martes, 29 de diciembre de 2009

A medio siglo de ver la luz, “El perseguidor” se reedita


... José Muñoz ilustra 'El perseguidor' de Cortázar en el 50 aniversario de su publicación

Tomado de El País
"Demasiado frágil para durar", como lo definió el trompetista Dizzy Gillespie. A Charlie Parker le bastaron 34 años de vida para renovar la estética del jazz y convulsionar la concepción que del estilo existía hasta los cuarenta. Cinco años después de su muerte, Julio Cortázar homenajeó su fugaz existencia con El perseguidor, relato centrado en la última época del impulsor del bebop, marcada por su autodestrucción obsesiva y la búsqueda constante de la belleza.

Medio siglo después de su publicación, se edita por primera vez una versión ilustrada de la novelita que ha embaucado a generaciones de aficionados, a cargo del dibujante José Muñoz (Buenos Aires, 1942), y editada por Libros del Zorro Rojo.

"Nunca he dejado de ilustrar a Cortázar aunque fue él quien primero me ilustró a mí. Fue un faro que me iluminó en mi juventud durante los 60", explica Muñoz, mientras señala algunos de sus dibujos, expuestos hasta el 7 de enero en la sala Sins Entido de Madrid.

Como Charlie Parker, Johnny Carter -el álter ego del cuento- se ve empujado a avanzar aunque nadie entienda qué es exactamente lo que persigue. Cortázar juega con otros elementos de la vida del saxofonista y transforma en París el Nueva York de sus últimos días; la heroína a la que es adicto, en marihuana; el éxtasis de la grabación en los estudios de Dial de Lover man, en una pieza llamada Amorous.

Muñoz reconoce la dificultad de ilustrar ese "diapasón enloquecido" que mueve a Johnny Carter, pese a que ya hizo un trabajo similar en 1992 con Billie Holiday. Entonces recreó junto al escritor y crítico de jazz Carlos Sampayo otra historia de vida veloz y muerte temprana.

Maestro del blanco y negro y ganador del gran premio del Festival de Angulema de 2007, una de las citas más prestigiosas del mundo del cómic, Muñoz traslada vida frenética del protagonista y el ritmo del bebop a sus dibujos, cargados de fuerza y expresividad. "Cuando hice las primeras ilustraciones me pareció que Parker había entrado en mi departamentito pequeño de París. Entonces una sensación interna me impidió dibujar durante un tiempo", recuerda el artista, que ha empleado un año en la veintena de ilustraciones que arropan su versión de El perseguidor.

La esencia de este relato la explicaba Cortázar casi al final de su vida: "El perseguidor es la pequeña Rayuela. En principio están ya contenidos allí los problemas de Rayuela. El problema de un hombre que descubre de golpe, Johnny en un caso y Oliveira en el otro, que una fatalidad biológica lo ha hecho nacer y lo ha metido en un mundo que él no acepta, Johnny por sus motivos y Oliveira por motivos más intelectuales, más elaborados, más metafísicos. Pero se parecen mucho. Johnny y Oliveira son dos individuos que cuestionan, que ponen en crisis, que niegan lo que la gran mayoría acepta por una especie de fatalidad histórica y social. Entran en el juego, viven su vida, nacen, viven y mueren. Ellos dos no están de acuerdo y los dos tienen un destino trágico porque están en contra. Se oponen por motivos diferentes".

¿Y qué diría ahora Cortázar de esta edición de El perseguidor? Muñoz cita a otros genios de la literatura argentina, lo que Borges dijo de Lugones, para exponer su punto de vista (y su deseo): "Me gustaría creer que le habría gustado".

lunes, 28 de diciembre de 2009

"En memoria de Paulina" de Bioy Casares



Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.

La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.

Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .

A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.

La víspera, Montero me había visitado por primera vez. Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me leyó -Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte-, acaso fuera notable porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central era que si una determinada melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista, de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría. Velaban y enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un estereoscopio y un trípode con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.

Cuando logré apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.

-Vuelva mañana por la tarde -le dije-. Le presentaré a algunos.

Se describió a sí mismo como un salvaje y aceptó la invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo. Montero lo vio de noche.

-Le seré franco-me dijo, resignándose a quitar los ojos del jardín-. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.

Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró que simbolizaba la pasión.

Paulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.

Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un inmediato casamiento, en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevaríamos. Después de un rato de proyectos, admitimos que yo tendría que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.

Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible. Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso, fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a Paulina hasta su casa.

Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré) comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida gratitud.

Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:

-Paulina está mostrando la casa a Montero.

Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina y con Montero.

Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:

-Es muy tarde. Me voy.

Montero intervino rápidamente:

-Si me permite, la acompañaré hasta su casa.

-Yo también te acompañaré -respondí.

Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.

Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el caballito chino. Le dije:

-Has olvidado mi regalo.

Subí al departamento y volví con la estatuita . Los encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversación prescindí ostensiblemente de Montero.

No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina, insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé: una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.

Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.

Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina hojeando un libro sobre los Faustos de Müller y de Lessing.

Al verla, exclamé:

-Estás cambiada.

-Si -respondió-. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.

Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.

-Gracias -contesté.

Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:

-Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados

Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.

-Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.

Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:

-Me voy. Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.

-¿Quién? -pregunté.

En seguida temí -como si nada hubiera ocurrido- que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.

Paulina contestó con naturalidad:

-Julio Montero.

La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:

-¿Van a casarse?

No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.

Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa verdad.

Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco.

Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me parecía imposible seguir viviendo esa tarde.

Durante años la recordé y como prefería los dolorosos momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado, sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre pronunciado.

Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde me visitó Paulina.

Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:

-Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré más que a nadie.

Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entrañaran -si no para mí, para un testigo imaginario- una intención desleal, agregó rápidamente:

-Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.

Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acordó.

Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata, la lluvia.

-Buscaré un taxímetro -dije.

Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:

-Adiós, querido.

Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín. El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio. Era Montero.

Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme.

Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.

Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.

Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.

La tarde que llegué de Europa volví a pensar en Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.

A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa cordialidad y me informó que desde hacía mucho tiempo -seis meses por lo menos- yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí, tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como siempre:

-¿Tostado o blanco?

Le contesté, como siempre:

-Blanco.

Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy frío.

Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro.

Como en un sueño pasé de una afable y ecuánime indiferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina. Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez todo el dolor de haberla perdido.

Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunté quién sería el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría el café; abrí, distraídamente.

Luego -ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve- Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo, con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigió con excesiva determinación . Cuando me pidió que la tomara de la mano ("¡La mano!", me dijo. "¡Ahora!") me abandoné a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía. Interpreté esa lluvia -que era el mundo entero surgiendo, nuevamente- como una pánica expansión de nuestro amor.

La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la inconfundible vulgaridad.

Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la habían cambiado.

Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.

Paulina dijo:

-Me voy. Julio me espera.

Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había ido.

Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta, sentí frío. Me dije: "Ha refrescado. Fue un simple chaparrón". La calle estaba seca.

Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de un pan.

No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara unas dudas (unas dudas que me atormentaban y que ella aclararía sin dificultad). De pronto, mi ingratitud me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así. Yo mismo lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)

Me parecía imposible tener que esperar hasta el día siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo -Luis Alberto Morgan me pareció el más indicado- y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.

Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.

No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.

Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. El rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quizá no comparten.

¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a Paulina?

Elegí una imagen de esa tarde -Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo- y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.

Muchas imágenes, animadas de inevitable energía, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareció el caballito de piedra verde.

La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la había regalado a Paulina hacía dos años.

Me dije que se trataba de una superposición de recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme. Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría después, patética. "Si no me duermo pronto", pensé, "mañana estaré demacrado y no le gustaré a Paulina".

Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las mías).

Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. El espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés, noté que ese personaje era yo.

Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Desperté llorando.

No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.

Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó mi angustia.

Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me vestí despacio.

Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero. Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los padres de Paulina.

No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.

Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto húmedo.

Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme tazón, que sostenía con ambas manos. Entreví un líquido blancuzco y, flotando, algún pedazo de pan.

-¿Dónde vive Montero? -le pregunté.

Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.

-Montero está preso -contestó.

No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:

-¿Cómo? ¿Lo ignoras?

Imaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.

Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.

En los momentos más terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a Morgan:

-¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de mi viaje?

Morgan se acordaba. Continué:

-Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?

-Nada -contestó Morgan, con cierta vivacidad-. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.

Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunté:

-¿Sabe que murió la señorita Paulina?

-¿Cómo no voy a saberlo? -respondió-. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.

El hombre me miró inquisitivamente.

-¿Le ocurre algo? -dijo, acercándose mucho-. ¿Quiere que lo acompañe?

Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.

Después me encontré frente al espejo, pensando: "Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con Montero había sido un equivocación -una equivocación atroz- y que nosotros éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino". Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: "Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano". Luego me dije: "Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte".

Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.

Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste, cuando me pregunté -mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple hábito de proponer alternativas, se preguntó- si no habría otra explicación para la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.

Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación aclara los hechos que parecían misteriosos. Éstos, por su parte, la confirman.

Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.

La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones -¿cómo ese hombre entendería la pureza de Paulina?- la mató a la madrugada.

Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita, representándosela con la cruel obstinación de los celos.

La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió allí, fue una proyección de la horrenda fantasía de Montero. No lo descubrí entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina -en la víspera de mi viaje- no oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover. Después me encontré con que la calle estaba seca.

Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso apareció anoche.

No me reconocí en el espejo, porque Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció a Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.

Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano -en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas- obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.

sábado, 26 de diciembre de 2009

La literatura en el iPod


Tomado de La Jornada, traducción de The Independent
No parece muy probable que un joven de la generación iPod adorne su recámara con imágenes de Guy de Maupassant, Aleksandr Pushkin y Nikolai Gogol, pero ahora, por primera vez, archivos de audio y cuentos de estos gigantes de la literatura europea están disponibles para descargar.

Se ha abierto en Gran Bretaña un sitio web dedicado a las delicias de la literatura, aplicando a la palabra escrita el modelo musical de Apple que domina el mundo. Allí se puede encontrar a los pesos completos de la escritura francesa y rusa, junto con populares novelistas británicos modernos como Julian Barnes y Ian McEwan, así como textos clásicos de Hilaire Belloc, DH Lawrence y GK Chesterton. El sitio presentará también el talento de nuevos escritores que luchan por ser publicados en otras partes.

Cada cuento, narrado por famosos actores británicos como Timothy West y Prunella Scales, se puede bajar en formato mp3 por entre entre 0.78 y 3.18 dólares, aproximadamente, según tamaño. Algunos son gratis. Se pueden escuchar en teléfonos móviles, reproductores de mp3 e incluso sistemas de navegación satelital. A los internautas en busca de obras más sustanciales se les canaliza a Amazon. Los creadores del sitio, www.spokenink.co.uk, creen que el atractivo de los relatos cortos, luego de un largo periodo de decadencia, es hoy mayor que nunca.

El escritor Edmund Caldecott y su socio Constantine Gregory, actor y entrenador vocal, han pasado 18 meses recabando apoyo de escritores, editores e intérpretes. Caldecott comentó que la inspiración de crear el sitio le llegó después de una experiencia negativa a manos de un editor.

Hay buen número de premios literarios de cuento, así como autores que buscan ser publicados en ese género. “La gente vuelve a leer cuento; me parece que encaja en la forma en que se vive en esos días –expresó Caldecott–. No es que tengamos periodos de atención más cortos, sino que hay mucho más en oferta para distraernos y entretenernos.”

Los fundadores del sitio declinaron revelar cuánto recibirá cada autor cuando se descargue una obra suya. Caldecott indicó que la clave del éxito al escribir un cuento es que sea entretenido desde el principio. “No se pueden desperdiciar palabras: hay que ser sucinto”, añadió.

A principios de este mes, Amazon comenzó a ofrecer dos relatos –descritos como “demasiado largos para una revista y muy breves para un libro”– para su lector electrónico Kindle. Los textos de Christopher Buckley y Edna O’Brien, que cuestan 3.99 dólares, fueron escogidos por editores de la revista estadunidense The Atlantic, que dejó de publicar ficción mensual en 2005.

Si bien el cuento alcanzó su apoteosis a mediados del siglo XIX, cuando las nuevas clases ilustradas se volcaron hacia las revistas semanales que convirtieron en estrellas a autores como Charles Dickens, la tradición del género se remonta a Chaucer y Boccaccio. Al despuntar el siglo XX, la mayoría de los escritores trabajaban el género y el trabajo era sumamente lucrativo. En la década de 1920, F. Scott Fitzgerald recibió 4 mil dólares por un solo relato publicado en The Saturday Evening Post, en tanto W Somerset Maugham se volvió el escritor más popular y rico de los años de entreguerras, sobre todo a causa de sus cuentos.

Redes sociales y literatura


Tomado de eldiariomontanes.es
Para hablar de redes sociales y creación literaria es preciso superar varios prejuicios: primero, que las pantallas sean enemigas de la literatura. Segundo, que las redes sociales sólo sirvan para ligar. Tercero, que la literatura accesible en la red sea de escasa calidad, creada por aficionados o, como mucho, que sean obras menores de autores más o menos reconocidos. Así, dos espacios aparentemente antagónicos pueden resultar maravillosa y sorprendentemente complementarios. Como muestra, nos centraremos en la red social preponderante actualmente, facebook. ¿Qué relación mantiene con la literatura?

Escritores en vanguardia
Si en el mundo del libro existe un colectivo atento a las innovaciones ése es el de los autores. Y es que los escritores -con la lógica salvedad de los espíritus clásicos, o las generaciones pre-digitales- no sólo experimentan con el lenguaje o las técnicas narrativas: también se mueven en un entorno social y tecnológico en constante evolución, y suelen ser estar, además, predispuestos a los cambios, como parte del espíritu creativo. A fin de cuentas, escribir es escribir, sea para que aparezca en libros, en papel prensa o en la pantalla de un ordenador. Pero, ¿cómo aprovecha un autor las posibilidades que facebook pone a su alcance?

Aparte de un perfil personal, que le permite un acercamiento a los lectores muy directo, los escritores pueden tener su propia «página». En ambos se pueden difundir noticias, publicar textos o convocar actos públicos, si bien la «página» supone un contexto más formal, pues no suele estar gestionada directamente por el autor, sino por su editor o agente, ni ofrecen información personal. Es habitual, pues, que un escritor cuente con una «página» oficial, en la que sus lectores se inscriben como «fans», y paralelamente mantenga un perfil personal, un reducto más privado en el que se relaciona con los llamados «amigos». Pero es que facebook es también un sistema de publicación, en el que cada usuario cuenta con una especie de blog interactivo, llamado «muro», en el que publicar sus propios textos -los posts de los blogs se llaman aquí "notas"- o exhibir los mensajes que han dejado los visitantes.

Aunque podemos inscribirnos como admiradores de escritores como Álvaro Pombo o Alejandro Gándara, un ejemplo de utilización más dinámica de la red social sería el del ganador del último premio Alegría de poesía, José María Cumbreño, quien publica puntualmente en su perfil noticias de su actividad literaria: críticas y reseñas de su obra, intervenciones en los medios de comunicación o actualizaciones de su blog. En una línea menos expansiva, pero más crítica, es recomendable seguir la página del poeta Regino Mateo quien, más allá de su faceta política, comenta la actualidad social y cultural, aportando enlaces a lo más destacado de la red, y además recoge los artículos que también aparecen en su blog 'Un Santander posible'.

Blogs y libros
Frente al augurado ocaso de los blogs, y la consiguiente atomización de lectores y textos, las redes sociales suponen un impulso a las bitácoras. Por ejemplo, cada bloguero puede programar su perfil para replicar automáticamente en facebook las entradas de su blog. Pero también existen aplicaciones que permiten suscribirse a las actualizaciones de un blog dentro del propio facebook, o incluso recomendar a otros usuarios determinados artículos o posts, añadiendo nuestras propias observaciones mediante el sistema de comentarios. Pero también los libros tienen su espacio en la red social. Por un lado, puede abrirse una página dedicada a una obra concreta, como es el caso de 'Litro de versos', de Felipe Zapico, líder del añorado grupo de rock Deicidas. El libro se presentó este lunes, y horas antes del acto ya contaba con casi medio millar de fans registrados en la web, informados sólo a través de medios digitales, que se han convertido en la versión contemporánea del boca a boca, el boca-oreja tan anhelado por las editoriales.

Negocio a la vista
Precisamente a los editores es a quienes más ha costado arrancar, pero finalmente han tomado al asalto las redes sociales, dispuestos a aprovechar las ventajas que, muchas veces a coste cero, les ofrecen. Un ejemplo evidente es la incipiente editorial cántabra El Desvelo, que en apenas seis semanas cuenta ya con casi 1.500 seguidores, y ha conseguido promocionar sus primeros libros combinando los mecanismos tradicionales con los medios digitales.

Otra aventura editorial ha sido la emprendida por Minotauro Digital, que hasta ahora publicaba la revista (en papel) Cuadernos del Minotauro, y que ofrece en la red, gratuitamente, una edición digital de 'El libro de Angelina', para lo que basta con inscribirse como fan en facebook. La peculiaridad es que la obra se ofrece por entregas, al estilo de los folletines decimonónicos, lo que supone una curiosa mezcla de tradición y modernidad, el «e-book por entregas».

Pero, para los editores, la promoción no es la única utilidad de facebook. Aparte de la publicidad directa, cada día más frecuente gracias a los sistemas de segmentación de clientela de la plataforma, también es posible establecer relaciones de cariz casi sentimental, como 'Regala libros de Anagrama', una curiosa aplicación que permite regalar -virtualmente, eso sí- los títulos favoritos de la editorial «de culto». Un negocio redondo, pues lo crea y lo mantiene, espontáneamente, un internauta ajeno a la editorial. Pasatiempos, que otros resuelven con cervezas o abrazos virtuales, pero que no dejan de tener su encanto.

Un sector completo
Agentes, libreros, instituciones culturales, revistas, críticos. Todos están presentes, en mayor o menor medida, en las redes sociales. Todos contactan con sus clientes, buscan nuevos lectores o compradores a través de sus páginas o grupos de seguidores. En facebook no hay transacciones económicas, pero sí se produce un importante intercambio de información, de recomendaciones y promocional. Es un medio económico, directo y, sobre todo, inmediato.

Un buen ejemplo de su utilidad son las convocatorias literarias. Cualquier librería con un perfil activo, como la ovetense Cervantes, ya no se limita a enviar a los medios la tradicional nota de prensa, sino que en su página avisa de un «evento», lo que se comunica mediante un mensaje a los seguidores de su web. Estos seguidores, además, se han inscrito voluntariamente, lo que significa que, con independencia de su número, el aviso se dirige a lectores, a personas realmente interesadas en recibir esa información. Además, los invitados pueden confirmar o excusar su asistencia al acto, lo que supone una valiosísima información para el organizador del evento.

¿Y los lectores?
Obviamente, el gran beneficiado de todo este proceso es el amante de la literatura. Y no sólo porque la red supone el acceso libre a muchos textos antes inencontrables -puestos a su disposición, generalmente, por el propio autor-, sino que las redes sociales permiten esa maravilla de la interacción que es la reversibilidad de roles: el lector que se convierte también en autor, a través de sus comentarios, o incluso publicando él mismo sus textos, sin precisar de intermediarios.

Además, las posibilidades son enormes: desde los clubes de lectura hasta las páginas personales de recomendación de libros, o crítica personal, es el lector el que tiene la palabra.

Sitio para todos
Sin embargo, la red no es uniforme, y quizás sea esa su mayor grandeza. Y es que en ese espacio algo anárquico y más o menos democrático cabe casi cualquier cosa. Incluso, la disensión. Como uno de los grupos de usuarios, cuyo nombre es toda una declaración: "Odio la literatura".


Afortunadamente, ni siquiera llegan a los 200 asociados, frente a los casi 2000 que se declaran seguidores de las letras. Cifras poco espectaculares, si las comparamos con las de cualquier club de fútbol, que se miden por cientos de miles, o con los cuatro millones de fans de la Coca-Cola, pero en la red, hoy en día, los lectores y escritores tienen cada vez más sitio.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Conversación con Paul Auster


Tomado de Revista Ñ
A lo lejos se ve la figura de un hombre de caminar erguido. De su aproximación avisa una bufanda roja, que destaca en el fondo de color oscuro del resto del vestuario, incluidos unos lentes negros. Avanza sin interferencias. Es Paul Auster. Auster en su ambiente, en Brooklyn, su lugar natural. Ya está aquí. Se quita los lentes para saludar y deja escapar una mirada de efecto relajante. Tiende la mano, la estrecha con intensidad. Abre la puerta del Sweet Melissa Cafe –uno de esos locales propios de Nueva York, que aún no se han clonado, de trato familiar– y cede el paso al invitado. Elige una mesa, al lado del patio interior, en el que, pese a ser finales de noviembre, todavía se atreven algunos a acomodarse a la hora de la comida. Pone su rúbrica en un ejemplar de su nueva novela, Invisible, que Anagrama acaba de publicar en castellano. Y frunce el ceño cuando ve aparecer el grabador.

-¿Le molesta?

-No, no, pero la música está muy alta (pide que la bajen). No se qué pasa con la música en los restaurantes de este país. Es terrible, no puedes estar tranquilo.

-Unos conocidos vinieron a Nueva York a pasar sus vacaciones y alquilaron un departamento en Brooklyn para tener una experiencia "austeriana"...

-Me parece una locura. No puedo decir nada más. No tiene sentido que alguien venga a Brooklyn porque yo vivo aquí.

-Tal vez creían en un tropiezo casual con usted, fruto del azar, una circunstancia tan característica de sus novelas...

-No son mis libros, sino que todo en la vida es fruto del azar. Es fascinante pensar, por ejemplo, ¿dónde se conocieron tus padres? Es la suerte. Si ellos no se hubieran encontrado, tú no estarías en Brooklyn. ¿No es una historia extraña? Se encontraron por suerte, no lo dudes, y ahora estás sentado enfrente de mí...

-... hablando con Paul Auster...

-Cada vida es el producto de un accidente que sucedió una vez.

-En su última obra vuelve a producirse una historia de azar. ¿Feliz con el resultado?
-¿Feliz? Nunca.

-¿Por qué no?

-No sentirse feliz forma parte de la naturaleza de este trabajo. Experimento un minuto de satisfacción cuando acabo un libro o cuando pienso que ha sido un buen día de trabajo. Después, me gana el desasosiego, pienso que he de leer más libros para hacerlo mejor en la próxima ocasión.

-La crítica que se publicó hace unos días en el Book Review de The New York Times concluía que ésta es su mejor novela...

-Lo sé. Sólo es la opinión de una persona. Y cada una tiene una opinión diferente.

-Sí, porque esta semana, James Wood arremete contra usted en The New Yorker.

-No he leído la reseña. No leo ninguna desde hace cuatro o cinco años, aunque también la conozco. Sé que me ataca. No tengo nada personal con él, pero siempre es así. Muchos amigos me preguntan cuál es el problema. Es un reaccionario. No quiero preocuparme. Siri (Husdvedt), mi mujer, que está de viaje, me llamó para contármelo. Dijo que era como si fueras por la calle y un desconocido te soltara un trompazo en la cara.

-Son giros, tan chocantes como los de su relato, donde juega con lo que es verdad o no...

-La verdad es una de las cosas más frágiles del mundo, no sabemos qué sucede realmente. Incluso nuestra propia memoria se destruye mientras trabaja nuestra experiencia. Y descubrimos más cosas conforme nos hacemos mayores. Si yo fallo, si me equivoco al recordar cosas, y es mi propia vida, ¡imagínate cómo son las consideraciones que hace la gente! Es fascinante. La memoria juega con nosotros.

-Y usted juega con el atractivo de las versiones que se niegan. Por ejemplo el personaje de Gwyn, que desmiente el relato de su hermano, Adam...

-Sí, dice que nunca sucedió. Ella tiene un argumento, es muy lúcida y resulta convincente.

-Pero Freeman, su alter ego dentro de la historia, certifica que todo lo otro que explica Adam es cierto...

-Es lo que Freeman concluye, nada más. Es un punto de vista, y de nuevo, ¿donde está la verdad? Este es el libro de lo invisible. Tal vez la verdad es invisible.

-Lo que sí se ve es su valentía para narrar un incesto.

-Es lo más apasionante del libro.

-Los críticos han puesto el acento en su erotismo...

-Nunca había ido tan lejos. Resulta difícil de escribir, es duro. He intentado hacerlo con el máximo de honestidad, sin usar metáforas, describiendo lo que sucede con un lenguaje directo.

-Dicen no sentir culpa...

-Porque no hieren a nadie y su acto no tiene consecuencias fuera de ellos. Están convencidos de que no es un crimen ni un pecado porque no trasciende. ¿No hay pecado si todo queda en el interior de uno? Reconozco que aquí hay un punto de discusión.

-Una de sus frases: "Miedo es lo que hace que nos atrevamos a tomar riesgos".

-Lo digo a la hora de escribir, en el sentido de que es difícil de explicar una relación incestuosa y lograr ser convincente.

-Difícil por eso del pecado...

-No quiero criminalizar. Hablo de lo que sucede en el interior de unas personas y no de cómo se las ve desde el exterior, que es donde se hacen los juicios y se culpabiliza. No quería expresar el sentimiento de que se hace un juicio. Es un momento intenso.

-Otra sentencia: "La guerra es una de las más puras expresiones del alma humana".

-Yo no lo creo. Es lo que piensa Born, uno de los personajes. Pero es innegable que es una cuestión de debate. A pesar de los años de civilización, seguimos matándonos los unos a los otros. Cada día alguien mata a alguien. Es un pensamiento horrible, en cuanto nos sentimos agredidos lo asociamos a matar al que nos agrede.

-La novela arranca en 1967, la guerra de Vietnam está presente, hoy es Afganistán...

-Estados Unidos siempre está envuelto en guerras, donde sea, en cualquier lugar del mundo. Irán, Iraq, ocho años terribles, Israel, Palestina, Oriente Medio, Ruanda... Es una verdad terrible.

-¿El conflicto afgano será el Vietnam de Obama?

-Espero que nos saque de allí, donde cada día perdemos gente, derrochamos mucho dinero, causamos dolor y aumentamos la animadversión hacia nosotros como nunca antes. Sin embargo, no sé si ahora puede sacarnos.

-Le gusta Obama...

-Su elección me alegró. El presidente es brillante, tiene talento y la derecha republicana se ha de reconstruir, está verdaderamente muy deprimida. Sin duda, es mucho mejor que el anterior.

-El terrible atentado del 2001 vuelve a salir en su libro, aunque sea sólo una pincelada.

-Si escribes sobre algo que sucede después del 2001, y eres americano y más en concreto neoyorquino, es imposible no pensar en lo que sucedió. Piensas cada día.

-También se refiere a la pesadilla de los neoyorquinos de que alguien, de repente, les salga con una pistola...

-Sí, es cierto, pero especialmente entonces, cuando se encuadra esta historia. Los 60 y 70 eran muy violentos, mucho más que ahora. La ciudad ahora es más segura. Esa imagen del libro explica lo peligrosa que era entonces la ciudad, con drogas por todos los lados, pistolas y navajas, amenazas, tiroteos. Todavía los hay pero no en el grado de entonces. Cuando yo era estudiante ibas por la calle mirando a tu alrededor.

-¿En Manhattan?

-Sí, en todos lados, pero sobre todo en Manhattan. En esa época nunca había puesto los pies en Brooklyn.

-¿Por qué eligió Brooklyn para vivir?

-Fue hace casi 30 años. Y fue sencillamente porque no podía vivir en Manhattan por una cuestión de dinero. Era más barato. Me trasladé en 1981 y jamás pensé que no me movería. Cuando vino mi mujer del medio oeste, en 1978, estaba en Manhattan, pero era caro, y se vino a Brooklyn. Hace unos años, el departamento nos quedó chico, nos teníamos que cambiar a uno más grande. Le dije si quería volver a Manhattan, ése era el momento. Pero no, nos quedamos en Brooklyn, sólo nos movimos una cuadra. Ahora hay muchos escritores jóvenes norteamericanos que viven en Brooklyn, al menos la mitad.

-¿Qué lo ha llevado escribir esta novela?

-He trabajado en ella seis o siete meses, cada día. Pero cada libro es diferente. Algunos los escribes en diez años, otros, en uno, todo depende.

-¿Los piensa y los madura durante mucho tiempo?

-No, por lo general, pienso algo y lo escribo. Pero por ejemplo, después de haber estado trabajando durante años en Brooklyn Follies, cuando por fin la terminé me quedé vacío, no sabía qué hacer. No tenía ideas.

-¿Y ahora?

-Ya tengo otro libro listo. Lo terminé hace dos meses y saldrá el próximo año. Finito.

-¿De que va?

-Ya se verá.

-Dice que está vacío. ¿No se refugiará en el cine? ¿Algún proyecto de película?

-No, no.
-Se había dicho que podía hacer algo con Almodóvar.

-Nada. Estuve con Pedro hace unos días, cuando vino por el Festival de Cine de Nueva York. Es un tipo muy inteligente, listo, controla todos sus proyectos y no ha querido irse a Hollywood como muchos directores europeos. Su última película, Los abrazos rotos, me ha encantado. Ya sé que en España la criticaron, pero a mí me gustó. Me gusta su historia, cómo la organiza, las referencias a otras películas, el ambiente. Y Penélope está fascinante.

-¿Cree que sus libros son cinematográficos?

-No, es una concepción errónea. Mis libros no son nada cinematográficos. Entre otras cuestiones, son muy descriptivos, tienen muy poco diálogo. Tal vez lo que ocurre es que la gente visualiza mis novelas.

-Aunque también, de pasada, en "Invisible" hace una referencia a la imposibilidad de olvidarse del béisbol...

-Y más en temporadas como esta, que ha sido terrible. Todos los jugadores de los Mets se lesionaban, todo el equipo ausente. ¡Pero estoy esperanzado con el próximo año, será diferente!

-¿Y los Yankees?

-En la Serie Mundial (las eliminatorias finales) quería que ganaran. Soy neoyorquino. Además tienen un jugador que me gusta mucho, Derek Jeter. En los momentos de presión, él sabe jugar cuando muchos fallan.

-¿Por qué los jugadores de béisbol siempre escupen?

-Será por los nervios...

sábado, 12 de diciembre de 2009

Un acercamiento a José Donoso


Tomado de La Tercera
Cuando José Donoso le pidió matrimonio a María Pilar Serrano, exigió dos condiciones: que ella supiera manejar, pues él no sabía conducir automóviles y, ya a los 37 años, era tarde para aprender. En segundo lugar, le pidió que leyera En busca del tiempo perdido de Proust, de punta a punta, para que tuvieran algo de qué conversar. Donoso, a su manera, estaba siendo claro, incluso transparente: la literatura era la principal razón de su existencia y, como buen artista romántico, era un inútil, alguien incapaz de ordenar qué había que cocinar, de ir solo a realizarse unos exámenes médicos, de pagar cuentas o de cualquier otro trámite que lo distrajera del proyecto literario de turno.
"Mi cárcel es mi novela", repetía, aunque tras la lectura de la biografía escrita por su hija Pilar se infiere también que era su bálsamo. Porque vivía encerrado en la escritura, pero al mismo tiempo protegido por ella, con una libertad imaginativa que nunca se permitió en la vida cotidiana. No es extraño que ante el papel aflorara un monstruo.
"Correr el tupido velo" es el título del volumen que Pilar Donoso presenta y que escribió a partir de los diarios del escritor que se encuentran en la Universidad de Princeton y de las conversaciones que tuvo con él, con la intención explícita de realizar una biografía. "Fueron como seis meses de conversaciones, ya cuando estábamos en Santiago", recuerda ella. "Yo estaba feliz con todo el material, pero cuando lo enfrenté con los diarios me di cuenta de que él estaba ficcionando, dando una idea de lo que quería que se dijera de él: cosas de su infancia, su relación con Neruda, lo importante que fue su Nana, etc. Dentro suyo había un monstruo que lo torturaba, que no lo dejaba vivir en paz ni disfrutar. Creo que nunca lo pasó bien. Tuvo éxito, pero siempre se sintió disminuido, opacado por sus pares del boom, inseguro socialmente, con miedo a que le faltara el dinero".
El libro, que además contiene fragmentos de los papeles privados de la esposa de Donoso y las vivencias de la propia Pilar, es un viaje fascinante al universo creativo del autor y también un recorrido minucioso por su contradictoria personalidad. Así como teme que su matrimonio lo desintegre, basta con que parta de viaje para escribirle a María Pilar que "nunca debemos separarnos" o "me doy cuenta de que sencillamente no existo si tú no estás a mi lado". A su hija llega a tratarla de ladrona, manipuladora y asesina, aunque a vuelta de página escribe que es "el ser que más he amado en toda mi vida".
Los pasajes del primer capítulo son implacables: "Creo que cuando regrese Pilarcita la voy a confrontar con su falta de amor por nosotros. No sé si habrá pasado ya su tercer mes de embarazo y por lo tanto la guagua esté firme y pueda recibir un choque emocional. Espero que sí". Más adelante, define a su hija como "eternamente limitada de mente" y dice que su esposa, a pesar de haber tenido belleza, cultura y una buena posición social, terminó convertida en "una vieja borracha".
Uno de los ejes de la biografía es la tensión permanente que fue socavando el matrimonio. Pilar dice que los ginecólogos y los psicoanalistas gobernaron una relación marcada por los intentos frustrados de tener hijos y por el egoísmo de Donoso.
En 1968, la pareja adopta a Pilar, quien había sido dejada en un hogar de acogida de Madrid administrado por monjas. Tenía tres meses cuando Donoso y María Pilar se trasladaron a Pollensa, en Mallorca, a vivir con su hija adoptiva.
A esas alturas Donoso ya era un escritor reconocido. Había dejado su huella en el periodismo nacional a través de los artículos que publicaba en Ercilla y que fueron recogidos en El escribidor intruso por Cecilia García-Huidobro. Para hacerse una idea, un solo viaje a Italia le sirve para contar la presentación de María Callas en la Scala, entrevistar a Pound y realizar magníficos perfiles de Lampedusa, Joyce y De Chirico. Como novelista, Coronación, Este domingo y El lugar sin límites lo habían colocado en un lugar de privilegio en la escena latinoamericana. En EEUU, lo traducía Knopf. Ya había dirigido el prestigioso taller de escritura creativa de Iowa y en una misma fiesta se podía topar con Saul Bellow, Kurt Vonnegut, John Irving (fue su alumno), Nelson Algren (histórico amante de Simone de Beauvoir) y Paul Schrader (quien más tarde fue guionista de Taxi Driver).
Sin embargo, siempre se sintó inseguro. Como todo ególatra, en el fondo desconfiaba de sus capacidades y en la superficie era carcomido por la envidia. Para su hija, la raíz de su temor está en una posición social ambigua: "Mi abuela era muy insegura socialmente", plantea la autora. "El decía que la inseguridad le venía por la familia Yáñez. Aunque no pertenecían en ese momento a la elite económica, lo colocaron en The Grange y él sentía que sus compañeros eran mucho más pudientes. Es posible que ahí haya sido víctima de lo que se conoce hoy como bullying. Se sentía el patito feo y, además, en su casa los hermanos eran guapísimos. Por ahí empieza todo. Hay partes terribles, como la que describe cuánto le molesta su olor y la suciedad de su cuerpo".
¿De qué manera eso se relaciona con su fantasía del vagabundo?
El no se sentía parte del algo. Por eso la figura del clochard es su marca y en ese sentido tuvo una profunda empatía con mi condición. La fragilidad que implicaba no tener historia era para él también una fuente de creatividad. Eso me gustaba, pero por otro lado me hacía sentir que no era su hija. Aunque me quiso mucho, ahora veo un conflicto no resuelto: ¿Qué lo llevó a adoptar? ¿Qué lo hizo tener una familia convencional?
Cuando Donoso tenía un problema o una obligación, solía encerrarse a escribir. A veces ni se vestía. "Quiero seguir adelante porque amo a mi hija, amo a mi mujer, amo a mi Olivetti", escribe. "Todas tal como son, incompletas, insuficientes, pero horrorosamente necesarias para mí porque me amarran a la vida y me dan vida, como espero dársela en algún sentido yo a ellas".
Desajustado, ambivalente, original. El creador de El jardín de al lado podía comportarse como un cariñoso gato de chalet, como una ave rapaz o como un perro asustado. Fue célebre su hipocondría, la fijación en el dinero y el talento para acumular rencor: un comentario de pasillo o un gesto de desdén lo motivaban a escribir comentarios lapidarios hacia figuras como Juan Marsé, Fernando Alegría, Julio Ortega o Enrique Lafourcade. Era un ser en extremo complejo y quizá la mayor fortaleza de la biografía está en la capacidad para alumbrar la enmarañada madeja de los afectos.
El libro señala que sólo durante los primeros cinco años de matrimonio Donoso y María Pilar mantuvieron relaciones sexuales. Desde fines de los 60 ella escribe que se siente sola, postergada, pues él está siempre escribiendo. Pilar dice que el alcoholismo de su madre tiene que ver con esa sensación de abandono y cita una frase del diario de María Pilar: "Tomé vino, pero es 'la caricia' que tanto me falta. Si me gustaría tener sexo, no es en sí sino por la autoafirmación que significan las caricias. (...) ¡Qué terrible tener que ser perfecta para que me quieran! Un mendrugo de amor gratuito me ayudaría tanto... los perros y los gatos... son los únicos. El corazón se me rompe. Luego, vino Pepe y me besó, y si tengo su amor todo cambia. ¡Ayúdame Dios mío!".
La biografía da a entender que Donoso nunca asumió abiertamente su homosexualidad, si bien su mujer sabía que cuando joven había tenido experiencias con hombres. En una carta a la esposa, precisa: "Hay cientos de miles de cosas que no he hablado aquí: mi homosexualidad, pasiva y latente e imaginativa en este momento, como una huida al miedo de la entrega total a ti. Pero el miedo a esta entrega total no existiría si no existiera la urgencia y el deseo de esta entrega, que mi neurosis transforma en peligro". Cuando visita Princeton, se horroriza al ver que hay tesis doctorales sobre la homosexualidad que lo incluyen: "¡Es increíble que eso sea lo que sacan en limpio solamente, claro que El lugar sin límites se presta para ello! ¡Qué le voy a hacer! A lo hecho, pecho".
Pilar, por su parte, recuerda que sólo una vez recibió una cachetada de su padre: tenía ocho o nueve años, estaba jugando con un amigo en Calaceite y, enojada, le dijo "maricón". Para ella era un garabato más. Su padre se puso furioso, le pegó y la obligó a que pidiera perdón al chico.
Cuando era más grande y su madre le contó, ¿qué impacto le produjo?
Para mí la homosexualidad era muy común. Piensa que Mauricio Wacquez era mi padrino de primera comunión. El problema vino al decir: bueno, y por qué él no ha sido franco consigo mismo. Más que conmigo o con mi mamá, porque yo creo que la amaba profundamente, me pregunto por qué tanto reprimirse. Yo pienso que nunca lo asumió, al menos en el entorno familiar. Ahora, no sé bien si en ciertos círculos se sentía más a gusto y podía...
A veces incluso da la idea de que le gustaban ciertas mujeres.
Creo que tuvo grandes enamoramientos de mujeres y de hombres. O sea, deslumbramientos. Su ego era tan grande que no se podía enamorar.
¿Dejó mucho material fuera?
Aquí hay una selección. Piensa que son 63 diarios de 350 páginas cada uno. Es gigantesco. La mayoría, en todo caso, se refiere a su trabajo: esquemas de novelas, personajes, tramas. Yo traté de ser lo más franca posible.
¿Cómo cambió su visión de él?
Mucho. Me da pena, porque creo que fue bastante infeliz.
¿Lo imaginaba más realizado?
Menos cruel. Con él y con los demás. Creo que fue muy descarnado con mi mamá y conmigo, que no gozó realmente ni siquiera de su cultura, que era enorme.
Correr el tupido velo entrega buenas señas sobre el proceso de escritura de varias obras del autor, especialmente de El obsceno pájaro de la noche, esa historia asfixiante que casi se lo devora: demoró siete años y las imágenes de degradación están sacadas de episodios de la vida del autor que fueron transfigurados en la novela: su iniciación sexual en un gallinero, un niño deforme que ve en el asiento de un lujoso automóvil en el centro de Santiago, las viejas de un convento al que va con su madre para Navidad, una pelea infernal con María Pilar en la que ella termina vomitando y que él, más tarde, recordaba como "una de las noches más memorablemente embrujadas, abyectas, magníficas de mi vida".
Donoso enseñaba en su taller que en las grandes novelas (Madame Bovary, Crimen y castigo, El gran Gatsby) los protagonistas pueden caer en lo más bajo, pero esa caída, ese descenso, tiene que tener grandeza. Algo de esto ocurre también en las grandes biografías, o al menos en biografías como ésta. Cuánta verdad y cuánta tristeza hay en sus páginas. Con las entrañas a la vista, Donoso adquiere ribetes muy parecidos a los de Emma Bovary, Raskólnikov y Jay Gatsby: es débil y avaro y oscuro, pero también es alguien vulnerable, lastimado y profundamente literario.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Acercamiento a Wislawa Szymborska


Tomado de El País
Wislawa Szymborska está en su casa, pero pide permiso para fumar. "Una vez", cuenta, "recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar. Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí". Szymborska nació hace 86 años en Kórnik, cerca de Poznan, al oeste de Polonia. Ahora vive en un bloque descolorido sin ascensor -una especie de vivienda de protección oficial- en un suburbio de Cracovia, la ciudad de la que no se ha movido desde que su familia emigró allí cuando ella tenía ocho años, en 1931.

La memoria, de hecho, está muy presente en su último libro de poemas, Aquí (Bartleby), publicado en Polonia este mismo año. Su aparición en España coincide con la primera traducción de su prosa, Lecturas no obligatorias (Alfabia), una selección de las vibrantes notas que durante años publicó en una particular sección de los periódicos. Allí, y en un par de folios, comentó a Jüng y a Montaigne, pero también libros de jardinería, pájaros y decoración. El resultado es pura chispa. Así, del Poema del Cid dice: "Fue escrito por un Balzac medieval. La guerra es para él, ante todo, una empresa financiera. Dado que la guerra es costosa, ésta debe ser rentable. La cabeza del caballero, hasta que alguien se la corta, estaba siempre llena de cálculos". Y al comentar un manual de ideogramas chinos apunta: "Esposa es una mujer y una escoba; amante, una mujer y una flauta. Desconozco la existencia de un signo que represente el ideal al que nos conducen todas las revistas europeas para mujeres: la fusión de la escoba y la flauta".

Cuando Szymborska ganó el Premio Nobel en 1996 no había más que un puñado de poemas suyos traducidos al español en una antología colectiva. Hoy lo está toda su poesía. No hace tanto, además, tuvo su minuto en las crónicas políticas. Fue el día que Patxi López leyó su poema Nada dos veces en su toma de posesión como lehendakari.

Son las 11 de la mañana y en una mesa hay café, galletas y chocolatinas. Ella añade una botella de coñac que abre para la ocasión. Antes de servirse una copa, sirve a los demás: Abel Murcia, traductor de sus libros al español, director del Instituto Cervantes de Cracovia e intérprete durante la charla; el fotógrafo, venido desde Varsovia, y el periodista. Mientras dura el primer café está también Michal Rusinek, secretario de Szymborska y escritor y traductor él mismo. "Michal, con todo lo que escribe y el montón de temas que lleva, dentro de poco necesitará usted una secretaria. Tal vez podría contratarme", bromea la escritora. Él contesta arqueando las cejas: "No sé si me convence".

Rusinek es quien lidia con los mil compromisos que acechan a la poeta desde el Nobel. "¿Que si el premio me cambió la vida? Y tanto. Para bien y para mal. Para bien, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas". Y socarrona, añade: "Para mal, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. A las invitaciones para viajar a otros países siempre respondo lo mismo: cuando sea más joven".

Días antes de la cita, Wislawa Szymborska había pedido la lista de temas sobre los que tendría que hablar en Cracovia. Una vez allí aclara el porqué: "Aunque luego hablemos de lo que sea, así al menos puedo pensar y decirle a usted algo coherente. No crea que soy brillante. Hay preguntas para las que no tengo respuesta". No le gustan las fotos, así es que trata de distraer al fotógrafo cuanto puede: "Si hubiera venido hace 30 años... con esa cámara tan aparatosa me sacará todas las arrugas, ¿verdad? ¿No podría retocarlas un poco, como hacen con Sharon Stone?". Al cabo de unos minutos vuelve al ataque: "¿Es usted tan alto porque no fuma? ¿Hizo el servicio militar? Descanse un poco, deje la cámara y tome otro coñac".

Café, coñac, chocolatinas. Parece un buen momento para hablar de la muerte. Sobre la muerte sin exagerar, como dice uno de sus poemas más célebres, escrito con esa mezcla de emoción e ironía -poesía sin lirismos de manual- que sorprendió al mundo cuando su obra fue distinguida por la Academia sueca. En Aquí, Szymborska dice que hay temas sobre los que debe escribir sin demorarse mucho porque "el tiempo apremia".

PREGUNTA. ¿Al escribir este libro pensaba en la muerte?

RESPUESTA. Para mí la vida es una aventura con fecha de caducidad. Cuando estaba en la escuela murió una profesora y tuve conciencia de la muerte como algo natural. Con 86 años pienso igual que con 8.

P. ¿Y eso influye cuando escribe?

R. Yo no escribo sobre la muerte. Es una de las cosas más fáciles de hacer en poesía. Y no es verdad que tenga un poder ilimitado. No consigue todo lo que quiere y cuando quiere. Es cierto que hay poemas buenísimos sobre la muerte, pero en general es fácil porque despierta sentimientos y emociones fáciles, la ternura y todo eso.

P. ¿El amor también es un tema facilón?

R. Ah, ése ya no es tan fácil. Y lo más difícil es el erotismo, que de hecho se ha tocado muy poco en poesía. Nunca he leído un poema que sea capaz de trasladar lo que sucede entre dos personas. Hablo del erotismo puro, no del amor como sentimiento, que sí es más fácil de expresar.

P. Hay más literatura en los amores difíciles.

R. Tal vez, pero yo he tenido la gran suerte de vivir algunos amores, y mis recuerdos son muy felices. Pero no hablemos de mí, que todo eso ya está en los poemas.

P. ¿Hay palabras que trata de evitar especialmente cuando escribe?

R. Las arcaicas y las grandilocuentes. Pero hay palabras que utilizo raramente y con ciertas dudas. Cuando intento describir algo como "bello", por ejemplo. La belleza es una idea relativa, que depende de la tradición y de las costumbres, y sobre todo de los gustos personales, que el lector puede no compartir. Para mí, las catedrales románicas son más bonitas que las góticas, la cerámica más bonita que la más refinada de las porcelanas y la muñeca de trapo con la que en mi infancia podía hablar de cualquier cosa, mil veces más bonita que esa horrorosa Barbie. Porque, a ver, ¿sobre qué se puede hablar con una de esas Barbies? Bueno, a lo mejor de trapitos y esmalte para las uñas.

P. Sus poemas hablan de los grandes temas, pero parecen huir de las abstracciones.

R. Cualquier poema bueno se convierte de alguna manera en algo abstracto. Pero siempre tiene que ver con la realidad, con la vida del poeta o con la vida de otros. Las cosas bellas tienen también algo de metafísicas... No le veo muy de acuerdo.

P. Me refería a que en el poemaMetafísica habla usted de los fideos con tocino.

R. Es que todo termina siendo metafísico. Pero más que por los grandes temas, la poesía se salva por los pequeños detalles. Hay poemas antiguos que han pervivido gracias a un solo detalle. Pero me temo que estoy generalizando... sobre los detalles [se ríe].

P. ¿El humor le sirve para escribir sin vergüenza sobre temas más serios?

R. Es mi forma de ser. Desde niña he tenido tendencia a darle vueltas a un asunto y a buscarle la parte cómica. Hay cuestiones, sin embargo, que ni me hacen gracia, ni me han hecho nunca gracia, ni me la harán: el odio, la violencia, la estupidez agresiva.

P. ¿De niña leía poesía?

R. No. En mi casa había sólo dos libros de poemas del siglo XIX. Y tampoco los leía. Siempre quise escribir novelas gordas. Al principio creía que si alguien aspiraba al título de escritor tenía que ser autor de novelas de varios tomos y cientos de páginas. No pasé de relatos mediocres. Un día escribí un poema, horroroso, y se lo pasé a la gente que trabajaba conmigo en el periódico. Me preguntaron: ¿pero tú qué lees? Resultó que no conocía los poetas contemporáneos. Había leído mucha narrativa, a Thomas Mann, a Proust, a Dostoievski, pero de poesía, ni idea. Me tuve que formar un poco.

P. ¿Aprendió algo como poeta escribiendo sus Lecturas no obligatorias?

R. Mis Lecturas no obligatorias no son realmente prosa seria. Son una especie de artículos, a veces serios, a veces divertidos, en ocasiones incluso parecidos a mi poesía. Aunque, como le dije, empecé escribiendo relatos. Pero eso fue justo después de la guerra.

P. ¿Cómo recuerda la guerra?

R. Lo mejor que puedo decir es que sobreviví. Recuerdo el hambre, el frío. Tuve que trabajar haciendo zanjas en la calle. Mi padre fue inteligente: mucha gente huyó de Cracovia y se fue a Lvov, en la actual Ucrania, y pasaron a formar parte de la ocupación soviética. Sobreviví, sí. Pero hubo gente que murió. Mi primó cayó en el levantamiento de Varsovia.

P. ¿Qué función cumple la poesía ante la crueldad del mundo?

R. El mundo es cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos. Si únicamente fuera cruel, la gente hace mucho tiempo que no estaría aquí. Habría aquí y allá algunos escombros y crecerían algunas plantas. Plantas anónimas, porque no habría nadie que les diera nombre.

P. ¿Qué piensa de la idea de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz? Supongo que para una escritora polaca que vive a 70 kilómetros de ese campo de concentración la frase tiene un significado especial.

R. Adorno no tenía razón, y eso lo pudo comprobar personalmente, porque vivió todavía más de veinte años después de terminar la guerra. En ese tiempo hubo poetas nada desdeñables que escribieron poemas nada desdeñables. Si ese trabajo hubiera carecido de sentido, ¿para qué habría servido?

P. ¿Y puede un poeta escribir sobre la historia?

R. Aunque su deseo de no escribir sobre ella fuera muy grande, es imposible evitarlo. Hay poetas para los que la historia es una fuente directa de inspiración. Para mí los mejores en ese aspecto son Cavafis y Zbigniew Herbert. Pero incluso la poesía que carece de cualquier referente histórico se inscribe para siempre en la historia, ya que utiliza un lenguaje que determina de forma exacta dónde y cuándo nace. La poesía supratemporal es una ilusión idiota.

P. ¿La política está destrozando el lenguaje?

R. Siempre lo ha destrozado. El lenguaje de los políticos suele servir para ocultar y no para expresar pensamientos. Pero a algunos políticos no intentaría yo convencerlos de que fueran sinceros: podría darse el caso de que no hubiese nada que ocultar.

P. ¿Recuerda el día en que cayó el muro de Berlín?

R. Estaba en Cracovia y fue un momento maravilloso. Aquéllos fueron unos tiempos inolvidables. La gente de Solidaridad era maravillosa. Luego eso cambió y empezaron a surgir cosas desagradables, pero entonces eran jóvenes y bellos. Estábamos todos eufóricos

... Bueno, ahora pregunto yo: ¿Está usted casado? ¿Tiene hijos? ¿De qué parte de España es?

P. ¿Es verdad que estudió español?

R. Claro. Iba a clase con un profesor que tengo la impresión de que se aprendía de memoria lo que iba a decir porque no sabía mucho. En una época en la que entendía algo me empeñaba en leer a Cervantes con diccionario. Ya sólo recuerdo algunas frases: ¡hasta la vista! Me parece una lengua muy bonita. Un latín bellamente estropeado.

P. ¿Ahora qué lee?

R. Siempre he leído poca poesía. Nunca he sido capaz de leer un libro de poesía desde el principio hasta el final. Y hablo de los buenos. Lo que hago es leer un poema y dejarlo. Luego retomo el libro, y así. Como se puede imaginar, a veces quedo fatal con gente que me ha mandado sus libros porque tardo un año en contestarles con mi opinión, pero ésa es mi forma de leer.

P. ¿Y escribe?

R. Como tengo poco talento, necesito un silencio de varios días: sin llamadas, sin visitas. Conozco pintores que pueden trabajar mientras llevan una conversación. En poesía eso es absolutamente imposible. Pensé que cuando pasara el Nobel el trajín se reduciría, pero no.

P. ¿Y sus collages?

R. Me inventé esas postales precisamente para que todo el mundo reciba algo personal sin que yo tenga que escribir. ¿Ya hemos terminado?

P. Creo que sí.

R. No se vaya sin terminarse la copa. Por cierto, no me ha preguntado por el feminismo. Es que siempre me preguntan si soy feminista o no.

P. ¿Es usted feminista?

R. Yo me niego a tener ninguna etiqueta, pero en Polonia las feministas tienen muchísima razón y muchas cosas por las que luchar: por los sueldos, por derechos que tienen que ver con su cuerpo, porque todavía hay resortes reaccionarios en la Iglesia... Sueño con el momento en que las feministas no sean necesarias.

P. ¿Ha cambiado Polonia con la entrada en la Unión Europea?

R. Ha pasado hace tan poco que es demasiado pronto para valorarlo. Hay problemas, claro está, porque incluso en países más desarrollados que el nuestro los hay. Aquí tenemos problemas con la Iglesia, precisamente, que ya no sigue el paso del desarrollo de la ciencia y de la democratización de la sociedad. Para mí el día en que Polonia entró en la Unión Europea fue un día feliz. Estaba sola en casa y no tenía con quién brindar por el futuro. Pero me serví una copa de coñac y pasé por delante de todas las fotografías de los seres queridos que tengo en casa, y que no llegaron a ver este día.

domingo, 29 de noviembre de 2009

La música y "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust


Tomado de Revista Ñ
Antes de entrar en la fascinante investigación proustiana del semiólogo musical Jean-Jacques Nattiez, no estaría de más repasar ciertos puntos de la relación música y literatura y establecer algunos modos en cómo la primera se ha representado en la novela moderna. Vienen rápido a la mente tres modelos bien diferenciados, lo que por supuesto no quiere decir que no haya otros. El Dr. Faustus de Thomas Mann es tal vez el mayor ejemplo de la representación de la música en la novela de ideas; por momentos es teoría musical en estado puro, al punto que para su redacción Mann solicitó la ayuda del filósofo y compositor T. W. Adorno. Para decirlo en dos palabras, en el Dr. Faustus se trata de mostrar cómo la historia de la música y la historia de Alemania se inscriben en una sonata de Beethoven o en una invención técnica de Schoenberg.

En las antípodas de ese modelo crítico objetivista se define la dimensión musical del Ulises de Joyce, que se representa de varias maneras de una punta a otra de la novela pero que se consuma en el audaz salto del capítulo 11, organizado como una obertura en la que primero se enumeran los motivos (palabras sueltas, pequeñas frases) que se desarrollarán a lo largo del capítulo sin una lógica narrativa aparente. Podía decirse que si la música se presenta en la novela de Mann como un objeto de reflexión crítica, en el Ulises lo hace miméticamente, aunque podría dudarse de si el casi onomatopéyico capítulo 11 constituye el elemento mimético más significativo del Ulises; por el contrario, se podría postular que lo decisivamente mimético del Ulises no radica en una seudo música sino en la renuncia a toda generalización, a toda mediación conceptual explícita.

La elaboración musical de En busca del tiempo perdido se ubicaría en la tercera punta del triángulo. En Proust la música siempre llega desde la perspectiva del oyente. Su reino es la metáfora, aunque podría hablarse de una metáfora en diferentes escalas; desde las primeras apariciones de la frase de Vinteuil, ante las que la narración persigue figuras esquivas –fracasando hermosamente, por decirlo así–, hasta la metáfora radical que se descorre, por ejemplo, cuando la narración, ya bien avanzada la Recherche (en La prisionera), asocia el recuerdo de esa frase musical con la memorable descripción de un paseo en coche por los alrededores de Balbec (que tuvo lugar en el segundo volumen), cuando unos árboles alineados se le aparecen al Narrador como si le estuviesen formulando una acuciante pregunta. En la asociación proustiana, la expresión de la música se asemeja a la de la naturaleza, y nada más hermosamente persuasivo podría haberse dicho a propósito del carácter enigmático de ambas expresiones.

Pero la música, tanto en su forma ideal (las obras de Vinteuil) como en su forma real (dramas de Wagner o cuartetos de Beethoven), constituye una trama riquísima en la novela de Proust, y difícilmente otra investigación la haya captado tan agudamente como la de Nattiez.

Por detrás de los objetos ideales se encuentra un horizonte histórico, que es lo que Nattiez llama el espacio poiético: "El horizonte a partir del cual el artista, el escritor o el filósofo elaboran su propia concepción del mundo, sus propias ideas, su propio estilo". Y el horizonte musical proustiano es, en rigor, más alemán que francés: no menos que Wagner y Beethoven, la estética de Schopenhauer define el fondo de la Recherche.

Nattiez traza el paralelo Proust-Wagner en más de un frente. No sólo en las citas explícitas o implícitas, sino en la naturaleza de ambas producciones artísticas; es evidente que Proust se identifica con la búsqueda de unidad y con la gran extensión (en la obra misma, como también en la vida del autor) de la empresa wagneriana, que tiene su culminación en la Tetralogía. Pero la novela de Proust también está orientada por un ideal redentor wagneriano, que encuentra en Parsifal su gran coronación. Nattiez reconstruye las referencias a ese drama y en particular al Encantamiento del Viernes Santo en los borradores de El tiempo recobrado (edición Henri Bonnet, 1982), referencias que serán estratégicamente suprimidas en la redacción final de la Recherche, donde lo real se reemplazará por lo ideal. Escribe Nattiez: "A partir del momento en que Proust tuvo la idea de que el absoluto artístico se revelaría al Narrador por el intermedio de una obra musical, y que esta obra sería la amplificación de la misma Sonata que había conducido a Swann al fracaso, no había ninguna razón para conservar, en Le temps retrouvé, una referencia concreta a Parsifal. Era necesario que el Narrador conociera la revelación gracias a una obra de arte imaginaria, pues en la lógica de la novela, una obra real es siempre decepcionante: la aprehensión del absoluto sólo puede ser sugerida por una obra desencarnada, irreal e ideal". Pero hay otro elemento en esta sustitución, que es el partido por la música pura que toma Proust. Agrega Nattiez: "Esta obra debía ser una pieza de música cuyo contenido no fuera transmitido por el lenguaje: en ese sentido, un fragmento de ópera [...] no podía convenir. Y no es casual que, en uno de los esbozos, se lo vea a Proust dudar entre un cuarteto y una sinfonía."

La obra ideal funciona como elemento de revelación y redención. La Sonata había conducido a Swann al fracaso, pues estaba asimilada a su enamoramiento de Odette, como también al amor del Narrador de Albertina. Escribe Nattiez: "El narrador puede tener acceso a la revelación sólo cuando ha logrado sobrepasar las ilusiones del sentimiento amoroso, sobre todo después de la penosa experiencia del beso de Albertine, de la misma manera que Parsifal, después del beso de Kundry, es capaz de asir el misterio del Grial y triunfar allí donde Amfortas fracasó. Parsifal alcanza la comprensión perfecta en el momento de escuchar El encantamiento del viernes santo; el Narrador, al escuchar el Septeto [de Vinteuil]".

Nattiez reconoce tres etapas en la búsqueda del absoluto artístico proustiano, que coinciden con los tres momentos de la comprensión musical en la Recherche: "Al principio, percepción vaga e indecisa, luego intervención de la inteligencia razonante que busca comprender la obra en diversas direcciones; por último, elevación de la inteligencia hacia la purificación del contacto con la obra, ya capaz de asir una verdad". Concluye Nattiez: "Si en la última fase el Narrador puede ver en la música el ejemplo de lo que debería ser la obra literaria, no es sólo porque el Septeto reproduce las innumerables preparaciones, reminiscencias y conexiones que deben, según Proust, caracterizar la obra novelesca, sino también, y sobre todo, porque la música constituye un tipo particular de lenguaje que puede servir de modelo a la literatura".

El progreso de la música en la novela y el progreso de la novela misma tienen otro fondo significativo en los cuartetos de Beethoven, que Proust había oído por el Cuarteto Capet en la Salle Pleyell en 1913 y tres años después se los había hecho tocar en su casa por el Cuarteto Poulet, y sobre los que dejará un significativo párrafo en A la sombra de las muchachas en flor: "Son los mismos cuartetos de Beethoven (los cuartetos XII, XIII, XIV y XV) los que han tardado en dar vida y número a los cuartetos de Beethoven, realizando de este modo, como todas las grandes obras, un progreso, si no en el valor de los artistas, por lo menos en la sociedad espiritual, en la que entran hoy ya muchos de esos elementos imposibles de encontrar cuando nació la obra, es decir, seres capaces de amarla. Eso que se llama posteridad es la posteridad de la obra."

Nattiez detecta la persistencia de esos cuartetos en el plan general de la Recherche: "Aunque el septeto incluya un piano, un arpa, una flauta y un oboe, Proust habla aquí solamente de las cuerdas. Para quien haya oído los últimos cuartetos de Beethoven, las calificaciones de 'penetrante' y 'chillón', así como la 'acritud' parecen verdaderamente pertinentes. El juicio de la posteridad sobre la profundidad de los cuartetos es absolutamente idéntico a lo que se nos dice aquí de las últimas obras de Vinteuil"

En la visión de Nattiez, la presencia beethoveniana significaría a la vez una corrección de la postulación de absoluto wagneriano por su realización en la forma idealizada del cuarteto de cuerdas. La forma "sin materia", para decirlo en los términos de Schopenhauer, cuya estética guía la obra de Proust tanto por la prominencia de la música dentro del sistema de las artes como por la idea de una completa entrega espiritual; la pura contemplación que tiende a librarnos del deseo y, en consecuencia, de un sufrimiento constantemente renovado.

Adorno escribió que la Recherche de Proust –a la que su Teoría estética no debe poco– es obra de arte y metafísica del arte, y difícilmente algo revele con tanta claridad la doble condición de la novela novela como este formidable ensayo de Nattiez que la editorial Gourmet acaba de acercar al lector local en la cuidada traducción de la musicóloga Antonieta Sottile.

En busca del tiempo perdido
La frase con que acababa de terminar el andante era de una ternura a la que yo me entregué por entero; antes del movimiento hubo un momento de descanso en el que los ejecutantes dejaron sus instrumentos y los oyentes intercambiaron impresiones. Un duque, para demostrar que era entendido, dijo: "Es muy difícil tocar el violín". Algunas personas más agradables hablaron un momento conmigo. Pero ¿qué eran sus palabras que, como toda palabra humana exterior, me dejaban tan indiferente, al lado de la celestial frase musical con la que yo acababa de hablar? Yo era verdaderamente como un ángel que, arrojado de las delicias del paraíso, cae en la más insignificante realidad. Y así como algunos seres son los últimos testigos de una forma de vida que la naturaleza ha abandonado, me preguntaba si no sería la música el ejemplo único de lo que hubiera podido ser la comunicación de las almas de no haberse inventado el lenguaje, la formación de las palabras, el análisis de las ideas. La música es como una posibilidad que no se ha realizado; la humanidad ha tomado otros caminos, el del lenguaje hablado y escrito. Pero este retorno a lo no analizado era tan fascinante que, al salir de tal paraíso, el contacto de los seres más o menos inteligentes me parecía de una insignificancia extraordinaria.
("En busca del tiempo perdido", "La prisionera", Marcel Proust. trad. De C. Berges, Alianza, pp. 277-278)

jueves, 26 de noviembre de 2009

Algunos poemas de Claudia Lars


La noche del mundo:
¡qué largos cabellos...!
Los suelta en la torre,
la torre del viento.
Los peina en el valle,
los trenza en el cerro,
los abre en las ramas
frías del almendro.
La noche del mundo:
¡qué oscuro su cuerpo. ..!
En él se transforman
las cosas del suelo:
el lirio descalzo
se calza de acero;
el loro se vuelve
piedra de silencio;
la errante neblina
ángel medio ciego,
y el naranjo en flor
un oso de hielo.
La noche del mundo:
¡qué nombre de sueño,
qué barca volante,
qué tiempo sin tiempo!

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Va sobre espuma alzada, casi en vuelo,
sin rozar el navío ni la roca
y la distancia abierta la provoca
un doloroso afán de agua y de cielo.

El canto suelto, desflecado el pelo,
de la tierra inocente, grave y loca;
encendidos los sueños y en la boca
la extraña sangre de una flor de hielo.

No es el tritón quien le transforma el pecho,
ni el querubín se inflama entre sus labios
para beber después llanto deshecho.

Un hombre, nada más… Con brazos sabios
la tiende sobre el peso de la tierra
y allí se arrastra dulcemente en guerra.

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Ternura móvil que enraizó a mi lado,
niño grande sin nombre y sin alero;
huésped del sueño en cuerpo verdadero,
oscuro corazón iluminado.

Pago del día, saldo del pasado,
dulce heridor y hábil curandero;
mina de venas rotas y venero
que sin reserva da lo que he buscado.

Su silencio tan largo tiene ahora
pájaros irisados y despiertos
bajo una luz madura y vencedora.

De cenizas llegó su forma alzada,
y en rumbos de la sangre su llamada
devuelve la palabra de los muertos.

Claudia Lars (seudónimo de Carmen Brannon), poeta salvadoreña (1899-1974)

martes, 24 de noviembre de 2009

"El recado" de Elena Poniatowska


Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arranzan las ramas más accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en ti muy despacio, com si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: "No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche..." Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos -oh mi amor- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya ycasi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: "Te quiero..." No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.