2003.

Gracias a la Fundación Arte y Cultura de México, Ancira pudo instalarse en Moscú para consultar los manuscritos originales y publicar por primera vez los textos sin censura alguna, ni soviética ni de los editores timoratos y poco rigurosos de los años 40 y 50. "Me planteé la edición de los diarios y la correspondencia de modo que cada entrada del diario o cada carta fueran una tesela del mosaico para completar el retrato de cuerpo entero de Tolstói".

Asegura que "hay muchas leyendas sobre Tolstói, pero se ha hablado poco del camino que recorrió hasta convertirse en el gran autor que fue" y añade que "la publicación ahora de su correspondencia conforma, junto a los Diarios, una especie de trilogía autobiográfica".

Camino al ascetismo
En ese peregrinaje epistolar brillan algunas misivas, como la que recoge su rechazo hacia Guerra y paz. "No piense que no fui sincero cuando le dije que en este momento Guerra y paz me resulta repugnante. Hace unos días tuve que echarle una mirada para decidir si debo hacer correcciones para la nueva edición, y soy incapaz de transmitirle el arrepentimiento y vergüenza que sentí al revisar muchos de los pasajes. Era un sentimiento semejante al que experimenta una persona cuando ve las huellas de una orgía en la que participó", escribe un Tolstói cuarentón a su tía Alexandra Andréyevna Tolstaia, en febrero de 1873. "Lo único que me consuela -añade- es que me entregué a esa orgía con toda el alma y en ese momento pensaba que era lo único que existía".

Es un texto en el que trasluce la profunda conversión espiritual que le llevó no solo a rechazar sus grandes obras (también dijo que no podía soportar Ana Karénina), sino a repudiar toda ficción literaria. Ni siquiera lo hizo cambiar de opinión la célebre carta que le mandó Iván Turgéniev, amigo y antagonista, pidiéndole desde su lecho de muerte para pedirle que regresara a la literatura.

Tolstói caminaba ya hacia el ascetismo que, desde su retiro en la casa familiar de Yásnaia Poliana, lo convirtió en un referente moral internacional. "A George Bernard Shaw lo regaña por ser irónico; él no era muy partidario del humor. Consideraba que no había que divertirse cuando aún quedaba tanta injusticia", indica Ancira. Incluso Gandhi le escribió desde Londres para pedirle consejo sobre la situación de sometimiento de los hindúes en Sudáfrica. El viejo aristócrata ruso, convertido ya en un profundo cristiano anticlerical, pacifista y vegetariano, le recomendó aplicar la "no-resistencia", ya que "la práctica de la violencia no es compatible con el amor como ley fundamental de la vida", una idea que el líder indio hizo suya tiempo después durante la colonización de la India. La carta está firmada en septiembre de 1910, dos meses antes de su muerte.

Trabajo titánico
El trabajo de traducción ha sido titánico: cuatro años de investigación y uno de producción. Todo comenzó en 2003, cuando Ancira viajó hasta Moscú para consultar los archivos del Museo Tolstói. En la dependencia conocida como "Habitación de acero" se encuentran los manuscritos, alojados en cajas metálicas "como las de un banco". Se trata de unas 10 mil cartas, escritas en ruso, francés e inglés, a las que la experta mexicana tuvo acceso gracias a un permiso oficial. Junto a la especialista del museo Tatiana Nikiforova, la traductora buceó durante meses entre miles de cartas para desvelar la complicada caligrafía del escritor ruso y para recuperar las palabras que la censura soviética consideró "políticamente incorrectas" en la edición de las Obras Completas, publicadas entre 1928 y 1958. Se trata de 90 tomos, cuyos últimos 32 volúmenes recogen la correspondencia del conde, a los que se añaden epistolarios dedicados a hermanos y otros autores.

El retrato del noble ruso, autor de La muerte de Ivan Ilich, se completa con las cartas que mantuvo con sus siete hijos ("fue un padre diferente para cada uno; no les exigía más de lo que se exigía a sí mismo") y en las que explica sus proyectos pedagógicos para la formación del campesinado. No en vano, Tolstói fue un autor idolatrado por el líder de la revolución rusa Vladímir Lenin.Ancira, que ya se ha puesto manos a la obra para traducir algunos relatos del autor ruso pendientes, como Tempestad de nieve, concluye que con el volumen de Correspondencia se cierra la gran "trilogía autobiográfica" reconocido novelista y pensador ruso. Es, en definitiva, una crónica en primera persona de una conversión espiritual radical, de conde a monje.

Carta a Sofía
"Mi partida te afligirá… Lo lamento, pero entiéndeme y créeme que no podía hacer otra cosa. Mi situación en casa se vuelve, se ha vuelto insoportable. Además de todo lo demás, no puedo seguir viviendo en estas condiciones de lujo en las que he vivido hasta ahora, y hago lo que suelen hacer los ancianos de mi edad: se retiran de la vida mundana para vivir en paz y en soledad los últimos días de su vida. Por favor, entiéndelo y no vayas a buscarme si te enteras de dónde estoy. Eso no haría sino empeorar tu situación y la mía, pero de ninguna manera modificaría mi decisión. Te agradezco esos honestos cuarenta y ocho años de tu vida conmigo y te pido que me perdones por todo aquello de lo que sea yo culpable frente a ti, como yo te perdono de todo corazón por todo aquello de lo que puedas ser culpable frente a mí", le escribió Tolstói a su mujer en 1910.

lunes, 25 de mayo de 2009

El dolor de Enriqueta Arvelo Larriva (algunos textos)



Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1962)



" Toda la mañana ha hablado el viento

una lengua extraordinaria

He ido hoy en el viento.

Estremecí los árboles.

Hice pliegues en el río.

Alboroté la arena.

Entré por las más finas rendijas.

Y soné largamente en los alambres

Antes -¿recuerdas?-

pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías. "


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“Y descanso en la fuga de tus ojos vencidos

Y soy ligera y simple, como hilos sin perlas;

ágil como la gota del borde.”

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“En pleno campo

asaltóme el miedo.

Y me inquietó el trino claro

y el emboscado ruido.

El sol en acción,

la tendida sombra.

La quietud del tronco,

el estremecimiento de la rama viva.”

El periodismo familiar de Günter Grass


El Premio Nóbel alemán publica, en castellano y catalán, su última obra, "Die Box", una tertulia filial que pretende completar su autobiografía desde los sesenta a los noventa


Tomado de La Vanguardia

A sus 81 años, Günter Grass nos regala un nuevo relato. "Die Box", La caja, se llama ("La Caixa dels desitjos", en catalán). Se presenta como una especie de segunda parte de su autobiografía, iniciada en 2006 con "Beim Häuten der Zwiebel" (Pelando la cebolla). Si aquella cebolla nos dejaba en 1956, cuando el escritor publicaba su "Tambor de hojalata", Die Box parte de aquella época y continúa. Consiste en lo siguiente:

"Había una vez un padre que al ver que ya era un viejo convocó a sus hijos e hijas –cuatro, cinco, seis, ocho, eran- hasta que, después de muchas vacilaciones, le hicieron caso." El libro trata de esto. Grass sienta a sus hijos, resultado de cuatro matrimonios, en una mesa, en diversas sesiones, les pone una grabadora para que hablen de su vida-infancia (las diferencias de edad entre ellos son importantes) y él se va. Pero es el centro. Lo que resulta es un relato, en el que el padre pretende verse a si mismo a partir de los testimonios de sus hijos. Hijos "desestructurados", que han vivido separados, con continuos cambios de casas, a merced del patriarca egoísta.


Grass, que lleva años instalado en la autobiografía, sin escribir unas verdaderas memorias sino una mezcla de recuerdos y creación literaria con elementos de ficción, ofrece en Die Box una nueva entrega de eso. No hay en ella un fresco de la vida alemana "entre los sesenta y los noventa", como se ha dicho. Las referencias al exterior, son meras pinceladas y no alcanzan ni de lejos. Tampoco hay un diálogo entre hermanos con un hilo argumental que sostenga un sólido retrato íntimo. Lo que hay es una especie de "periodismo familiar", una anárquica tertulia de los hijos sostenida por las fotos de un personaje ausente que representa la única continuidad familiar y nexo de unión del grupo, la Señora Maria (Marienchen), que no se sabe de donde sale y se mantiene en una nebulosa para abonar el componente pretendidamente "mágico" de la narración. La Señora Maria es la fotógrafa Maria Rama, fallecida en 1997, que vivió gran parte de su vida en las diversas casas del escritor y, quizá, fue su amante en algún momento, como sospechan los hijos.


La prosa es pesadota: "En la feria había hasta unas sillas voladoras del año de la quica... Si, porque no viniste nunca de visita... Porque... Entonces podrías haber subido diez veces seguidas con tu papa... Porque yo... Y seguro que nuestra Marienchen, con su caja, os habría fotografiado a los dos..."


Sin duda hay algo de talento en conseguir que éste tipo de prosa no se haga del todo insoportable a lo largo de casi doscientas páginas, pero ¿qué más?.


"Es escritura autobiográfica, pero a mi manera, contando historias", explicó el Premio Nóbel en una entrevista de prensa el pasado octubre. "Estaba interesado en cómo mis hijos veían a su padre, con aquella máquina de escribir Olivetti pasada de moda, continuo escribiendo en ella, ¿sabe?, tengo cuatro, reuní a todos mis hijos y ellos hablan de aquella época en relación conmigo".


La obra de Grass ha practicado el "Vergangenheitsbewältigung", el deporte intelectual alemán consistente en machacarse mentalmente con el pasado, y esta obra tiene algo de versión familiar de eso. En agosto de 2006, Grass se convirtió en el símbolo de la ambigüedad de ese deporte nacional cuando, tras décadas practicando su papel de conciencia viva de la nación y martillo de su pasado, confesó, el angelito, que a sus tiernos 17 años había sido miembro de las Waffen-SS.


"Después de sesenta años, ésta confesión llega un poco tarde, no puedo entender cómo alguien que durante décadas se presentó como autoridad moral, y de forma petulante, haya podido sacarse esto de encima", comentó el biógrafo de Hitler, Joachim Fest. Quizá el "Vergangenheitsbewältigung" consista precisamente en esto.


El diario Frankfuerter Allgemeine Zeitung, ha dicho de "Die Box" que es un libro, "sin propósito ni misión" que no puede ser utilizado como medio de transporte de un mensaje. La pregunta, entonces, es ¿qué es?. Y el momento estelar del libro no es alemán. Es la frase que la nuera mexicana del autor dedica a todo el asunto, esa tertulia filial, descrito por la mujer como, "una mesa muy alemana"; "no juzguéis a vuestro padre y alegraros de que aun esté vivo", dice.

Mario vargas Llosa también apuesta por el papel


Tomado de El Mundo
El escritor peruano nacionalizado español, Mario Vargas Llosa, apuesta por la supervivencia del libro frente a Internet, y advierte de que "si la literatura se hace solo para las pantallas, se empobrecerá".
En una entrevista con el diario El Tiempo de Colombia, el autor de 'La fiesta del Chivo' declaró que "la gran amenaza son las máquinas que puedan acabar con el libro. No sabemos qué va a pasar con ese desafío para la literatura que es la pantalla".
Ante la pregunta de si las nuevas tecnologías aniquilarán o coexistirán con el formato en papel del libro, responde que "eso está por decidirse y muy pronto. Mi apuesta es por que el libro sobreviva."
El escritor explica que "no es que esté en contra de la Red" pero cree que "si la literatura se hace solo para las pantallas se empobrecerá, porque la pantalla hace que pierda profundidad y riesgo". Pone como ejemplo el envío de cartas. "La correspondencia se había acabado casi y ahora con internet resucitó" reconoce, "pero es una caricatura de lo anterior, que se hacía con gran cuidado".
Para Vargas Llosa, "la tecnología imprime a la literatura una cierta superficialidad. En la pantalla se escribe informalmente, no infunde respeto." El papel, en cambio, "infunde un respeto casi religioso al escritor. Uno se queda pasmado de la indigencia gramatical de los textos hechos para internet", dijo.
La pantalla, terminó, "incita al facilismo, a la frivolidad y el rigor desaparece".

domingo, 24 de mayo de 2009

Algunos papelitos que dejó Cortázar


El diario El País de España divulgó unos cuatro textos de Julio Cortázar que habían permanecido inéditos hasta su reciente publicación en "Papeles inesperados". Son textos que en su momento fueron descartados por el autor pero que ahora, a 25 años de su muerte, llegan con más de su ingenio para sus expectantes lectores

A mi tocayo De Caro
Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.

Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.

Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.

Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.

Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.

En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades... En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.

Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo.

Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba tan (...)

Historias de cronopios
Vialidad
Un pobre cronopio va en su automóvil y al llegar a una esquina le fallan los frenos y choca contra otro auto. Un vigilante se acerca terriblemente y saca una libreta con tapas azules.
-¿No sabe manejar, usted? -grita el vigilante.
El cronopio lo mira un momento, y luego pregunta:
-¿Usted quién es?
El vigilante se queda duro, echa una ojeada a su uniforme como para convencerse de que no hay error.
-¿Cómo que quién soy? ¿No ve quién soy?
-Yo veo un uniforme de vigilante -explica el cronopio muy afligido-. Usted está dentro del uniforme pero el uniforme no me dice quién es usted.
El vigilante levanta la mano para pegarle, pero en la mano tiene la libreta y en la otra mano el lápiz, de manera que no le pega y se va adelante a copiar el número de la chapa. El cronopio está muy afligido y quisiera no haber chocado, porque ahora le seguirán haciendo preguntas y él no podrá contestarlas ya que no sabe quién se las hace y entre desconocidos uno no puede entenderse. (1952)

Almuerzos
En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere.
-¿Cómo cuántas? -vocifera el fama-. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!
-Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho -explica el cronopio.
El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:
-Vea, mi amigo, váyase al carajo.
Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás dónde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito. (1952-1956)

'Never stop the press'
Un fama trabajaba tanto en el ramo de la yerba mate que-no-le-quedaba-tiempo-
para-nada. Así este fama languidecía por momentos, y alzando-los-ojos-al-cielo exclamaba con frecuencia: "¡Cuán sufro! ¡Soy la víctima del trabajo, y aunque ejemplo de laboriosidad, mi-vida-es-un-martirio!".
Enterado de su congoja, una esperanza que trabajaba de mecanógrafo en el despacho del fama se permitió dirigirse al fama, diciéndole así:
-Buenas salenas fama fama. Si usted incomunicado causa trabajo, yo solución bolsillo izquierdo saco ahora mismo.
El fama, con la amabilidad característica de su raza, frunció las cejas y estiró la mano. ¡Oh milagro! Entre sus dedos quedó enredado el mundo y el fama ya no tuvo motivos para quejarse de su suerte. Todas las mañanas venía la esperanza con una nueva ración de milagro y el fama, instalado en su sillón, recibía una declaración de guerra, y/o una declaración de paz, un buen crimen, una vista escogida del Tirol y/o de Bariloche y/o de Porto Alegre, una novedad en motores, un discurso, una foto de una actriz y/o de un actor, etc. Todo lo cual le costaba diez guitas, que no es mucha plata para comprarse el mundo. (1955)

viernes, 22 de mayo de 2009

"Es que somos muy pobres" de Juan Rulfo



Foto de Juan Rulfo


Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada. Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río. El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar enseguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño. Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta. A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente. Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años. Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos. No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen. Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo. Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él, estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba. Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos. La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes. Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima. Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas. Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita. La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere. Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos." Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención. -Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal. Ésa es la mortificación de mi papá. Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella. Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.


De El llano en llamas, 1953

jueves, 21 de mayo de 2009

"Las líneas de la mano" de Julio Cortázar



De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en este instante empieza a cerrarse sobra la culata de una pistola.

De Historias de cronopios y de famas, 1962

Publicaciones póstumas, la nueva polémica de Julio Cortázar

Tomado de Público.es
“Cuando muera, mis herederos publicarán hasta mis calcetines". El poeta chileno Pablo Neruda lo intuía. El fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson, también y por eso quemó sus negativos. Virgilio destruyó algunos de sus poemas e intentó quemar La Eneida. El amor anciano de Jorge Luis Borges por María Kodama no encontró remedio para la publicación póstuma de una novela juvenil.

A 25 años de su muerte, Julio Cortázar, el cronopio, regresa la próxima semana con Papeles inesperados (Alfaguara), una compilación de textos encontrados en un mueble de su casa parisina por su viuda, albacea y heredera universal, Aurora Bernárdez, que abre el debate sobre las publicaciones póstumas.

En la reciente Feria del Libro de Buenos Aires, los lectores saludaron la novedad con voracidad consumista e hicieron de Papeles uno de los libros más vendidos. En su encuentro con el público, el editor y primer fanático de Cortázar, Carles Álvarez Garriga, le dio un viso paradisíaco a los textos terrenales descartados en vida por Cortázar y los llamó "un regalo desde el más allá" para "la secta de cortazarianos".

El volumen de casi 500 páginas incluye 11 relatos, 13 poemas, un nuevo capítulo del Libro de Manuel, 11 episodios de Un tal Lucas y tres historias de cronopios.

¿Pero dónde queda la voluntad del autor, en su testamento o en la consonancia con sus decisiones en vida? ¿Es lícito publicar las sobras de un artista después de muerto? El autor de Rayuela, Bestiario y Las Armas Secretas, entre otros, tuvo décadas enteras para publicar los textos que ahora ven la luz. ¿Por qué no lo hizo?

Pese a la autorización de Cortázar a Bernárdez para decidir qué hacer con su obra, ¿es lícito publicar el capítulo de Libro de Manuel, supuestamente dejado de lado por ser "redundante y por su alto contenido erótico"? ¿O los cronopios separados en decisión conjunta con Paco Porrúa? De lo encontrado, ¿es todo publicable? ¿Qué orden se le da al libro? Y, sobre todo, ¿qué agrega al autor?

Para Graciela Speranza, crítica literaria y profesora de la Universidad de Buenos Aires, el debate no debe centrarse en la ética, dado que Cortázar legó su herencia a Bernárdez. "Cortázar no hubiera dejado en ese mueble nada que no hubiera querido que se publicara o que lo avergonzara", descarta. La cuestión, publicar o no, según Speranza, pasa entonces por otro lado: qué publicar.

"El escrito póstumo es siempre un fetiche. Creo que Papeles inesperados es el resultado de una viuda y un editor que se ciegan por lo que tienen en la mano. No toman distancia y terminan publicando sin un criterio estricto. Falta una selección más dura", opina Speranza.

Cuestión de criterio
La ensayista sabe por qué hace la acotación. Cortázar, afirma, se revela en su correspondencia, también publicada por Alfaguara, como un escritor que seleccionaba estrictamente su obra. "Lo demuestran sus cartas con Paco Porrúa, con quien discutía mucho", dice.

No es el caso de Papeles. Entre las sobras, Speranza no duda en mencionar los poemas -"más sabiendo que no se consideraba un poeta"-, las autoentrevistas en clave "defensiva", el capítulo de Libro de Manuel o los nuevos cronopios, que Porrúa apartó. El límite que marca la crítica literaria Speranza está en la calidad sobre la novedad y en respetar algunas decisiones en vida del autor en función de ese criterio. "Mi sensación es que no dejaron nada afuera", afirma.

Sin embargo, rescata algunos textos donde Cortázar borda su estilo. Es el caso de Bajo Nivel (1978) o de Manuscrito hallado junto a una mano (1955), donde, a partir del ambiente de la música clásica tomado de su experiencia personal, el cronopio construye un cuento que condensa el mundo cortazariano, donde el humor y la prosa sencilla y rítmica repiten su mejor versión.
¿Por qué no habrá querido publicar un texto con semejante destreza narrativa? ¿Qué idea tenía de su propio universo fantástico? "Son preguntas que me hago y me dan una pauta de todo lo que elaboró antes de publicar los cuentos de Bestiario. Me demuestra que no era un escritor ansioso, sino muy crítico, convencido de escribir bien antes de ser escritor", agrega.

En todo caso, para esta crítica, uno de los errores que hay que evitar es leer 'Papeles inesperados' como una publicación de Julio Cortázar. "Está claro que yo leo esta obra como sus sobras. No son vitales a su obra y no agregan nada que no se pueda releer en sus mejores textos. Aun así, nos sorprende, nos muestra su vitalidad y explica por qué los jóvenes lo siguen leyendo".
"¿Cuánto habría perdido la literatura universal si Max Brod hubiera seguido los designios de Kafka?", preguntan los que defienden la publicación con la idea de un bien común por encima de cualquier argumento.

Alan Pauls, autor de El Pasado responde a Público: "Si Kafka hubiera querido que su obra fuera destruida, lo habría hecho él mismo. El famoso pedido a Brod es sólo un acting kafkiano. No todo lo que se ha publicado tiene el nivel de En la colonia penitenciaria, pero tal vez a partir de cierto umbral el nivel o la calidad no sean ya criterios demasiado pertinentes".

Para Pauls, los que se indignan ante las publicaciones póstumas nunca son los escritores. "Son todos los que tienen algún interés en el campo en el que los textos de ese escritor muerto siguen operando. Es un problema político. Quizá la función de esos restos que se publican una vez muertos los autores sea precisamente esa: alborotar la vida literaria". Una suerte de venganza y vigencia, dos pájaros de un solo tiro.

Atentado de los viudos
Pasado el dilema ético, está el dilema de qué publicar. Ahí es donde Pauls afila el cuchillo: "Los legados de los escritores deben ser puestos en manos de comités de gente inteligente, notable o especializada capaz de administrarlos con sabiduría. Viudas y viudos atentan contra la supervivencia de la literatura, como también el mero oportunismo o el afán de recaudar dinero con los despojos de un muerto", agrega.

A título personal, Pauls se pone en la piel del escritor muerto y dice que daría carta libre a sus herederos para que hiciesen lo que mejor les convenga. "Ellos me necesitarán a mí mucho más que yo a ellos. Pero una vez concluida la fase de hibernación, volveré y me vengaré de todas las maniobras inescrupulosas que hayan hecho", explicó cargado de sátira.

A diferencia de Kafka, Cortázar fue un autor sumamente prolífico. "No fue Rulfo, que apenas publicó", dice Sara Facio, amiga y fotógrafa del escritor, que lo inmortalizó en la foto en la que Cortázar aparece joven con un cigarrillo en la boca.

"Yo me negué a dar las cartas a Alfaguara porque eran correspondencia privada. Tengo un cajón lleno de cartas de Neruda, Cortázar y María Elena Walsh. Si mis herederos las publican, que caiga mi maldición sobre ellos", ríe.

En tono serio, la reconocida fotógrafa confiesa que siente escalofríos sólo con pensar en las publicaciones póstumas: "Me dan ganas de ir a mi archivo y quemar todos mis negativos... Nadie sabe qué va a morirse con uno cuando ya no esté aquí. Creo que no debería publicarse algo que el autor no publicó. No añade nada nuevo a la obra de Cortázar y no sé si hay un derecho ético de hacerlo".

Nunca muerto
En el matutino argentino Página 12, el escritor Martín Kohan saludó la publicación de Papeles inesperados como una suerte de venganza para quienes disputan la talla de Julio Cortázar en una Argentina que lo vive todo con ojos antagonistas (River-Boca, Peronismo-Radicalismo, Borges-Cortázar) y que dieron por muerto al cronopio.

"A Julio Cortázar, es decir a su literatura, se le suele dar por muerto con sospechosa recurrencia", escribe el propio Kohan y cita un estracto del cuento inédito La daga y el lis: "¿Por qué habría de negarme al testimonio de quien, al menos en apariencia, supo escribir después de muerto?".

Todo apunta a que a Julio Cortázar le queda mucha literatura dentro todavía.

Esos papelitos guardados en una cómoda

Antevíspera de la Navidad de 2006, día de autosCarlos Álvarez Barriga (Barcelona, 1968) investigaba para su tesis sobre Julio Cortázar y entró en contacto con Aurora Bernárdez, la viuda del escritor. Tras tres días hablando sin parar “de la vida en general y de la vida de los Cortázar en particular”, Aurora le dice “que tenía algo, unos papelitos a los que quizá le interesaría echar un vistazo”. Abrió un cajón y sacó “un puñado de hojas de varios tamaños y colores”, explica Álvarez Barriga, editor del libro que publica la semana que viene Alfaguara. Siguió sacando papeles.

¿Dónde están los fondos que conservan los originales?Los más importantes están localizados en dos lugares: en la Universidad de Texas en Austin, con una serie de escritos vendidos por el propio Cortázar en 1982. Y en la Universidad de Princeton, donde estaban los papeles del legendario mueble que Cortázar dejó a su muerte. De ese mueble de plástico en el que había de todo, salieron libros póstumos como ‘Dos juegos de palabras’, ‘Divertimento’, ‘El examen’, ‘La otra orilla’, ‘Teoría del túnel’, Diario de Andrés Fava’, ‘Imagen de John Keats’ y ‘Cuaderno de Zihuatanejo’.

¿Serán los últimos papelitos de Cortázar en ver la luz?El título del libro, ha señalado el editor de estos textos, se debe precisamente a que “nadie podía esperar que hubiera tanto inédito de Cortázar”, reconoció en Sevilla a Efe el propio Carles Álvarez Garriga. Además, apuntaba que la vida literaria de Cortázar no se puede dar por cerrada, porque “sin duda seguirán apareciendo textos inesperados”. No parece que estemos ante la “edición definitiva”.

martes, 19 de mayo de 2009

Umberto Eco en defensa del papel


Tomado de El País
Umberto Eco acaba de publicar un libro en Italia con el significativo título de No esperéis libraros de los libros y este martes, en Madrid, defendió la pervivencia del papel frente a los soportes digitales. Pero el reputado semiólogo y popular novelista no apoya el invento de Gutenberg por razones nostálgicas, sino por variados argumentos que desgrana en el citado libro que ha surgido como fruto de un debate con el cineasta francés Jean Claude Carriere. "Desde luego", comentó Eco en una multitudinaria conferencia de prensa, "si tuviera que dejar un mensaje de futuro para la Humanidad, lo haría en un libro en papel y no en un disquete electrónico. Esta mañana he visitado la Biblioteca Nacional y he visto libros que tienen 500 años de antigüedad y si considero los manuscritos he visto algunos ejemplares escritos hace 1.000 años. Ahora bien, no sabemos cuánto puede durar un disquete de ordenador. Los llamados discos flexibles han muerto antes de agotar su capacidad de almacenamiento de datos. En cualquier caso, hemos escrito un libro de 350 páginas para argumentar la larga vida que aguarda al libro en papel".

A juicio de Umberto Eco (Alessandria, Piamonte, 1932), que recibió la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid, "los nuevos medios de expresión que han surgido a lo largo de la historia, no han matado, no han eliminado a los anteriores". Así pues ni el cine terminó con el teatro ni la televisión obligó a desaparecer a la radio. "Es cierto", señaló el autor de El nombre de la rosa y de otro medio centenar de títulos, tanto de narrativa como de ensayo, "que desconocemos todavía la dimensión del fenómeno de Internet. Ahora bien, en un libro o en una obra de teatro sabemos quién es el autor o la tendencia ideológica, mientras que Internet se presta a una especia de mermelada comunicativa en la que todos hablan igual como sucedió con las emisoras de radio hace unos años". No se mostró tan seguro el filósofo italiano, catedrático de Semiótica durante décadas en la Universidad de Bolonia, sobre el futuro de los periódicos en papel.

"El libro electrónico", afirmó, "no sustituirá a los libros en papel, pero es probable que los soportes digitales releven a los diarios. Está claro que los periódicos ya sufrieron una crisis con la irrupción masiva de las televisiones. A partir de ese momento los informativos de televisión ofrecen las noticias en forma de telegrama, mientras el diario del día siguiente proporciona los temas con la extensión de una carta. Una de las alternativas que se abren para los diarios pasa profundizar en las noticias y generar un debate sobre ellas. Hegel dijo que la lectura de los diarios por la mañana eran el rezo matutino del hombre moderno, pero no sé si mi nieto querrá rezar de esa manera".

Sin su característica barba y apoyado en un bastón, Eco no ha perdido, a pesar de sus 77 años, ni un ápice de vigor intelectual ni de simpática ironía. Rodeado por una auténtica nube de fotógrafos, como si se tratara de una estrella de cine, visiblemente contento por recibir un premio en España, el escritor no ahorró críticas para sus compatriotas ni para el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. Vino a decir que los italianos tienen los políticos que se merecen cuando repasó la historia reciente de un país que apoyó al fascismo durante dos décadas, que mantuvo a gobiernos de la Democracia Cristiana durante medio siglo y que, en la actualidad, ha encumbrado como primer ministro a "un cuentachistes que se muestra como un caudillo".

Al contestar a una pregunta sobre el libro que le regalaría a Berlusconi, este doctor honoris causa por más de 30 universidades de todo el mundo declaró: "No le regalaría ninguno porque él mismo ha dicho que hace 20 años que no lee, aunque a la vista de las últimas noticias, le regalaría Lolita, de Nabokov". No esquivó ninguna cuestión sobre política y, fiel a su fama de intelectual polémico y con voz propia, llegó a definir el terrorismo como "la explosión de violencia con fines políticos cuando no hay guerras". "Entre 1939 y 1945 no hubo terrorismo, pero murieron 55 millones de personas en una guerra", apostilló.

Un futuro llamado Mario Benedetti


Una fundación gestionará la obra del poeta, que deja dos libros inéditos


Tomado de El País

Con la muerte de Mario Benedetti nace la Fundación Mario Benedetti. El poeta uruguayo, que falleció el domingo en Montevideo a los 88 años, dispuso que la fundación que ha de llevar su nombre sólo se constituyera cuando él hubiera muerto. "Algo así en vida le parecía una falta de humildad", recordó ayer a este diario su amigo y agente literario Guillermo Schavelzon, que formará parte del patronato de la futura institución junto a, entre otros, el escritor Eduardo Galeano, el músico Daniel Viglietti y el periodista Juan Cruz.

El autor de Poemas de la oficina perdió en 2006 a su esposa, Luz López, no tenía hijos y su único familiar directo es su hermano Raúl, que tampoco tiene descendencia. Así pues, la Fundación Mario Benedetti, que se constituirá próximamente en la capital uruguaya, será la encargada de velar por su obra, amén de, tal y como dejó establecido el escritor, apoyar la labor de jóvenes poetas en lengua española.

Una de las primeras labores de la fundación será cuidar de la publicación de los textos que Benedetti dejó terminados e inéditos: un libro de poemas y otro de textos breves. El primero, Biografía para encontrarme, consta de 66 poemas y el escritor de Paso de los Toros se lo entregó hace meses a Jesús García Sánchez, responsable de Visor, la editorial española de sus poemas "desde hace 15 libros". En 1991 publicaron juntos Las soledades de Babel y desde entonces Benedetti comentaba y discutía con él cada nuevo poemario. De aquellas charlas salían las versiones definitivas. También los poemas excluidos, de los que más de 200 quedaron en manos de García Sánchez. ¿Se publicarán? "Biografía para encontrarme saldrá en septiembre. El resto, no. Lo desechado por Mario, desechado queda", dice el editor, que acaba de publicar Inventario Cuatro, un nuevo tomo de su poesía reunida. "Se lo envié urgente pero no ha llegado a verlo", cuenta García Sánchez, que destaca la confianza que siempre hubo entre ambos: "Ni contrato tengo".

Schavelzon es de la misma opinión respecto a los inéditos: "Tiene una obra tan grande que no es necesario hurgar en los cajones. Tampoco creo que aparezcan cómodas llenas de inéditos". El agente del escritor descarta, además, que éste dejara una novela inédita: "Hace siete años dijo que la novela era ya un género que le excedía. Y desde hace dos no escribía más que textos breves". Son los que dieron lugar a un título como Vivir adrede, publicado por Alfaguara en 2007. Y los que se forman el libro inédito que Benedetti dejó terminado pero sin título.
Alfaguara, de hecho, ha relanzado este año varios títulos de narrativa del autor uruguayo, de Primavera con una esquina rota a Geografías pasando por su novela más popular, La tregua, que desde que se publicó en 1960 ha vendido dos millones de ejemplares en español. En 1977 fue adaptada el cine por el argentino Sergio Renán.

La muerte de Mario Benedetti ha tenido una repercusión en el mundo de habla hispana inusitada para un poeta. Los Gobiernos de Argentina y Cuba, países en los que el escritor vivió exiliado, manifestaron oficialmente su pesar por su fallecimiento. En un Montevideo lluvioso, la capilla ardiente con sus restos fue instalada ayer en el Salón de Pasos Perdidos del Parlamento uruguayo, donde fueron recibidos por el presidente de la República, Tabaré Vázquez, y por el que desfilaron escritores, músicos, embajadores y cientos de admiradores del autor de El mundo que respiro. El presidente de la Academia Nacional de las Letras de Uruguay, Wilfredo Penco, recordó que con la muerte de Benedetti y con la de su compañera de generación Idea Vilariño, fallecida el 28 de abril, "un Uruguay se está clausurando progresivamente. Ya no es el mismo de aquella brillante generación del 45 que ellos personificaron tan cabalmente", informa Efe. Mario Benedetti será enterrado hoy en el Panteón Nacional.El presidente de Uruguay veló los restos del escritor en el Parlamento

domingo, 17 de mayo de 2009

La anunciada ausencia de Benedetti


Algunos llegaron incluso a decir que lo que Mario Benedetti hacía no era literatura. Muchos académicos lo desestimaban por simplista, quizá por lo extremadamente cercano que podía resultarle a cualquier lector desprevenido.
En lo más humilde de mis reflexiones creo que esa aproximación es precisamente el fin último de la literatura. Porque quien escribe lo hace para sí mismo, pero muy en el fondo de sus entrañas sabe que lo hace también para los demás. La mayor sinceridad con uno permite la máxima proximidad con los otros. A veces ese nexo se tiñe de preciosismos, de jugueteos locos con las palabras, de exhibicionismo puro... Otras veces, es tan simple como quien se para ante el espejo y se desnuda antes de darse una ducha. ¿Qué puede lograr una mayor conexión con los demás?
Sólo sé que Mario Benedetti logró esa máxima conexión. No me atrevo a decir si se trató del descubrimiento de una fórmula mágica para escribir o de un hondo trabajo creativo. Lo único que puedo afirmar a estas horas es que me pesa profundamente su silencio y que sólo me quedan sus textos para el reencuentro.

Por Carmen Rosa Gómez


Tomado de La Jornada
Montevideo. Gracias por el fuego podrían ser las palabras para despedir al escritor uruguayo Mario Benedetti, quien falleció este domingo (17 de mayo de 2009) en la capital de su país a los 88 años, informaron medios locales.
El autor de La Tregua (1960), que fue traducida a 13 idiomas y adaptada para el teatro y el cine, era uno de los escritores más apreciados por el público local y había sido dado de alta a principios de mes de un hospital privado por una enfermedad intestinal.
El poeta y novelista nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de Los Toros, aunque creció en Montevideo donde realizó sus estudios primarios.En 1949 publica su primer libro de cuentos Esta mañana, y dos años más tarde su primer novela Quien de nosotros.
Debido a la situación política de su país, se exilió primero en Argetina y años más tarde en Cuba y España.
En la docencia, se desempeñó como director del Departamento de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de Montevideo.
Entre los galardones que recibió destacan el Reina Sofía de Poesía, Premio Jristo Botev de Bulgaria, por obra poética y ensayística. También en 1987, Amnistía Internacional lo reconoció con la Llama de Oro por Primavera con esquina rota.
Tuvo una breve aparición en la película El lado obscuro del corazón en donde personificó a un marinero quien en alemán recita sus propios poemas.
Los títulos más destacados de su obra son Gracias por el fuego (1965), Inventario I y II, Poemas de la oficina, Poesía de hoy por hoy, El cumpleaños de Juan Angel (1971), Pedro y el Capitán (1979) así como De insomnios y duermevelas.

Tomado de El País
"La vida es una máquina / para la que no hay respuestas / ni repuestos". Eso dicen unos versos de Máquina, un poema incluido en Testigo de uno mismo, el último libro de Mario Benedetti, publicado pocos días antes de su muerte y lleno, no ya de versos finales sino, como decía él mismo, gran futbolero, de "versos semifinales".

Puede que Benedetti supiera más de repuestos que de respuestas. De hecho, uno de sus muchos primeros trabajos lo consiguió en una empresa de recambios del automóvil. Recaló en ella después de dejar colgado el bachillerato y de pasar por el Liceo Alemán de Montevideo. También después de pasar penurias porque un falso amigo estafó a su padre, químico, vendiéndole una farmacia vacía. Fue en Tacuarembó, la capital del estado al que pertenece Paso de los Toros, el pueblo en el que nació Mario Benedetti en 1920.

En 1945 publicó su primer libro, La víspera indeleble, un poemario que nunca quisó reeditar. Contaba Benedetti que su visión de la lírica cambió al descubrír en Buenos Aires la poesía "sencilla y clara" de Baldomero Fernández Moreno. Hasta entonces, la poesía que se escribía en el Río de la Plata estaba tejida con un léxico de importación: "Los poemas estaban llenos de corzos y gacelas. Animales que aquí no hay", recordaba el autor de Poemas de la oficina (1956).

Puede que éste sea el libro en el que aparece ya madura la voz del Benedetti más conocido: sencilla, irónica, sentimental, como dicha en medio de una conversación. En un tiempo en el que la poesía parecía hecha para ser declamada engolando las esdrújulas en un campo de fútbol, el escritor uruguayo se unía al tono cercano de Nicanor Parra y Ernesto Cardenal. De esa pasta están hechos títulos como Noción de patria (1963), Poemas de otros (1974), Cotidianas (1979) y El olvido está lleno de memoria (1995). Esos libros le valieron en 1999 el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el más importante del género, pero, sobre todo, le valieron el fervor de un público que se identificaba con poemas amorosos como Corazón coraza, Hagamos un trato o Táctica y estrategia. Las canciones de Daniel Viglietti o Joan Manuel Serrat y un filme como El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, no hicieron más que multiplicar la fama del poeta más popular de América Latina después de Neruda.

Además de poesía, Mario Benedetti escribió de todo: artículos de periódico, ensayos, teatro y narrativa. En 1960 publicó La tregua, una novela adaptada para el cine por Sergio Renán que en 1977 optó al Oscar que terminaría llevándose Amarcord.

Su compromiso con la izquierda uruguaya le costó, tras el golpe de Estado de 1973, un exilio que le llevó a Cuba y de allí a España, después de ser expulsado de Perú por un policía que se quedó dormido mientras él hacía las maletas y, de paso, se deshacía de documentos comprometedores. Al despertar sólo acertó a decir: "Por favor, no se lo diga a mis jefes". Mario Benedetti tardó 10 años en volver a Uruguay. Hacía ya tiempo que había escrito que su noción de patria era "la urgencia de decir nosotros".


Cerrar los ojos
Cerremos estos ojos para entrar al misterio
el que acude con gozos y desdichas
así
en esta noche provocada
crearemos por fin nuestras propias estrellas
y nuestra hermosa colección de sueños
el pobre mundo seguirá rodando
lejos de nuestros párpados caídos
habrá hurtos abusos fechorías
o sea el espantoso ritmo de las cosas
allá en la calle seguirán los mismos
escaparates de las tentaciones
ah pero nuestros ojos tapados piensan sienten
lo que no pensaron ni sintieron antes
si pasado mañana los abrimos
el corazón acaso se encabrite
así hasta que los párpados
se nos caigan de nuevo
y volvamos al pacto de lo oscuro

"Casa tomada" de Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

De Bestiario, 1951